El sol de invierno golpeaba los cristales rotos de la habitación del ala oeste, proyectando astillas de luz fría sobre el suelo de madera. Vane permanecía frente al espejo de cuerpo entero, con el torso desnudo. No miraba su hombro herido, que seguía envuelto en vendajes amarillentos. Miraba su pecho. Allí, justo sobre el esternón, las venas negras —las mismas que habían nacido en el cuello de la mujer— empezaban a ramificarse bajo su piel como raíces de tinta.
No dolía. Era una sensación de vacío, un hambre gélida que le succionaba el calor desde adentro.
—Milord... —la voz del Erudito, quebrada por el asombro y el miedo, rompió el silencio del cuarto.
El anciano dejó caer el cuenco de cerámica que traía con ungüentos. El líquido verde se derramó por el suelo, ignorado. El Erudito se acercó a Vane, con sus dedos temblorosos extendidos hacia las marcas oscuras en el pecho del caballero.
—Está ocurriendo —susurró el anciano—. El nexo no solo ha vinculado sus nervios. Ha empezado a drenar su esencia vital para alimentar a la Intrusa. Ella está muriendo, Vane, y al aferrarse a usted para no caer al vacío, lo está arrastrando consigo.
Vane se cubrió con su camisa de lino, ocultando la corrupción de su carne. Su rostro, antes lleno de la arrogancia del mando, estaba ahora afilado por una fatiga crónica. Sus ojos tenían el mismo brillo de ceniza que los de ella.
—Ella no se está aferrando a mí por voluntad —respondió Vane, su voz sonando como el roce de dos piedras—. El vínculo que creamos en la mazmorra... la sangre que mezclamos... fue mi error. Yo la obligué a unirse a mí. Ahora mi cuerpo simplemente está cumpliendo mi orden: mantenerla viva a cualquier precio.
—Si ella no recupera su propia identidad, si no logramos que el cuerpo de la señorita Isolde acepte finalmente a este huésped, usted morirá antes de la próxima luna —sentenció el Erudito—. Usted es un hombre fuerte, milord, pero nadie tiene suficiente alma para alimentar a dos personas, especialmente cuando una de ellas es un espectro de veinte años.
Vane caminó hacia la cama. La mujer estaba despierta, observándolos. Había escuchado cada palabra. Su piel parecía ahora papel pergamino, tan fina que se podía ver el latido débil de sus arterias. Al ver a Vane acercarse, ella extendió una mano hacia él. No era una mano de depredadora; era la mano de alguien que sabe que es la causa de la muerte de lo único que ha empezado a valorar.
—Déjame ir, Vane —susurró ella. Su voz era un suspiro que apenas perturbaba el polvo de la habitación—. Rompe el nexo. Si el Erudito usa el hierro una última vez sobre mi núcleo, yo me desvaneceré. Tú vivirás. Podrás reconstruir esta mansión. Podrás enterrar a Isolde con los honores que el mundo espera.
Vane se sentó a su lado y tomó su mano. Sus dedos se entrelazaron, y el intercambio de energía fue instantáneo. Vane sintió un latigazo de debilidad, una marejada de mareo que casi lo hace caer, pero al mismo tiempo vio cómo el color regresaba ligeramente a las mejillas de ella. Estaba dándole su vida por la punta de los dedos.
—No —dijo Vane—. Ya te lo dije. No voy a dejar que te vayas al vacío. No voy a quedarme solo con las mentiras de los Arante. Si mi sangre es lo que necesitas para que tus ojos sigan abiertos, entonces bébetela toda.
El Erudito retrocedió, santiguándose con una señal prohibida.
—Esto es necromancia involuntaria, milord. Es un sacrilegio contra la naturaleza. Usted se está convirtiendo en el sustento de una muerta.
—La naturaleza me traicionó el día que permitió que Isolde fuera una cáscara vacía —rugió Vane, girándose hacia el anciano con una mirada maníaca—. Váyase. Prepare el elixir de ópalo. Si mi energía no es suficiente, buscaremos fuentes externas. Pero no vuelva a sugerir que la deje morir.
Cuando el Erudito abandonó la estancia, el silencio volvió a ser denso, casi sólido. Vane se recostó al lado de la mujer, rodeándola con su brazo. Sentía cómo las raíces negras en su pecho palpitaban en sincronía con el corazón de ella.
—Me estás matando —dijo ella, con una lágrima de sangre rodando por su mejilla—. Cada día que paso en este cuerpo, te robo un año de vida. ¿Por qué, Vane? ¿Por qué me amas ahora, cuando soy solo la ruina de lo que fuiste?
—Porque eres la única verdad que he tocado en mi vida —respondió Vane, hundiendo el rostro en el hueco de su cuello—. No te amo por ser Isolde. Te amo por ser la sombra que me obligó a mirar al sol y darme cuenta de que me estaba quedando ciego. Te amo porque sufriste lo mismo que yo: la traición de quienes debían protegernos.
Ella se giró en sus brazos, quedando cara a cara con él. El vínculo alcanzó una frecuencia vibratoria tan alta que el aire de la habitación empezó a zumbar. En ese momento, la mansión del alma se manifestó de nuevo, pero no como una incursión forzada. Fue una invitación.
Vane cerró los ojos y se encontró en el jardín de las estatuas de sal. Pero esta vez, el cielo no era negro. Era de un color violeta crepuscular. La mujer estaba allí, vestida con los harapos de su muerte original, pero su rostro era nítido. Ya no era la máscara de Isolde; era ella, con sus ojos grises y su sonrisa triste.
—Este es mi centro —dijo ella, señalando un pozo profundo en mitad del jardín—. Aquí es donde guardo la esencia que me queda. El ritual del Erudito dañó las paredes de mi pozo. Por eso tu vida se está filtrando hacia abajo. No puedo detenerlo, Vane. Mi alma es un cántaro roto.
Vane se acercó al pozo. Al mirar dentro, no vio agua. Vio un remolino de recuerdos: su propia cara, sus manos marcándola, el momento en que la salvó. Ella lo estaba consumiendo porque lo amaba de la única forma que una muerta sabe amar: poseyéndolo totalmente.
—Entonces llenaremos el pozo con lo que haga falta —dijo Vane dentro de la visión.
Se acercó a ella y la tomó por la cintura. En ese espacio metafísico, el contacto era más íntimo que cualquier acto físico. Sus esencias se mezclaban, el oro de la vitalidad de Vane fluyendo hacia el gris plateado de ella. Era un banquete de almas, una comunión prohibida que los hacía uno solo.
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Editado: 01.04.2026