La luz del amanecer se filtró por las grietas de la ventana del ala oeste, no como una promesa de esperanza, sino como una disección fría y grisácea de la miseria que habitaba la estancia. El polvo en suspensión parecía bailar sobre los muebles cubiertos de sábanas, restos de una elegancia que la mansión de Vane ya no podía sostener.
Vane no se había movido en toda la noche. Su brazo derecho seguía rodeando los hombros de la mujer, una posición que le había provocado un entumecimiento doloroso, pero que se negaba a abandonar por una inercia que no se atrevía a nombrar. Su clavícula rota latía con un fuego sordo, un recordatorio físico del sacrificio que había hecho entre los escombros de la mazmorra. Sentía el calor de ella contra su costado; una temperatura que finalmente había descendido de los picos delirantes de la fiebre para estabilizarse en una calidez humana, casi insultante por lo real que se sentía.
Ella se movió. Fue un pequeño estremecimiento, un suspiro que rozó el cuello de Vane y le erizó el vello de la nuca. El vínculo de compatibilidad, ahora una red de nervios compartidos, le envió una señal de lucidez. Ella estaba despertando.
Vane cerró los ojos un instante, intentando recuperar su máscara de hierro. Se obligó a recordar las visiones de Isolde, el trono de cristal, el desprecio de su prometida. Necesitaba ese odio para no ahogarse en la extraña paz que había sentido al dormir junto a la usurpadora.
La mujer abrió los ojos. Ya no estaban nublados por el delirio. Eran grises, limpios, profundos como un mar de invierno que ha devorado mil barcos. Miró el techo desconchado, luego la ventana, y finalmente, con una lentitud que hizo que el corazón de Vane se saltara un latido, giró la cabeza para mirarlo a él.
Se quedaron así, en un silencio que pesaba más que las piedras que casi los aplastan. No había cadenas, ni gritos, ni hierro frío. Solo dos extraños compartiendo una cama en medio de una ruina.
—Sigues aquí —dijo ella. Su voz era un susurro, pero ya no estaba rota. Tenía una claridad que a Vane le resultó aterradora porque no pertenecía a la Isolde que él creía conocer.
—Es mi casa —respondió él, aunque sus dedos se tensaron sobre el hombro de ella—. O lo que queda de ella. No tengo por qué darte explicaciones de dónde duermo en mi propia propiedad.
—Me protegiste —ella no lo dijo con gratitud, sino con una curiosidad desolada—. Pude sentir tu sangre cayendo sobre mí mientras el techo cedía. ¿Por qué, Vane?
Vane la soltó bruscamente y se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda. El movimiento le arrancó un gruñido de dolor por su hombro herido, pero no se detuvo. Se pasó la mano por el rostro, sintiendo la barba de varios días y la suciedad de la tragedia.
—No te confundas —siseó Vane, mirando hacia la pared agrietada—. El vínculo me obliga a sentir tu agonía. Si morías aplastada, yo sentiría cada hueso rompiéndose en mi propio cuerpo. No fue un acto de piedad; fue puro instinto de conservación. Necesito que ese cuerpo respire para que Isolde tenga a donde volver.
—Mientes —ella se incorporó lentamente, apoyándose en las almohadas. El cuerpo de Isolde se veía pequeño, casi translúcido, pero la presencia que lo habitaba parecía haber crecido, fortalecida por la verdad que habían compartido en el ritual—. Me salvaste porque tienes miedo de que, si yo muero, te quedes solo con el vacío que ella te dejó. Me salvaste porque soy lo único que te queda de verdad, aunque esa verdad te asquee.
Vane se giró bruscamente, sus ojos inyectados en sangre fijos en ella.
—¡Dime quién eres! —rugió, su voz rebotando en las paredes del ala oeste—. ¡Dime tu nombre! ¡Dime qué demonio te dio el derecho de invadir esta vida! Si vas a estar en mi cama y en mi mente, quiero saber a quién estoy odiando.
La mujer sostuvo su mirada con una calma que lo enfureció. Una pequeña sonrisa, triste y cargada de un misterio antiguo, apareció en sus labios.
—No te daré mi nombre, Vane. Mi nombre es lo único que mis hermanos no pudieron quemar y lo único que mi prometido no pudo arrancarme con su daga. Es el último tesoro que guardo de la mujer que fui hace años. Si lo quieres, tendrás que buscarlo tú mismo. Tendrás que entrar de nuevo en mi mansión, caminar por mis pasillos y ver mis pecados uno a uno hasta que mis labios, en tu propia mente, te lo susurren.
Vane apretó los puños. La frustración era un ácido en su estómago.
—¡Eres una arrogante! —siseó—. Te mataron por una razón, estoy seguro. Nadie asesina a una inocente con tanta saña si no hay una mancha en su alma.
—¿Inocente? —ella soltó una risa seca, un sonido que le produjo a Vane una punzada de dolor agudo en el pecho—. Nadie es inocente en este mundo, caballero. Pero mi culpa no es la que tú crees. Mi culpa fue creer que el amor era un refugio, cuando en realidad era una jaula de hierro. Igual que tú. Tú crees que amas a Isolde, pero solo amas el poder de poseer algo perfecto.
Vane se puso de pie, tambaleándose. Caminó hacia la ventana, mirando hacia el jardín devastado. Los rosales de Isolde estaban cubiertos de ceniza y nieve sucia. La imagen de Isolde burlándose de él en la visión del capítulo anterior volvió a su mente, quemándolo.
—Si todo lo que vi fue cierto... —dijo Vane, su voz bajando a un tono casi inaudible—, si ella realmente se reía de mí... ¿por qué intentas ocultármelo? ¿Por qué en el ritual intentaste cubrir sus recuerdos?
La mujer guardó silencio durante un largo tiempo. Vane se giró para verla. Ella lo observaba con una lástima que le dolió más que cualquier insulto.
—Porque sé lo que es ver el rostro de quien amas transformarse en el de tu verdugo —susurró ella—. Quise ahorrarte ese momento. Quise que conservaras tu mentira un poco más, porque sabía que, una vez que la perdieras, te convertirías en lo que eres ahora: un hombre sin norte, un carnicero que no sabe a quién sacrificar.
Vane sintió que la habitación se le cerraba encima. La asfixia de la mazmorra parecía haberlo seguido hasta aquí arriba. La idea de que la "enemiga" hubiera intentado protegerlo mientras él la torturaba era una humillación que no podía procesar.
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Editado: 01.04.2026