El aire en la mazmorra se había espesado hasta volverse una sustancia aceitosa que se pegaba a la garganta. Vane permanecía en el umbral de la celda, con la respiración pesada y los ojos fijos en la mujer que colgaba de las cadenas. El eco de las burlas de Isolde en la visión del capítulo anterior seguía martilleando su cráneo. Cada risa de su prometida muerta, cada caricia que ella le había dado al capitán en su memoria, era un clavo ardiendo hundiéndose en el orgullo de Vane.
Ya no era el amor lo que lo movía. Era una sed de destrucción tan pura que se sentía como una religión.
—Mírame —dijo Vane. Su voz era un susurro quebrado, el sonido del cuero viejo estirándose hasta romperse.
La Intrusa levantó la cabeza. Sus ojos grises estaban velados por la fiebre y el agotamiento, pero cuando vieron la expresión de Vane, un escalofrío de terror genuino recorrió su espina dorsal. Ella conocía esa mirada. Era la mirada de los hombres que, tras descubrir que el mundo no es su espejo, deciden romper el cristal.
Vane entró en la celda y cerró la puerta tras de sí con un estruendo que pareció sellar el fin de los tiempos. No traía al Erudito. No traía instrumental bendecido. Traía solo sus manos y el odio acumulado de siete meses de mentiras.
—Ella se reía de mí —dijo Vane, acercándose a ella con una lentitud predatoria—. Se reía de mi honor. Se burlaba de mis cartas mientras se entregaba a otro en los jardines que yo pagué. Usaba mi nombre como un escudo para su podredumbre.
—Vane... detente —suplicó la mujer, su voz era apenas un aliento—. Yo no soy ella... yo soy la que te mostró la verdad para que pudieras... ser libre.
—¡No hay libertad! —rugió Vane, estampando su mano contra la pared, justo al lado del rostro de ella—. Tú has profanado mi memoria. Has tomado la imagen de la mujer que yo adoraba y la has arrastrado por el fango de tus visiones. Si ella era una ramera, tú eres la lengua que me lo contó. Y si ella era una mentira, tú eres el cuerpo que ahora debe pagar por esa estafa.
Vane la agarró por la mandíbula, obligándola a mirarlo. La proximidad física disparó el vínculo de compatibilidad de una forma violenta. Sintió la debilidad de ella, el hambre punzante, el dolor de las muñecas estiradas... pero también sintió su propia rabia reflejada en el sistema nervioso de la mujer. Era un bucle de agonía.
—Dicen que el alma se asienta en la sangre —siseó Vane—. Y que para limpiar un templo profanado, hay que derramar la sangre del intruso sobre el altar.
Vane sacó su daga. No la usó para matar. Con una precisión cruel, rasgó lo que quedaba del vestido de seda de la mujer, dejando su piel expuesta al frío y a la humedad de la mazmorra. Luego, con la punta del acero, empezó a trazar líneas sobre su pecho, no runas del Erudito, sino cicatrices reales que imitaban las heridas que él sentía en su propio honor.
—¡Aaaah! —el grito de la Intrusa llenó la celda.
Vane sintió el tajo en su propio pecho. Un dolor ardiente, como si le estuvieran arrancando el corazón con un gancho. Sus propios ojos lagrimearon, pero no se detuvo. Cada corte que le propinaba a ella, él lo recibía en su propia carne de forma invisible, pero real. Era una comunión de heridas. Estaba profanando el cuerpo de Isolde para herir al alma de la Intrusa, suicidándose lentamente en el proceso.
—¡Para! ¡Por favor, Vane! ¡Tú no eres esto! —chillaba ella, retorciéndose en las cadenas.
—¡Soy exactamente lo que ella creó! —Vane soltó la daga y la agarró por los hombros, pegando su frente a la de ella—. Ella me convirtió en este monstruo con su desprecio. Y tú... tú vas a ser el recipiente de mi desesperación. Si ella te usó para escapar de mí, yo te usaré a ti para atraparla para siempre.
En un arrebato de locura posesiva, Vane la besó. No fue un beso de amante; fue una invasión. Fue un intento de reclamar el territorio de los labios de Isolde, de borrar el sabor de cualquier otro hombre con su propia violencia. La mujer luchó, intentando apartar su rostro, pero las cadenas la mantenían prisionera del odio de Vane.
A través del contacto, las almas se fundieron de nuevo, pero esta vez fue oscuro y caótico. Vane no entró en la mansión del alma; la mansión colapsó sobre él.
Vio a la joven de hace años siendo arrastrada por su prometido y sus hermanos. Vio el momento exacto en que el hombre que ella amaba le hundió la daga en el vientre mientras le decía que "era necesario para la familia". Sintió la traición de ella fundiéndose con la suya propia. Eran dos seres descartados, dos almas usadas por aquellos a quienes entregaron su lealtad.
—¡Somos iguales! —gritó Vane dentro de la mente compartida—. ¡Ella me mató a mí igual que ellos te mataron a ti! ¡Y ahora nos vamos a pudrir juntos en este cuerpo!
Vane empezó a rasgar su propia camisa, exponiendo su pecho. Con la daga que había caído al suelo, se hizo un corte profundo en el mismo lugar donde había marcado a la mujer. Luego, se presionó contra ella, herida contra herida, dejando que su sangre se mezclara en el suelo de la mazmorra.
El vínculo se volvió un incendio.
La Intrusa ya no era una sombra blanca; era una mujer de carne y hueso que sentía el peso de Vane como una montaña de plomo. Sintió su desesperación, su necesidad enferma de ser amado, su miedo atroz a la soledad que Isolde le había dejado como herencia. Por un segundo, ella sintió lástima por su verdugo, y esa lástima fue la profanación final.
—No... me compadezcas... —jadeó Vane, sus ojos inyectados en sangre—. ¡Odiame! ¡Lucha conmigo! ¡Hazme sentir que existo!
—Ya no... existes, Vane —susurró ella, su voz perdiéndose en el ruido del vínculo—. Eres solo el eco de una mujer que te borró de su vida hace mucho tiempo. Estás abrazando un cadáver...
Vane la soltó y empezó a golpear las paredes de la celda con sus puños desnudos hasta que la piedra se manchó de su sangre. Gritaba el nombre de Isolde, pero el nombre ya no significaba nada. Era un sonido vacío, una cáscara rota.
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Editado: 01.04.2026