El aire en la mazmorra se había vuelto sólido. Era una masa de humedad, olor a orín y el rastro metálico del hierro que no dejaba de morder las muñecas de la Intrusa. Vane permanecía sentado en el suelo, frente a la reja, con la espalda apoyada en la piedra fría. Sus ojos estaban fijos en la oscuridad, pero su mente estaba en otra parte. Sentía una debilidad punzante en sus propios brazos, una pesadez en los hombros que imitaba la postura de la mujer encadenada. El vínculo de compatibilidad era ahora una red de nervios expuestos que conectaba sus pulmones con los de ella.
—Dime algo... —susurró Vane. Su voz era un crujido seco, el sonido de una garganta que no había probado agua en un día entero por pura solidaridad masoquista—. Dime que ella está ahí. Dime que Isolde está sufriendo por lo que te estoy haciendo. Necesito saber que le duele.
La mujer, colgada de las cadenas, dejó escapar un sonido que empezó como un sollozo y terminó como una carcajada deforme. Su cabeza cayó hacia adelante, dejando que el cabello sucio ocultara su rostro demacrado.
—¿Sufriendo? —la voz de la Intrusa salió rasgada—. Oh, Vane... ella no está sufriendo. Ella está disfrutando del espectáculo. Está sentada en su trono de cristal, observando cómo te despedazas por un fantasma que nunca existió. ¿Quieres ver lo que ella hacía mientras tú estabas en el frente, ganando medallas para ponerlas a sus pies?
Vane sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la mazmorra.
—Cállate. No quiero tus mentiras.
—No son mentiras, caballero —ella levantó la vista, y sus ojos grises brillaron con una luz febril, la luz de la inanición—. Son los recuerdos que ella guardaba en el sótano de su alma. Los recuerdos que ella saboreaba cuando tú la besabas y ella cerraba los ojos para imaginar que eras otro. ¿Quieres entrar, Vane? ¿Quieres ver el banquete que ella se daba a tus espaldas?
Vane se puso de pie, tambaleándose. La rabia, esa vieja amiga tóxica, volvió a invadirlo. Entró en la celda y agarró a la mujer por la cintura, pegando su cuerpo al de ella. La proximidad física disparó el vínculo. De repente, la mazmorra desapareció.
No hubo ritual del Erudito. No hubo incienso. Fue una explosión de memoria pura, una transferencia violenta provocada por la agonía de la mujer.
Vane se encontró en un jardín que no era el suyo. Era una villa oculta en las afueras de la capital, un lugar de paredes blancas y hiedra roja que olía a vino caro y a pecado. Era pleno verano. El sol calentaba la piel de una forma que Vane no había sentido en años. Vio a Isolde. Estaba más hermosa que nunca, vestida con una túnica de lino tan fina que era casi translúcida.
Pero no estaba sola.
Un hombre joven, de hombros anchos y una sonrisa indolente, estaba sentado frente a ella. Vane reconoció el rostro: era un capitán de la guardia, uno de sus propios subordinados, un hombre al que Vane había ascendido por "lealtad".
—Vane es tan... predecible —decía Isolde en el recuerdo, mientras jugaba con una uva, pasándola por los labios del capitán—. Me escribe cartas hablando de honor y de cómo mi recuerdo lo mantiene vivo en la trinchera. Si supiera que su recuerdo es lo único que me hace bostezar...
El capitán soltó una carcajada, rodeando la cintura de Isolde con una familiaridad que le revolvió las entrañas a Vane.
—Es un buen soldado, mi señora. Pero un hombre aburrido. Cree que el amor es una cuestión de asedio y conquista. No sabe que a las reinas les gusta ser profanadas, no adoradas.
Isolde se inclinó hacia él, y Vane sintió, a través del vínculo con la Intrusa, el placer genuino que su prometida sentía en ese momento. No era la asfixia que ella fingía en los espejos; era una vitalidad maliciosa.
—Él me trajo este collar de diamantes hace un mes —dijo Isolde, tocando la joya en su cuello—. Me dijo que representaba la pureza de sus intenciones. Es tan estúpido que casi da lástima.
Vane intentó gritar en la visión, intentó desenvainar su espada y degollar al capitán, pero no tenía cuerpo. Era un espectador encadenado a la memoria de una muerta.
La escena cambió. Vane vio a Isolde en un baile de máscaras, desapareciendo en un balcón oscuro con un noble extranjero. Escuchó sus susurros, sus burlas sobre "el caballero de hojalata" que guardaba su virtud como si fuera un tesoro de estado, mientras ella la repartía como limosna entre quienes le divertían. Vio a Isolde mirándose al espejo después de un encuentro furtivo, retocándose el carmín y diciendo para sí misma: "Vane me amará más mañana si le digo que hoy me sentí indispuesta por pensar en él. Los hombres de su clase se alimentan de la culpa".
—¡Basta! ¡Maldita sea, basta! —rugió Vane en la realidad.
Se soltó de la mujer y retrocedió hasta golpear la pared de la celda. Estaba sudando frío, con el corazón martilleando contra sus costillas como un animal enjaulado. El dolor en su pecho era físico, real, como si el collar de diamantes de Isolde se hubiera convertido en una soga de púas alrededor de su cuello.
La Intrusa, todavía colgada de las cadenas, lo miraba con una expresión que era una mezcla de agonía y un triunfo amargo.
—¿Te duele, caballero? —susurró ella—. ¿Te duele saber que mientras tú sangrabas por su nombre, ella se reía de ti? Ella no era tuya, Vane. Ella no era de nadie. Era una coleccionista de egos, y el tuyo era su pieza favorita porque era el más grande y el más fácil de romper.
Vane no podía respirar. La imagen de Isolde burlándose de sus cartas de amor, de su honor, de su propia existencia, era un ácido que disolvía todo lo que él creía ser. Si Isolde era eso... entonces su gloria militar, sus títulos, sus cicatrices... todo era una broma de mal gusto.
—Tú... tú has creado esto —dijo Vane, su voz temblando de una furia que bordeaba la locura—. Has tomado sus recuerdos y los has deformado. Has puesto esas palabras en su boca. ¡Isolde era la flor de la sociedad! ¡Era el estándar de la virtud!
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Editado: 01.04.2026