Anatomía de una intrusa

Sudario de las ruinas

El silencio que siguió al colapso de la torre este no era el de la paz, sino el de la devastación. El aire en la habitación del ala oeste estaba saturado de un polvo de yeso y cal que se negaba a asentarse, flotando en los rayos de luz grisácea que se filtraban por las ventanas agrietadas. Vane permanecía inmóvil en una silla de respaldo alto, con el brazo izquierdo inmovilizado contra su pecho por un cabestrillo de lino tosco. Su clavícula, destrozada bajo el peso de la viga en la mazmorra, latía con un dolor sordo y rítmico que parecía marcar el pulso de la mansión en ruinas.

Frente a él, en la única cama que quedaba intacta, yacía la mujer.

No había cadenas ahora. No hacían falta. El cuerpo de Isolde estaba tan debilitado por el ayuno y el choque del ritual que apenas era una silueta bajo las mantas de lana pesada. El Erudito, con el rostro vendado por las quemaduras a causa del ritual, se movía por la habitación cambiando los vendajes de la mujer con manos que temblaban de puro terror residual.

—El vínculo se ha solidificado, milord —susurró el Erudito, sin atreverse a mirar a Vane a los ojos—. Cuando usted se lanzó a protegerla, la sangre que derramó sobre sus heridas actuó como un sellador. Ahora, sus fiebres son las de ella. Si el corazón de ella flaquea, el de usted perderá el ritmo. No es solo magia... es una infección del destino.

Vane no respondió. Tenía los ojos fijos en el perfil de la Intrusa. La palidez de la mujer era absoluta, interrumpida solo por el rastro azulado de las venas que recorrían su sien. Ya no veía a la Isolde vanidosa que lo despreciaba en las visiones, ni a la niña de la caja. Veía algo intermedio: un enigma que respiraba con una dificultad que le producía a él una opresión insoportable en el esternón.

—Déjanos —ordenó Vane. Su voz era un susurro seco, una sombra de la autoridad que solía ostentar.

—Pero milord, sus medicinas... la herida de su hombro...

—¡Fuera! —el estallido de Vane fue breve, pero cargado de una fatiga tan densa que el Erudito no se atrevió a protestar. Recogió sus frascos y salió de la habitación, cerrando la puerta con una delicadeza que resultó más dolorosa que un portazo.

Vane se levantó de la silla. Cada movimiento era una agonía. Sintió el tirón en su propio hombro, pero también sintió un dolor agudo en el costado de la mujer, donde los escombros la habían golpeado. Se acercó a la cama y se sentó en el borde. El colchón se hundió bajo su peso, y ella dejó escapar un gemido débil.

La Intrusa abrió los ojos. Ya no eran los pozos de odio del sótano. Estaban nublados por la fiebre, cargados de una confusión que la hacía parecer terriblemente joven, terriblemente humana. Miró el brazo inmovilizado de Vane y luego subió la vista hacia su rostro, manchado por el cansancio y la rabia contenida.

—¿Por qué... estás aquí? —preguntó ella. Su voz era un hilo que se deshilachaba.

—Porque no tengo a dónde ir —respondió Vane, con una sinceridad amarga—. Mi mansión se cae a pedazos. Mi prometida es un eco que se ríe de mí en la oscuridad. Y tú... tú eres la única que no puede huir de mi presencia.

Él extendió su mano derecha —la que aún podía mover— y rozó la frente de ella. Estaba ardiendo. A través del contacto, Vane recibió una ráfaga de sensaciones: el frío de la nieve de hace años mezclado con el calor de la fiebre actual. Pero hubo algo más. Sintió una gratitud involuntaria que emanaba de ella, una chispa de alivio por no estar sola en la penumbra. El sentimiento lo asqueó, pero no apartó la mano.

—Me salvaste —dijo ella, cerrando los ojos ante el contacto frío de los dedos de Vane—. En la mazmorra... te pusiste encima de mí. Pude sentir tu sangre cayendo sobre mi piel. Estaba caliente. Más caliente que el odio que dices tenerme.

—Lo hice por el cuerpo —mintió Vane, aunque sus dedos se demoraron en la línea de su mandíbula—. No puedo permitir que el envase de Isolde sea destruido por un montón de piedras viejas. Sería un final demasiado indigno para alguien de su clase.

—Mientes, caballero —susurró ella, y una pequeña sonrisa, triste y cargada de una sabiduría que él no poseía, apareció en sus labios—. Te pusiste en medio porque, en ese momento, olvidaste quién era quién. Olvidaste el nombre de Isolde. Solo sentiste que algo se rompía…

Vane apretó los dientes. Sus dedos se cerraron sobre el mentón de ella, no con la violencia de antes, sino con una desesperación que buscaba anclarse.

—No te atrevas a decir que sabes lo que siento. Eres una usurpadora. Una sombra que se alimenta de mis restos. Si te salvé, fue para seguir torturándote hasta que la verdad que me mostraste se disuelva.

—La verdad no se disuelve, Vane. Solo se oxida —ella tosió, y el dolor del espasmo se reflejó instantáneamente en el rostro de él—. Me odias porque te mostré que tu amor era una construcción. Pero lo que está naciendo ahora... entre estos escombros...

Vane guardó silencio. El peso de las palabras de ella se hundió en la habitación como el plomo. Se quedaron así, en un silencio sepulcral, escuchando el viento silbar a través de las grietas de la mansión. No era el odio lo que llenaba el espacio, sino una fatiga compartida, una desolación que los envolvía como un sudario.

Vane se dio cuenta de que, por primera vez en siete meses, no estaba pensando en cómo recuperar a Isolde. Estaba pensando en la respiración de la mujer bajo su mano. Estaba contando los segundos entre cada inhalación de ella, temiendo el momento en que el aire dejara de fluir. No era amor, se dijo a sí mismo con ferocidad; era la necesidad del carcelero de que su prisionero no muera antes de que el castigo termine.

Pero el castigo ya no se sentía como una justicia. Se sentía como una mutilación mutua.

—Tengo frío —dijo ella de repente, sus dientes empezaron a chocar entre sí debido a un escalofrío de fiebre.

Vane vaciló. Sus prejuicios le gritaban que la dejara temblar, que ese frío era el pago por su intromisión. Pero su propio cuerpo empezó a temblar también. El vínculo le devolvía el escalofrío con intereses. Sin decir una palabra, se quitó las botas con dificultad usando una sola mano y se deslizó sobre las mantas, al lado de ella.




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