Anatomía de una intrusa

Bautismo

El aire en el tercer nivel de las mazmorras no circulaba; era pesado. Era una amalgama de moho, piedra húmeda y el olor metálico de la sangre que se negaba a secarse. Vane permanecía de pie frente a la reja de hierro, con las manos entrelazadas a la espalda para ocultar el temblor que le recorría los dedos. Sus uñas, ahora permanentemente oscurecidas por el vínculo, se clavaban en sus palmas, pero el dolor físico era apenas un susurro comparado con el estruendo de los pensamientos que la Intrusa había sembrado en su mente.

—¿Está todo listo, Erudito? —preguntó Vane. Su voz sonaba como el roce de dos lápidas.

El anciano asintió, colocando sobre un pedestal de piedra un brasero de hierro fundido. Dentro, una serie de varillas de metal bendecido empezaban a tornarse de un rojo mortecino. No emitían calor hacia afuera; el "Hierro Frío" era una paradoja alquímica diseñada para quemar el espíritu sin incinerar la carne. Era la herramienta perfecta para un torturador que no podía permitirse dañar el envase.

—El ritual de desmembramiento sensorial es delicado, milord —advirtió el Erudito, ajustándose los guantes de cuero—. Cada marca que yo haga en el aire sobre ella, el alma lo sentirá como si el metal atravesara su sistema nervioso. Si ella se resiste, el choque podría... bueno, usted sabe las consecuencias para el vínculo.

—Hazlo —sentenció Vane.

Entraron en la celda. La mujer estaba encogida en el rincón, abrazándose a las rodillas. El vestido de seda blanca, el que una vez costó una fortuna y fue el orgullo de los Arante, ahora era un harapo grisáceo que apenas cubría su cuerpo demacrado. Al ver el hierro incandescente, sus ojos grises se dilataron. No gritó. Solo dejó escapar un suspiro entrecortado que Vane sintió como una puñalada en sus propios pulmones.

—Vane... no lo hagas —susurró ella. No era una súplica de cobardía. Había una nota de advertencia en su voz, casi de lástima—. Hay puertas que, una vez abiertas, no dejan nada a su paso. Déjame ir. Deja que este cuerpo se apague. Es mejor el silencio que lo que vas a encontrar.

—¡Tú no decides el final de esta historia! —rugió Vane, dándole una señal al Erudito.

Los guardias sujetaron a la mujer contra la pared de piedra. Vane se colocó frente a ella, tan cerca que podía oler el rastro de la tierra en su piel. El vínculo de compatibilidad hizo que el vello de sus propios brazos se erizara. Sentía el terror de ella, el latido frenético de su corazón contra las costillas, pero también sintió algo que lo desconcertó: una oleada de resignación profunda. Ella no lo odiaba en ese momento; lo compadecía. Y ese sentimiento era la ofensa final para el orgullo de Vane.

El Erudito tomó la primera varilla. No tocó la piel de la mujer. La pasó a escasos centímetros de su frente, trazando una runa invisible en el aire.

—¡Aaaah! —el grito de la Intrusa desgarró el silencio de la mazmorra.

Vane cayó de rodillas instantáneamente, llevándose las manos a la cabeza. Sintió como si un clavo al rojo vivo le estuviera atravesando el cráneo de sien a sien. Su visión se tiñó de un rojo violento. Vio destellos de nieve, de una boda que nunca ocurrió, de una daga plateada bajando hacia su propio pecho. Era el recuerdo de la traición de ella, fundiéndose con su propio presente.

—¡Continúa! —ordenó Vane entre dientes, con la saliva escapándosele por la comisura de la boca.

El Erudito trazó la segunda runa sobre el pecho de la mujer. Ella se arqueó, con los ojos en blanco, mientras el aire en la celda empezaba a vibrar con una estática azulada. Vane sintió que su propio corazón se detenía. Un frío glacial le recorrió el esternón, como si le estuvieran arrancando las entrañas con una cuchara de madera. El dolor era tan puro, tan absoluto, que por un momento olvidó quién era.

En ese estado de agonía compartida, las barreras entre sus mentes se desmoronaron de nuevo. Pero esta vez no fue una incursión forzada; fue un desbordamiento.

Vane se vio a sí mismo desde fuera. Vio al caballero obsesionado, manchado de barro, con los ojos desorbitados por una locura que él llamaba amor. Y luego, vio la imagen de Isolde.

Apareció como siempre: radiante, perfecta, bailando entre los nardos. Pero esta vez, el velo de la visión empezó a rasgarse. La Intrusa, en medio de su tortura, estaba proyectando una barrera de humo negro alrededor de esa imagen de Isolde. Estaba tratando de ocultarle algo. Estaba usando sus últimas fuerzas espirituales para mantener el pedestal de Isolde intacto ante los ojos de Vane.

—¿Por qué... la escondes? —logró articular Vane en el plano espiritual, mientras el hierro frío seguía desollando su sensibilidad.

—Porque no podrías... soportarlo —la voz de la Intrusa resonó en su cabeza, cargada de una agonía protectora—. Quédate con tu mentira, Vane.

—¡Muéstrame! —bramó él, su voluntad golpeó las paredes de la psique de la mujer—. ¡Muéstrame a la verdadera Isolde! ¡Sé que ella está ahí, pidiendo auxilio!

Vane usó el dolor del ritual como un mazo. En lugar de resistirse al hierro del Erudito, lo abrazó, dirigiendo toda esa energía destructiva hacia la barrera que la Intrusa había levantado. Fue un acto de crueldad ciega contra sí mismo y contra ella.

El humo negro se disipó con un estruendo que solo ellos escucharon.

Y entonces, Vane la vio.

No era la niña en la caja. No era la joven traicionada en la nieve. Era la Isolde de los Arante, la mujer de los últimos siete meses. Pero no estaba prisionera. No estaba gritando. Estaba sentada en un trono de cristal dentro de un rincón oscuro de su propia mente, mirándolo todo con una expresión de aburrimiento supremo.

Vane vio el recuerdo del día que le pidió matrimonio. Vio la cara de Isolde mientras él le juraba su vida. En el fondo de su mente, ella no sentía amor, ni miedo, ni asfixia. Sentía una vanidad tan vasta que no dejaba espacio para nadie más. "Míralo", pensaba la Isolde del recuerdo, mientras Vane le besaba la mano, "qué perro tan leal. Cree que me posee, cuando yo solo lo uso para que el mundo sepa cuánto valgo".




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.