El silencio en las mazmorras de la mansión de Vane no era una ausencia de ruido; era una presencia física, un sudario de humedad y piedra que parecía succionar el oxígeno de los pulmones. Vane permanecía sentado en un taburete de madera frente a la reja de la celda, con una sola vela consumiéndose sobre el suelo de tierra. No había dormido en cuarenta y ocho horas. Sus ojos, enrojecidos y hundidos, no se apartaban de la figura que yacía en el rincón.
La mujer apenas se movía. El ritual del Hierro Frío del día anterior le había dejado una palidez cadavérica, y las venas negras en su cuello palpitaban con un ritmo errático. Vane sentía ese latido en su propia garganta. Cada vez que ella tomaba una bocanada de aire superficial, él sentía que se ahogaba. La compatibilidad era ahora una soga que los unía por el cuello.
—Dilo —susurró Vane. Su voz era un hilo de acero oxidado—. Di que lo que me mostraste ayer fue una ilusión. Di que Isolde no es esa criatura que se ríe de mi devoción.
La Intrusa levantó la vista lentamente. Sus ojos grises, cargados de una fatiga de veinte años de muerte y una semana de tortura, lo recorrieron con una mezcla de horror y cansancio.
—No puedo... darte la mentira que quieres, Vane —su voz era apenas un roce de aire—. La verdad no se puede deshacer... una vez que la has visto. Ella no te amaba. Ella te usaba como un pedestal para su propia gloria. Castigarme a mí... no cambiará el hecho de que tu vida es un altar vacío.
Vane se puso de pie de un salto, pateando el taburete. El estruendo resonó en el pasillo de piedra como un trueno. Se acercó a la reja y agarró los barrotes con tal fuerza que sus nudillos, ya heridos, empezaron a sangrar de nuevo.
—¡Es una trampa! —rugió—. Eres una criatura del vacío, una ladrona de identidades. Has tomado el cuerpo de la mujer más pura del reino y lo has infectado con tu propia amargura. Si ella parecía fría en esa visión, es porque tú le has arrancado el calor para alimentar tu propio ego de muerta.
La mujer soltó una risa seca, un sonido que le produjo a Vane una punzada de dolor agudo en el pecho.
—¿Pureza? —preguntó ella—. Ella era pura vanidad, Vane. Y tú lo sabías. En el fondo, siempre lo supiste. Por eso la vigilabas tanto. Por eso te obsesionaba su perfección. Porque tenías miedo de que, si dejaba de ser perfecta por un segundo, verías que no había nada detrás de la máscara.
Vane abrió la celda con un movimiento violento. Entró y la agarró por el cabello, obligándola a levantarse. La fragilidad de la mujer era insultante. Sus huesos se sentían como ramas secas a punto de quebrarse bajo su agarre.
—Si no puedo recuperar su amor a través de la verdad, lo recuperaré a través de tu agonía —sentenció Vane—. El Erudito dice que el alma intrusa se debilita cuando el cuerpo físico entra en un estado de privación extrema. Si no hay comida, si no hay luz, si no hay descanso... tu control sobre la carne de Isolde se desmoronará. Ella tendrá que salir para defender su propio hogar.
—No vas a traerla de vuelta, Vane —jadeó ella, mientras él la arrastraba hacia el centro de la celda—. Solo vas a destruir lo único que queda de ella. Estás matando a la mujer que dices amar... solo para no admitir que te equivocaste con ella.
—¡Silencio! —Vane la empujó contra la pared húmeda.
Tomó una cadena de hierro que colgaba del techo, una reliquia de los tiempos en que su familia usaba esas mazmorras para verdaderos enemigos de la corona. Con una eficiencia cruel, le rodeó las muñecas y las aseguró en lo alto. El cuerpo de la mujer quedó suspendido, obligándola a apoyarse en las puntas de los pies. El vestido de seda se desgarró en el proceso, revelando las marcas del Hierro Frío que todavía supuraban una luz azulada.
Vane sintió un tirón violento en sus propios hombros. El peso de ella tirando de las cadenas se tradujo en un dolor sordo y constante en sus propias articulaciones. Apretó los dientes, disfrutando del castigo. Si ella sufría, él sufría; y si él sufría, significaba que todavía estaba vivo, que todavía tenía una conexión con Isolde, aunque fuera a través de este conducto de dolor.
—Aquí te quedarás —dijo Vane, acercándose tanto que su aliento empañó la piel de la mejilla de ella—. Sin pan. Sin agua. Sin sueño. El Erudito dice que el "Ayuno de los Espectros" obliga al alma parásita a consumirse a sí misma. Veremos quién se rinde primero: tu secreto o mi paciencia.
—Vane... —ella lo miró, y por un segundo, el gris de sus ojos pareció volverse líquido por las lágrimas—. Yo te amé... en el pasado, amé a alguien que se parecía a ti. Sé cómo termina esto. Él también creía que la fuerza era una forma de devoción. Terminó con mis manos rojas y mi cuerpo en un pozo. No te conviertas en él. Por tu propio bien... no cruces esta línea.
—Ya la crucé el día que te despertaste en su cama —escupió Vane.
Salió de la celda y cerró la puerta. No se fue. Se sentó en el suelo, fuera de la reja, apoyando la espalda contra la piedra fría. Sacó una daga de su cinturón y empezó a limpiar sus uñas, observando cómo la oscuridad empezaba a devorar la figura encadenada.
Pasaron las horas. El tiempo en la mazmorra se medía por el goteo del agua y el ritmo de la respiración compartida. Vane sentía el hambre de ella como un calambre en su propio estómago. Sentía la sed como una lija en su garganta. Pero no se movió. Cada vez que ella soltaba un gemido de agotamiento, él sentía una oleada de triunfo oscuro.
"Sal, Isolde", pensaba Vane, cerrando los ojos. "Muéstrame que la visión de ayer era una mentira. Muéstrame que me necesitas. Que me amas. Despierta y dile a esta sombra que se vaya al infierno".
Pero Isolde no despertaba. En el rincón más profundo de su mente compartida, la Isolde del trono de cristal seguía allí, observando el sufrimiento de ambos con una indiferencia absoluta. Era un espectador en su propio funeral.
#1453 en Fantasía
#274 en Magia
usurpacion de identidad, tragedia dolor decepcion venganza, darkromance y obsesión
Editado: 01.04.2026