El carruaje fúnebre, tallado en ébano y adornado con penachos de plumas de cuervo, aguardaba en el patio de la mansión. El frío de la mañana era una cuchilla que cortaba la niebla, pero Vane no sentía el invierno. Estaba de pie en el vestíbulo, vestido con su uniforme de gala negro, las medallas de oro brillando con una obscenidad hiriente sobre su pecho. Sus manos, enfundadas en guantes de seda blanca, sostenían el pomo de su sable con una fuerza que hacía crujir el cuero.
Frente a él, el ataúd de Isolde permanecía abierto para la última vigilia.
—Está hermosa, milord —susurró el Erudito, que ahora vestía túnicas de luto—. Parece que solo duerme. El embalsamamiento ha borrado cualquier rastro de la... agitación previa.
Vane miró el rostro de porcelana de Isolde. Era perfecto. No había venas negras, no había palidez de ceniza, no había rastro de la mirada gris que lo había buscado en el establo de los recuerdos. Era la Isolde de los Arante, la mujer que el mundo exigía adorar. Y sin embargo, mientras la miraba, Vane sintió una náusea violenta. Sabía que bajo esos cosméticos, el cuerpo estaba vacío. Ella se había marchado de su propia psique, dejándolo solo con el peso de un cadáver que ya no significaba nada.
—Ciérralo —ordenó Vane. Su voz era un trueno seco que hizo que los sirvientes se estremecieran—. No quiero que nadie más la toque. Ni siquiera con la mirada.
—Pero el Marqués... él querrá despedirse en la catedral —vaciló el Erudito.
—¡He dicho que lo cierres! —rugió Vane, y por un segundo, el brillo maníaco en sus ojos hizo que el anciano retrocediera tropezando con los cirios.
Fue entonces cuando la vio.
En el rincón más oscuro del vestíbulo, justo detrás de una columna de mármol agrietada, estaba ella. No era la niña del establo, ni la mujer demacrada de la mazmorra. Era Elara tal como él la había asesinado: con la camisa de lino empapada en esa esencia oscura, con los ojos grises fijos en él, carentes de pupila, dos pozos de ceniza infinita. No hablaba. No se movía. Solo existía allí, un recordatorio visual de que el vacío no devuelve lo que devora.
Vane parpadeó con fuerza, sacudiendo la cabeza. No está ahí. No hay vínculo. La maté. La borré. Pero al abrir los ojos, la figura seguía allí, desplazándose con un movimiento antinatural, deslizándose por la periferia de su visión como una mancha de aceite sobre el agua.
—¿Milord? —el Erudito lo observaba con una mezcla de lástima y terror—. Está hablando solo.
Vane se dio cuenta de que sus labios se movían, susurrando el nombre prohibido. Se enderezó, ajustándose la guerrera con una violencia mecánica.
—No es nada. El cansancio. Que empiece la procesión.
El trayecto hacia la catedral de la capital fue una tortura de tres horas. Vane cabalgaba al lado del coche fúnebre, manteniendo la espalda recta como una pica. Las calles estaban abarrotadas de ciudadanos que arrojaban pétalos de flores blancas al paso del ataúd. Lloraban por la "Rosa de los Arante", por la belleza perdida, por el caballero que "luchó valientemente para salvarla".
Cada grito de dolor de la multitud era un latigazo para Vane. Escuchaba el nombre de Isolde repetido como un mantra sagrado por miles de bocas, mientras el nombre de Elara se pudría en su propio pecho, una palabra sin dueño, una verdad sin hogar.
—Míralos, Vane... —la voz no era de Elara. Era la voz de Isolde, resonando en su mente desde el vacío—. Míralos cómo me aman. Mírate a ti, el gran héroe, custodiando un ataúd lleno de nada. ¿No es deliciosa la ironía? Has matado a la única persona que te conocía para que estos ignorantes puedan seguir adorando mi máscara.
Vane apretó las riendas con tanta fuerza que sus guantes empezaron a rasgarse. Miró hacia la multitud y, entre las cabezas de los campesinos, volvió a verla. Elara estaba allí, de pie en medio del gentío, con su vestido de harapos y su mirada de ceniza. Nadie la veía. Los pies de la gente pasaban a través de su forma etérea. Ella solo lo miraba a él, señalando con un dedo largo y gris el ataúd de ébano.
Vane estuvo a punto de desenvainar su sable y cargar contra la multitud para alcanzarla, pero el Marqués de Arante, que cabalgaba al otro lado del coche, le puso una mano en el brazo.
—Contente, Vane —dijo el Marqués. Su voz era gélida, desprovista de cualquier rastro del miedo que mostró en la mansión. En la capital, rodeado de su poder, el Marqués volvía a ser el arquitecto de la mentira—. El mundo nos mira. Eres el viudo desolado, no un loco de guerra. Mantén la cara de mármol. Isolde merece este último acto de perfección.
—Ella no está ahí, Marqués —susurró Vane, sus ojos fijos en la figura de Elara que ahora flotaba sobre las cabezas de los heraldos—. Usted lo sabe. Yo lo sé. Este ataúd está vacío de todo lo que importaba.
—Lo que importa es lo que la gente cree —respondió el Marqués, sin mirarlo—. Isolde es un símbolo. Y los símbolos no mueren, simplemente se graban en la piedra. Olvida lo que viste en las ruinas. Olvida a la... otra. Si vuelves a mencionar algo que no sea la gloria de mi hija, te encerraré en un sanatorio antes de que el cuerpo toque el suelo de la cripta.
Entraron en la catedral. El olor a incienso era tan denso que Vane sintió que se asfixiaba. El órgano rugía una marcha fúnebre que parecía diseñada para aplastar el alma de los presentes. Vane caminó por el pasillo central, cargando uno de los costados del ataúd. Sentía el peso de la madera sobre su hombro herido, un dolor punzante que agradecía porque era lo único que le recordaba que seguía en el mundo de los vivos.
Al llegar al altar, el obispo empezó la letanía. Habló de la pureza de Isolde, de su caridad inexistente, de su amor devoto por su prometido. Vane permanecía de pie, una estatua de carne, mientras el fantasma de Elara se sentaba en el primer banco, justo al lado del Marqués.
Ella no lloraba. Solo observaba. Y cada vez que el obispo pronunciaba la palabra "virtud", Elara soltaba una risa silenciosa que Vane sentía como un picor insoportable en sus oídos.
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Editado: 01.04.2026