El aire en la habitación del ala oeste había perdido su peso humano. Vane permanecía de pie ante el ventanal agrietado, pero su postura ya no reflejaba el cansancio de un hombre herido. Estaba rígido, con la espalda tan recta que parecía sostenida por hilos invisibles. Sus ojos, antes nublados por una duda febril, ahora brillaban con una claridad vidriosa, un azul eléctrico que no admitía matices.
Se llevó una mano al pecho, rozando las vendas. Por un segundo, sus dedos dudaron, pero luego apretaron la herida con una fuerza innecesaria, buscando el dolor como un interruptor.
—Ya basta —susurró Vane. Su voz no tenía el rastro de la ceniza ni la calidez de la confesión. Era una nota pura, metálica, la voz del gran caballero que nunca se equivocaba—. Este delirio de sombras ha durado demasiado.
Se giró hacia la cama. La mujer estaba allí, encogida bajo las mantas, observándolo con una esperanza que él ahora procesaba como una debilidad ajena. El vínculo de compatibilidad seguía vivo, pero Vane lo estaba usando de forma perversa: en lugar de compartir su calor, estaba succionando la poca energía que le quedaba a ella para alimentar su propia determinación.
—Vane… —susurró ella, notando el cambio en la atmósfera. El miedo en su voz era una vibración que él sentía en sus propios dientes, pero que ya no le producía lástima—. Tus ojos… han vuelto a cambiar.
—Mis ojos han vuelto a ver la luz —respondió Vane, caminando hacia ella con una elegancia predatoria que ignoraba el dolor de su clavícula rota—. Me he dejado infectar por tu miseria, por tus cuentos de pozos y hermanos crueles. Me he dejado convencer de que Isolde era una extraña. Pero ella me ha hablado en el silencio de mi fiebre. Ella está allí, atrapada bajo la suciedad de tu presencia.
Vane la agarró por el brazo y la sacó de la cama con un tirón seco. Ella cayó al suelo de piedra, soltando un gemido que Vane escuchó con indiferencia. La debilidad mental de la convalecencia, combinada con la influencia tóxica que Isolde ejercía desde el "Trono de Cristal", había borrado su evolución emocional en una sola noche. Para Vane, la mujer frente a él ya no era un ser humano; era un obstáculo.
—Vamos a entrar —sentenció Vane, ignorando las lágrimas que empezaban a brotar de los ojos grises de ella—. Vamos a bajar al núcleo. Isolde dice que la estás asfixiando, que estás usando tus recuerdos rotos para emparedarla viva. Voy a liberarla, y para hacerlo, tengo que demoler cada rincón de esta alma que te pertenezca.
—¡Es una trampa, Vane! —chilló ella, agarrándose a sus botas—. ¡Ella te está usando porque sabe que estás débil! ¡Ella quiere que me mates para que no quede nadie que te diga la verdad!
Vane la miró desde su altura, y por un microsegundo, pudo ver el vacío en sus pupilas. No había rastro de la "comunión de heridas". Solo quedaba el fanático.
—La verdad es un cuerpo perfecto que me espera al final de este pasillo —dijo Vane, y con un movimiento brusco, forzó la inmersión espiritual sin protecciones, sin Erudito, hundiendo sus conciencias en el abismo.
El descenso no fue una transición; fue un impacto. Vane apareció en un lugar que olía a humedad antigua y a leche agria. Era una casa señorial del norte, pero las paredes estaban deformadas, como si la estructura estuviera siendo digerida por una criatura inmensa. Trozos de papel tapiz con flores de lis se desprendían, revelando bajo ellos una piedra negra que supuraba un líquido oscuro.
—¡Isolde! —gritó Vane, y su voz provocó que la escarcha cayera del techo.
—Aquí, mi valiente caballero… —la voz de Isolde vibró desde lo alto, desde un trono de cristal que levitaba sobre un mar de escombros—. Mira lo que esta rata ha hecho con nuestro palacio. Mira cómo ha infestado mi pasado con su inmundicia. ¡Límpiame, Vane! ¡Saca la basura de mi casa!
Vane caminó por el pasillo, pero sus pies no pisaban suelo, sino fragmentos de una vida que él despreciaba por instinto. A los lados, como cuadros vivientes en marcos rotos, aparecían los remanentes de la Intrusa.
Vio a una niña pequeña, de unos siete años. Tenía el cabello oscuro como el ala de un cuervo y unos ojos grises que parecían demasiado grandes para su rostro demacrado. Era la versión infantil de la mujer que estaba empezando a amar, pero Vane solo vio en ella a un parásito en crecimiento.
La niña estaba en un rincón de un patio de piedra, intentando cubrirse de la nieve con una manta que era puro harapo. Dos sombras altas —sus hermanos— se acercaban a ella con látigos de cuero.
—¡Engendro maldito! —rugían las sombras—. ¡Padre dice que hoy no comes porque tu mirada ha amargado la leche de las vacas! ¡Eres una mancha, una mancha que nunca se quita!
Vane sintió el dolor de los latigazos en su propia espalda a través del vínculo, pero su mente, cegada por la voz de Isolde, reinterpretó la sensación. No era empatía; era asco. "Su dolor es una infección", pensó Vane. "Tengo que cortarlo para no sentirlo más".
—Es patético —dijo Vane, su voz resonando en el pasillo de los recuerdos—. Solo es basura de los suburbios intentando empañar la gloria de un linaje superior.
Llegó a una puerta de madera podrida que vibraba con los sollozos de la niña. Vane desenfundó su espada espiritual, una hoja de luz blanca que palpitaba con una pureza asesina.
—¡Sal de ahí! —rugió, pateando la puerta.
La habitación era un calabozo de cristal. En el centro, la niña de ojos grises estaba encadenada a una silla de madera vieja. Pero las cadenas no eran de metal; eran enredaderas de seda verde esmeralda que brotaban de las grietas del suelo. Las espinas de la seda se hundían en la carne tierna de la pequeña, y cada vez que ella intentaba respirar, la seda se apretaba más, dibujando el color de los Arante sobre la piel de la bastarda.
Isolde estaba allí, de pie sobre la niña, con una sonrisa de absoluta victoria.
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Editado: 01.04.2026