Anatomía de una intrusa

El sacrificio del cordero

El aire en la habitación de cristal de la Mansión del Alma se volvió estático, cargado de una electricidad azulada que erizaba el vello de los brazos de Vane. Él no sentía el frío, aunque la escarcha trepaba por sus botas. Sus ojos, fijos en la pequeña figura encadenada por la seda verde, no parpadeaban. La espada de luz blanca en su mano derecha zumbaba con una frecuencia que armonizaba con los latidos del "Trono de Cristal" de Isolde.

¡Acaba con ella, Vane! —el grito de Isolde no era un ruego, era un mandato que vibraba en la médula de sus huesos—. ¡Mira cómo su sangre sucia mancha mis suelos! ¡Córtala! ¡Arráncala de mi existencia!

Vane dio un paso al frente. El suelo de cristal crujió bajo su peso, enviando grietas hacia la silla donde la niña de ojos grises permanecía inmóvil. La pequeña levantó la cabeza. Su rostro, manchado por las lágrimas y la suciedad del establo de sus recuerdos, no mostraba odio. Era una mirada de una pureza devastadora, la mirada de alguien que ha aceptado que el amor, para ella, siempre vendría acompañado de una hoja afilada.

—¿Por qué... te detienes? —susurró la niña con la voz de la mujer que lo había abrazado en el ala oeste—. Si ella es tu luz... ¿por qué te tiembla la mano, caballero?

—No me tiembla nada —mintió Vane. Su voz era una losa de granito.

Levantó la espada por encima de su cabeza. La luz blanca de la hoja iluminó la habitación, revelando en los espejos de las paredes no el reflejo de la niña, sino el de la mujer que ella llegaría a ser: la Intrusa, desangrándose en la mazmorra, marcada por el hierro de Vane. Los dos tiempos se solapaban, creando una cacofonía de dolor que Vane intentaba silenciar con su ceguera voluntaria.

¡Ahora! —bramó Isolde.

Vane descargó el golpe con una trayectoria letal.

El acero espiritual no encontró carne, sino el respaldo de la silla de madera. La niña se había encogido, deslizándose hacia el suelo, pero la seda verde de Isolde la tiró de vuelta hacia arriba, exponiendo su garganta. La hoja de Vane rozó el pecho de la pequeña, abriendo una herida que no sangraba rojo, sino un vapor grisáceo que olía a incienso y a tierra vieja.

—¡Aaaaaagh! —el grito de la niña fue un trueno que sacudió la mansión entera.

En el mundo físico, en la habitación del ala oeste, el cuerpo de Isolde se arqueó violentamente sobre el suelo. Vane, conectado por el vínculo, sintió un hachazo de dolor en su propio pecho, justo donde las venas negras se enroscaban en su corazón. Escupió sangre, pero su mente, secuestrada por la imagen de Isolde, solo vio el éxito del ataque.

¡Sí! ¡Sigue! —reía Isolde desde su trono, sus dedos de seda moviéndose como los de una titiritera—. ¡Mira cómo se desvanece! ¡Mira cómo sus recuerdos se vuelven polvo!

La habitación empezó a transformarse. Los muros de cristal se disolvieron para mostrar un nuevo fragmento del pasado de la Intrusa. Vane se encontró en un pasillo oscuro, flanqueado por puertas de hierro. El olor a humedad y a excremento animal era insoportable.

Vio a la niña, un poco mayor ahora, tal vez de diez años. Estaba de pie frente a una puerta cerrada. Al otro lado, se escuchaban los gritos de una mujer. Era su madre.

¡Déjala! —chillaba la niña, golpeando el hierro con sus pequeñas manos ensangrentadas—. ¡Ella no tiene la culpa de la marca! ¡Padre, por favor!

Una sombra inmensa, la de un hombre, apareció detrás de la niña. Sin decir una palabra, la levantó por el cuello y la lanzó contra la pared opuesta. Vane sintió el impacto en sus propias costillas. Vio cómo el hombre le escupía a su propia hija antes de entrar en la habitación donde los hermanos ya estaban "purificando" a la madre con hierros calientes.

Eres la vergüenza de este linaje —decía la voz del padre en el recuerdo—. Eres el recordatorio de que la sangre puede pudrirse en el vientre.

La niña se quedó en el suelo, mirando la puerta cerrada. En ese momento de abandono absoluto, sus ojos grises se cruzaron con los de Vane. No era un recuerdo grabado; ella lo estaba viendo a él, al intruso en su propia miseria.

—Vane... —murmuró la niña, extendiendo una mano hacia él—. Tú también... entraste en mi habitación con hierro. Tú también... me llamaste mancha. ¿Es eso lo que es el amor? ¿Una forma de borrar lo que no está bien?

Vane sintió que la espada de luz empezaba a parpadear. El "Trono de Cristal" de Isolde vibró con una nota de furia.

¡No la escuches! —gritó Isolde, descendiendo del techo como una araña de seda—. ¡Son trucos de una mente enferma! ¡Mátala antes de que te arrastre a su pozo!

Isolde envolvió sus brazos verdes alrededor del cuello de Vane, pegando su rostro al de él. Sus labios, fríos como el hielo, rozaron su oreja.

Hazlo por mí, Vane... Por el día en que volveré a ser tuya y este horror será solo un mal sueño. Libérame de esta niña andrajosa.

La ceguera de Vane se volvió total. La luz blanca de su espada se tornó de un rojo violento, alimentada por la psicosis de la devoción. Ya no veía a una niña sufriente; veía un tumor que debía ser extirpado.

—Por Isolde —repitió Vane, su voz sonando como el crujido de un glaciar.

Se abalanzó sobre la pequeña con una furia renovada. Cada golpe de su espada desmembraba un trozo de la habitación. Los recuerdos de la Intrusa volaban por el aire como hojas secas en un incendio. Vio el momento en que ella recibió el primer beso de aquel prometido traidor, y Vane cortó la imagen en dos. Vio el momento en que ella bordaba su velo de novia, y Vane incineró la seda espiritual con su luz roja.

Estaba borrando su existencia. Estaba desmantelando la arquitectura de su alma piedra por piedra.

La niña cayó al suelo, sin fuerzas para levantarse. Las enredaderas de Isolde la mantenían apenas con la cabeza erguida para que Vane pudiera ver sus ojos. La luz gris de sus pupilas se estaba apagando, volviéndose del color de la ceniza fría.




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