El silencio en el ala oeste ya no era una ausencia de ruido; era una amputación. Vane permanecía de pie en el centro de la habitación, con los brazos colgando a los costados y la mirada clavada en el cuerpo de Isolde que yacía a sus pies. El rastro de vapor grisáceo, el último suspiro de la niña que él había ejecutado en la mansión del alma, se había disipado por completo, dejando un olor a ozono y a carne fría.
Ya no había vínculo. No había latido compartido. No había dolor reflejado. Vane se llevó la mano al pecho y sintió el silencio de su propio corazón, una quietud aterradora que le confirmaba que la "mancha" había sido extirpada. Había cumplido su misión. Había matado a Elara para devolverle el trono a su reina.
—Isolde… —susurró Vane. Su voz sonó pequeña, ridícula en la inmensidad de las ruinas—. Ya está. Despierta. El palacio es tuyo.
Se arrodilló y le tomó la mano. Estaba gélida, una pieza de mármol que no reconocía el calor de sus dedos. Vane cerró los ojos y forzó su mente a entrar una última vez, sin rituales, sin barreras, buscando la recompensa de su crueldad: el abrazo de la mujer que amaba.
Pero lo que encontró no fue un abrazo.
Al entrar en la Mansión del Alma, Vane no vio el trono de cristal radiante ni el jardín de rosas que Isolde le prometía en sus delirios. Vio un páramo blanco, infinito y mudo. El trono estaba allí, sí, pero estaba roto, astillado por la propia violencia que Vane había desatado para "salvarlo". Y sentada en los restos, Isolde lo miraba.
No era la Isolde de sus sueños. Era la Isolde real, la que se burlaba de sus cartas, la que vendía sus diamantes para pagar deudas de amantes. Se veía espléndida, impecable, pero su mirada era de un tedio insoportable.
—¿Por qué sigues aquí, Vane? —preguntó ella. En su voz no había dulzura; era el filo de una guillotina—. Te pedí que la mataras porque me aburría su llanto, no porque quisiera volver contigo. ¿De verdad creíste que después de ver cómo degollabas a una niña, yo querría habitar este cuerpo de nuevo para ser tu "esposa perfecta"?
Vane retrocedió en la visión, sintiendo que el suelo de cristal se convertía en fango bajo sus pies.
—Yo… yo lo hice por ti. Por nosotros. Por lo que teníamos.
—Lo que "teníamos" era una farsa que yo sostenía para que me compraras vestidos, caballero —Isolde se puso de pie, caminando sobre los escombros de la psique con una elegancia cruel—. Ella, la chica del pozo… ella era la única que te veía como algo más que un mueble caro. Ella era la que sentía tu dolor. Yo solo siento asco. Me has dado un cuerpo vacío, Vane. Un cuerpo que ahora apesta a la sangre de la única persona que te quiso. No quiero este lugar. Quédate con él. Quédate con tu mausoleo.
Isolde se desvaneció como el humo de una vela apagada de un soplido, dejando a Vane solo en la blancura total de un alma que ya no tenía inquilinos. Había matado a Elara, la mujer que lo amaba, para "rescatar" a Isolde, la mujer que lo despreciaba. Y al final, se había quedado sin ninguna.
Vane despertó en la habitación física con un grito sordo que se ahogó en su garganta. Se apartó del cuerpo de Isolde como si quemara.
—¡No! —rugió, golpeando el suelo—. ¡Vuelve! ¡Elara! ¡Vuelve!
Pero Elara no volvería. Vane recordó el momento exacto en que su espada de luz roja había atravesado el núcleo de la niña de ojos grises. Recordó la mirada de entrega de ella, la forma en que su esencia se había desintegrado en ceniza sin soltar un solo reproche. Ella se había ido llevándose consigo el único fragmento de humanidad que Vane había tocado en toda su vida.
Salió de la habitación, tambaleándose, y bajó a las mazmorras. Necesitaba encontrar algo, un rastro, una marca en la pared, cualquier cosa que le confirmara que Elara había existido. Pero las mazmorras estaban colapsadas. El lodo y las piedras habían sepultado la celda donde ella había llorado, donde él la había marcado, donde el nombre de "Elara" había sido susurrado por primera vez.
No quedaba nada.
Vane se sentó en las escaleras de piedra, rodeado de la oscuridad que él mismo había cultivado. Se miró las manos: las venas negras habían desaparecido. Su piel estaba limpia, tan blanca y perfecta como la de un cadáver de la alta nobleza. Ya no sentía el hambre de ella, ni su frío, ni su miedo. Estaba solo. Por primera vez en meses, estaba verdaderamente solo en su propia piel.
—Se ha olvidado… —susurró Vane—. Nadie sabe quién era. Nadie escuchó su nombre.
El Marqués de Arante la había repudiado. Los hermanos de ella la habían asesinado. Y él, su último vínculo con el mundo, la había ejecutado para complacer a un fantasma vanidoso. Elara no era solo una muerta; era una inexistencia. Era una nota al pie en la historia de una mansión en ruinas que el tiempo devoraría pronto.
Vane subió de nuevo al ala oeste. Entró en el despacho y buscó el papel donde había escrito su nombre días atrás, aquel pacto de sangre y tinta donde confesaba que empezaba a necesitarla. Lo encontró en el cajón, pero al tocarlo, el papel se deshizo en polvo entre sus dedos. El ritual de desmembramiento espiritual había sido tan absoluto que había borrado incluso los ecos materiales de su presencia.
Caminó hacia el cuerpo de Isolde. Seguía allí, en la cama, hermosa y muerta. Vane se dio cuenta de que tendría que enterrarla. Tendría que fingir ante el mundo que la "Señorita Arante" había sucumbido a sus heridas. Tendría que recibir condolencias, vestir de luto y escuchar el nombre de Isolde repetido mil veces en los banquetes fúnebres.
Y nadie, nunca, pronunciaría el nombre de Elara.
—Tú ganaste, Isolde —dijo Vane, mirando el rostro inerte—. Me dejaste vivo para que fuera el único testigo de mi propia estupidez. Me dejaste vivo para que cada vez que cierre los ojos, vea el momento en que maté a la única mujer que me salvó.
Vane se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la cama del cadáver. El frío de la habitación empezó a calarle, pero ya no era un frío compartido que pudiera combatir con un abrazo. Era su propio frío, el de un hombre que se había quedado sin norte, sin honor y sin alma.
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Editado: 01.04.2026