La mañana trajo consigo el sonido metálico de cascos de caballos golpeando el empedrado del patio delantero. No era el carruaje de suministros del Erudito, ni la patrulla de reconocimiento de Vane regresando de las fronteras del marquesado. Eran los heraldos de la Casa Arante.
Vane permanecía frente al espejo del vestíbulo, intentando abrocharse la casaca militar con una sola mano. El dolor de su clavícula rota era un recordatorio punzante de la noche en que la mazmorra se hundió, pero el dolor que sentía en su mente, ese eco constante de la respiración de la mujer en el ala oeste, era mucho peor. Se miró las ojeras, la palidez de su rostro y la forma en que sus dedos temblaban. Ya no era el caballero de oro; era un espectro habitando una armadura de prestigio.
—Milord —susurró el Erudito, apareciendo tras él como una sombra mal alimentada—. El emisario del Marqués está en la puerta. Trae una orden directa. El padre de la señorita Isolde no puede soportar más el silencio. Exige verla. Hoy.
Vane cerró los ojos, sintiendo un latigazo de pánico que no era suyo. En el piso de arriba, la Intrusa acababa de despertar, y él había sentido su miedo como una descarga eléctrica en su propia espina dorsal.
—No está lista —mascó Vane, su voz ronca por el brandy y la falta de sueño—. El cuerpo sigue débil. El alma... el alma está fragmentada.
—Si no la muestra, milord, el Marqués vendrá con el ejército del Rey —advirtió el anciano, ajustándose los vendajes de sus manos—. Creen que usted la mantiene oculta por devoción, pero empezarán a sospechar que la ha dejado morir. O algo peor. El mundo no sabe lo que hay en sus sótanos, Vane. Mantengámoslo así.
Vane golpeó la mesa de caoba con el puño derecho, haciendo saltar un tintero.
—Tráela. Vístela con el vestido de seda azul, el que tiene el cuello alto para tapar las marcas del hierro y los hematomas. Ponle guantes de encaje. Ponle perfume. Mucho perfume. Que el olor a nardos oculte el aroma a ceniza que emana de sus poros.
Subió las escaleras con zancadas pesadas que hacían crujir la madera herida de la mansión. Al entrar en la habitación, encontró a la mujer sentada frente a la ventana. No lo miró. Observaba el jardín cubierto de nieve sucia con una fijeza que parecía trascender el tiempo. El vínculo le devolvió a Vane una sensación de fatiga infinita. Ella no quería participar en este teatro; prefería la oscuridad de la celda a la farsa de la luz.
—Vas a bajar —dijo Vane—. Vas a sentarte frente al enviado de tu supuesto padre y vas a sonreír. Vas a ser Isolde de Arante una vez más, aunque te cueste la poca cordura que te queda.
—No soy una actriz, Vane —respondió ella sin girarse—. Y él... él la conoce. Conoce el brillo de sus ojos, la forma en que ladea la cabeza cuando miente. No podré engañarlo. Un padre reconoce la ausencia de su hija, por mucho que decores el envase.
Vane se acercó y la agarró por los hombros, obligándola a ponerse de pie. La fragilidad de la mujer era alarmante; sentía sus huesos bajo la tela fina. Al tocarla, un fogonazo de la visión de la infidelidad de Isolde volvió a él, quemándolo, pero lo reprimió. Necesitaba que ella fuera Isolde ahora, aunque la odiara por ello.
—¡Lo harás! —siseó cerca de su oído—. Si él sospecha, estamos perdidos. Me ejecutarán por profanación y a ti... a ti te quemarán como a una bruja antes de que pueda descubrir quién demonios eres. ¿Es eso lo que quieres? ¿Morir de nuevo bajo la pira sin que nadie sepa tu secreto?
Ella lo miró a los ojos. El gris de su mirada chocó con el azul gélido de la de él. Por un segundo, el vínculo se estabilizó en una nota de desesperación compartida. Él no era su verdugo en ese momento; eran dos náufragos atados al mismo mástil.
—Tengo miedo, Vane —susurró ella. Fue la primera vez que admitió una debilidad sin usar el sarcasmo o la amargura.
Vane vaciló. Sus dedos, que minutos antes querían estrujarla, se relajaron sutilmente, deslizándose por sus brazos hasta rozar sus manos. Sintió el temblor de ella en sus propios huesos.
—No dejes que te vea las manos —dijo Vane, su voz suavizándose contra su voluntad—. Mantén los guantes puestos. Y no hables más de lo necesario. Yo estaré a tu lado. Si sientes que te desvaneces, apóyate en mí. El vínculo nos mantendrá en pie. Fingiremos que tu debilidad es secuela del "accidente".
El encuentro tuvo lugar en el gran salón, el único espacio social que no había sido reclamado por los escombros, aunque las grietas en el techo estaban ocultas por pesados tapices de terciopelo. El emisario era el Capitán de la Guardia de los Arante, Sir Alistair, un hombre que había visto crecer a Isolde y que no se dejaba impresionar por las medallas de Vane.
Cuando la mujer entró al salón, apoyada en el brazo derecho de Vane, el aire pareció congelarse. Ella caminaba con una elegancia frágil, cada paso premeditado para no tropezar con la debilidad de sus propias piernas. El vestido azul eléctrico resaltaba la palidez de su piel, dándole un aspecto etéreo, casi fantasmal.
—Capitán —dijo ella. Su voz era baja, pero mantenía la cadencia de la alta nobleza que había absorbido de los recuerdos de Isolde.
Alistair se puso de pie, escrutándola con ojos de halcón.
—Señorita Isolde. El Marqués no ha podido dormir. Dice que sus cartas son... diferentes. Que su silencio es una pared. He venido a asegurarme de que la flor de los Arante no se ha marchitado en manos de un soldado.
Vane sintió una punzada de irritación, pero la Intrusa apretó su brazo. El contacto físico envió una señal de advertencia a través del vínculo. Mantén la calma, parecía decirle el pulso de ella contra su bíceps.
—He estado... indispuesta, Sir Alistair —dijo ella, sentándose con una lentitud que Vane disfrazó como una cortesía caballeresca al acomodarle la silla—. El incidente en el invernadero dejó huellas que el tiempo aún no borra. Vane ha sido... sumamente protector.
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Editado: 01.04.2026