Anatomía de una intrusa

La liturgia de la carne herida

El eco del carruaje del Marqués de Arante se desvaneció en la distancia, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que el granito de las mazmorras. En el gran salón, las sombras se alargaban, reclamando el espacio que la pompa aristocrática había abandonado. Vane permanecía sentado en el sofá de terciopelo raído, con la mirada perdida en las cenizas del hogar. A sus pies, la mujer seguía hundida, con el vestido verde bosque derramado sobre la alfombra como una mancha de musgo sobre una tumba.

El vínculo de compatibilidad, despojado de la adrenalina del enfrentamiento, latía ahora con una melancolía sorda. Vane sentía el frío que emanaba de ella, una gélida corriente que le recorría la espina dorsal, recordándole que el cuerpo de Isolde estaba fallando. Sin el sustento del reconocimiento paterno, sin el anclaje de la identidad social, la carne parecía estar recordando que su verdadera dueña se había marchado.

—Se ha ido —susurró ella. Su voz era un roce de papel seco—. Me ha mirado y ha visto el vacío. Ha visto que no soy su sangre porque no supe odiar con la suficiente elegancia.

Vane bajó la vista hacia ella. La luz de las velas moribundas acentuaba la palidez de su rostro, haciendo que las venas negras parecieran grietas en una estatua de marfil antiguo. Por primera vez, el verdugo no sintió el impulso de golpear, sino el de sostener. La revelación del Marqués —que Isolde era una criatura de soberbia y que esta mujer era "demasiado buena" para ser su hija— había operado un cambio químico en el cerebro del caballero.

—Él no te merece —dijo Vane. Las palabras sonaron extrañas en su propia boca, como una traición a todo lo que había jurado proteger—. No merece tu dolor, ni merece el cuerpo que habitas.

Él se inclinó y, con el brazo que aún podía mover, la levantó del suelo. Ella no opuso resistencia; se dejó alzar como una muñeca de trapo, hundiendo el rostro en la casaca militar de Vane. El olor de ella había cambiado: ya no era solo el perfume de nardos impostado, sino un aroma a tierra mojada y a algo antiguo, algo que Vane empezó a asociar con la mujer real, la que aún no tenía nombre para él.

La llevó escaleras arriba, atravesando los pasillos donde el papel tapiz se despegaba como piel muerta. Cada paso de Vane era un triunfo de la voluntad sobre el dolor de su hombro destrozado. Al entrar en la habitación del ala oeste, la depositó en la cama con una delicadeza que le resultó aterradora a su propio orgullo.

—Vane… —dijo ella, agarrando su manga mientras él intentaba retirarse—. No te vayas. El frío… el frío está volviendo.

Vane vaciló. Sus instintos de caballero le gritaban que mantuviera la distancia, que recordara que ella era la usurpadora de su felicidad. Pero ¿qué felicidad? ¿La de ser el "perro leal" de una mujer que se burlaba de él? Miró a la mujer en la cama. Ella no se burlaba. Ella temblaba de una forma que hacía que los propios dientes de Vane castañearan.

Sin decir una palabra, Vane se quitó la casaca y las botas. Se deslizó bajo las pesadas mantas, rodeando el cuerpo de la mujer con su brazo sano. El contacto físico fue como un relámpago. A través del vínculo, las barreras de su mente se abrieron de par en par, pero no para una incursión violenta. Fue una filtración lenta, una comunión de miserias.

—Háblame —ordenó Vane, su barbilla apoyada en la coronilla de ella—. No de Isolde. No del Marqués. Háblame de lo que ves cuando cierras los ojos y no hay nadie mirando.

Ella guardó silencio un largo rato, escuchando el latido del corazón de Vane, que ahora era también el suyo.

—Veo un jardín que no es de flores —susurró ella finalmente—. Es un jardín de estatuas de sal. Todas tienen los rostros de la gente que amé y que me dejó morir. Mis hermanos, que contaban las monedas de mi dote antes de que mi sangre se enfriara. Y mi prometido… el hombre que me dijo que mi cuello era tan fino que solo un collar de diamantes sería digno de él, antes de usar sus manos para asegurarse de que nunca volviera a respirar.

Vane apretó el agarre. Sintió el odio de ella, pero era un odio cansado, una brasa que se apagaba en el océano de su propia soledad.

—Yo también te marqué —dijo Vane, su voz cargada de una culpa que empezaba a asfixiarlo—. Te puse el hierro frío. Te encerré en la oscuridad. Te traté como si fueras el monstruo, cuando el monstruo estaba sentado hoy en el salón, bebiendo jerez.

—Lo hiciste porque tenías miedo —respondió ella, girándose en sus brazos para mirarlo a los ojos. En la penumbra, sus pupilas grises parecían devorar toda la luz—. El miedo vuelve a los hombres crueles, Vane. Pero tú me salvaste en la mazmorra. Sentí tu cuerpo rompiéndose para que el mío no se hiciera pedazos. Ningún verdugo hace eso por su víctima.

Se quedaron mirándose, a escasos centímetros. El aire entre ellos estaba cargado de la estática de dos almas que se reconocían en la penumbra. Vane vio las marcas de cansancio en el rostro de ella, la dulzura triste de sus labios, y se dio cuenta de que Isolde nunca había estado allí. Isolde era una pintura hermosa en una pared que se caía; esta mujer era la piedra misma, desnuda y sufriente.

Impulsado por una necesidad que no era deseo, sino una búsqueda de perdón, Vane rozó sus labios con los de ella. Fue un contacto leve, tembloroso, que envió una onda de choque a través del vínculo. No hubo la violencia del beso anterior en la mazmorra. Hubo una rendición.

—No sé quién eres —susurró Vane contra su boca—. Pero sé que ya no quiero que te vayas.

—Si me quedo, Vane, ambos arderemos —respondió ella, acariciando la mejilla de él con dedos gélidos—. El mundo no nos perdonará. El Marqués no nos perdonará. E Isolde… Isolde despertará solo para destruirnos si ve que su altar ha sido profanado por la verdad.

—Que arda todo —sentenció Vane.

En ese momento, el vínculo alcanzó una nota de armonía perfecta. El dolor de las heridas de Vane se suavizó, anestesiado por la presencia de ella. Pasaron las horas en una vigilia silenciosa. Vane empezó a notar detalles que antes había ignorado: la forma en que ella encogía los hombros cuando sentía una corriente de aire, el pequeño tic en su párpado cuando mencionaba el norte, la calidez que empezaba a brotar de su pecho hacia el de él.




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