Anatomía de una intrusa

El latido del hierro

El descenso a las mazmorras de la mansión de Vane no era un recorrido para los vivos. Eran pasadizos excavados directamente en la roca viva, donde la humedad de la tierra se filtraba por las paredes como un sudario negro y viscoso. Vane caminaba delante, sosteniendo un candelabro de bronce cuya llama vacilante proyectaba sombras monstruosas contra el techo bajo. Detrás de él, dos guardias arrastraban el cuerpo de la mujer. No la llevaban con cuidado; sus pies descalzos golpeaban cada escalón de piedra, produciendo un sonido sordo que resonaba en el pecho de Vane como si alguien estuviera golpeando un tambor dentro de su propia caja torácica.

—Cuidado —gruñó Vane, deteniéndose en seco.

Se llevó la mano al costado, apretando la mandíbula con una fuerza que hizo crujir sus dientes. Sentía un dolor agudo, punzante, justo en la zona donde la mujer acababa de golpear el borde de un escalón. La compatibilidad forzada del ritual no era una metáfora; era un grillete nervioso. Cada impacto que recibía el cuerpo de Isolde, Vane lo sentía como un eco eléctrico en su propia carne.

—Milord, ¿se encuentra bien? —preguntó uno de los guardias, deteniendo el arrastre.

—¡Sigan! —rugió Vane, su voz rebotando en el túnel—. No se detengan hasta llegar a la celda del fondo. La que no tiene ventanas. La que huele a olvido.

Llegaron al nivel más bajo, un lugar donde el aire era tan escaso que la llama del candelabro languidecía, tornándose azulada. Los guardias abrieron la reja de hierro oxidado y arrojaron a la mujer al suelo de tierra batida. Ella no se quejó. Se quedó allí, un montón de seda blanca manchada y cabello cenizo, respirando con una dificultad que a Vane le hacía sentir que sus propios pulmones estaban llenos de arena.

—Fuera —ordenó Vane.

Los hombres vacilaron, mirando el estado errático de su señor. Vane tenía los ojos inyectados en sangre y las manos le temblaban de tal forma que la cera del candelabro caía sobre sus propios nudillos, quemándolo. Él no parpadeó ante el dolor; le resultaba extrañamente reconfortante, una distracción del caos que la Intrusa había sembrado en su mente durante la inmersión.

—He dicho que fuera. Cierren la puerta por fuera y no abran aunque escuchen gritos. Ni siquiera si son los míos.

Cuando el eco de los pasos de los guardias se desvaneció y el sonido metálico del cerrojo selló el destino de ambos, Vane dejó el candelabro en un nicho de la pared y se acercó a la mujer. La celda era asfixiante, un espacio de apenas tres metros cuadrados donde el moho devoraba las esquinas y el tiempo parecía haberse detenido hacía décadas.

—Mírame —dijo Vane, su voz era un susurro cargado de una violencia contenida.

Ella levantó la cabeza lentamente. El rostro de Isolde estaba ahora demacrado, con ojeras tan profundas que parecían moretones. Las venas negras que habían brotado en la torre ahora eran un mapa de podredumbre que le recorría el cuello. Pero sus ojos... esos ojos grises de veinte años de antigüedad, ahora mostraban una vulnerabilidad que Vane no había visto antes. No era el cinismo de una bruja; era el rastro de una niña que había visto el infierno a través de los ojos de quien amaba.

—¿Te gusta tu nueva casa? —preguntó él, arrodillándose sobre ella y agarrándola del cuello con una mano enguantada—. Aquí no hay espejos. Solo estás tú y la oscuridad que tanto amas.

—Yo no amo la oscuridad, Vane —respondió ella, y cada palabra era un esfuerzo que Vane sentía como un nudo en su propia garganta—. Fui arrojada a ella. Como tú estás arrojando a Isolde ahora.

Vane apretó el agarre. Sus dedos se hundieron en la piel de porcelana. Inmediatamente, sintió una presión asfixiante en su propio cuello. Su rostro empezó a enrojecerse, sus venas a hincharse. Estaba estrangulándose a sí mismo a través de ella. Era una danza suicida que lo excitaba y lo aterraba a partes iguales.

—¡Dime qué hiciste! —siseó Vane, ignorando la falta de aire—. ¡Dime por qué te mataron! Nadie asesina a alguien si no hay un pecado mortal de por medio. ¡¿Qué les robaste?!

La mujer soltó una carcajada que terminó en un sollozo seco, un sonido que le partió el alma a Vane por el vínculo compartido.

—No les robé nada... —susurró ella, las lágrimas empezando a trazar surcos limpios en su rostro sucio—. Yo los amaba... A él, a ellos. Yo creía en las promesas de mi prometido. Pasé meses bordando mi velo, soñando con el día en que dejaría de ser la hija ignorada para ser la esposa amada. Él me decía que yo era su luna, su destino... las mismas palabras que tú le escupes a Isolde cada noche.

Vane sintió un escalofrío. La mano con la que la apretaba flaqueó.

—Él no me odiaba —continuó la Intrusa, con la voz rota—. Me necesitaba muerta, él quería el dote. Me llevaron al bosque con la excusa de un paseo previo a la boda. Recuerdo el frío de la nieve, y recuerdo la cara de mi prometido cuando sacó la daga. No había odio en sus ojos, Vane. Había indiferencia. Me mató mientras yo le pedía perdón por haberlo hecho esperar.

Vane la soltó bruscamente, cayendo hacia atrás y jadeando por aire. La imagen de la traición se filtró por el vínculo: vio el destello del acero, escuchó risas y sintió el frío de la hoja entrando en su propio pecho. El dolor de la inocencia rota fue un martillazo en su orgullo.

—¡Eso no me importa! —gritó Vane, intentando recuperar su máscara de crueldad—. ¡Tu historia de amor fallido no justifica que le robes la vida a mi Isolde! Eres una usurpadora. Una parásita que usa su decepción para infectar el mundo de los vivos.

—¿Y tú qué eres? —preguntó ella, arrastrándose hacia él por el suelo de tierra—. Mírate, Vane. Estás haciendo exactamente lo mismo. Ella quería irse. Ella eligió el vacío. Y tú la estás encadenando a este cuerpo, torturando a un alma que ya sufrió la muerte para satisfacer tu propia fantasía. Eres igual a ellos. Eres el hombre que sostiene la daga mientras dice "te amo".




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