El invierno se había negado a abandonar la mansión, como si el frío hubiera encontrado un nido permanente en las grietas de la piedra. Vane despertó en el suelo del ala oeste, con la mejilla pegada a las tablas frías. No se levantó de inmediato. Se quedó escuchando el silencio, esperando el primer sonido del día. No buscaba el canto de los pájaros ni el trajín de los criados que ya no existían, pues los había despedido a todos semanas atrás. Buscaba el roce de una falda de harapos contra el suelo.
—Buenos días —susurró Vane a la penumbra.
En el rincón, junto al armario apolillado, la figura de Elara se materializó lentamente. No era un destello de luz, sino una densificación de las sombras. Estaba allí, con su mirada de ceniza y su vestido manchado. No respondió, pero Vane sintió una presión gélida en el pecho, el eco de aquel vínculo que él se negaba a aceptar que estaba roto.
Vane se puso de pie, tambaleándose. Su uniforme de gala, el mismo que usó en el funeral de Isolde, estaba ahora sucio, deshilachado y cubierto de una fina capa de polvo gris. Ya no se miraba al espejo; el reflejo del "Caballero de Oro" le producía una risa histérica que le desgarraba la garganta.
Caminó hacia la pequeña mesa que había rescatado de los escombros. Sobre ella, había dos platos. Uno contenía un trozo de pan seco y un resto de vino agrio. El otro estaba vacío, pero Vane lo trataba con una reverencia sagrada.
—Hoy he pensado que podríamos caminar por el jardín —dijo Vane, partiendo el pan con manos temblorosas—. La nieve ha cubierto los rosales de Isolde. Ya no queda nada verde. Es... perfecto. Justo como te gusta el silencio.
Se sentó a desayunar con el fantasma. Para cualquier observador externo, Vane era un demente hablando con el aire, un hombre roto que gesticulaba hacia una silla vacía. Pero en su mente, Elara estaba sentada frente a él. Él "veía" cómo ella inclinaba la cabeza, cómo sus dedos grises rozaban el borde del plato inexistente. La desesperación de Vane había alcanzado tal magnitud que su cerebro había empezado a proyectar alucinaciones táctiles. Sentía el frío de su presencia como si fuera una corriente de aire constante que le soplaba en la nuca.
—El Marqués me envió una carta ayer —continuó Vane, su voz sonando hueca en el salón vacío—. Dice que el reino me aclama. Dice que soy el ejemplo de la fidelidad eterna. Quieren erigir una estatua en la plaza central. "Vane y la Rosa", la llaman.
Vane soltó una carcajada que terminó en una tos violenta. Escupió un coágulo de sangre oscura sobre la alfombra. Las venas negras, que el Erudito creía desaparecidas, habían vuelto a brotar, pero no en su pecho, sino alrededor de sus ojos, dándole la apariencia de un cadáver que se niega a cerrar los párpados.
—Si supieran que la rosa está podrida bajo el mármol... —susurró, mirando fijamente a Elara—. Si supieran que mi fidelidad es para la mancha que ellos borraron.
Se levantó y empezó su ritual diario de "reconstrucción". Vane recorría la mansión con un balde de agua y un trapo viejo. No limpiaba la suciedad; la redistribuía. Dibujaba símbolos en las paredes con el polvo de la ceniza del hogar. Eran las runas que el Erudito le había enseñado, pero deformadas por su propia agonía. Intentaba "atar" la sombra de Elara a las piedras de la casa para que no se desvaneciera.
—¿Por qué lo haces, Vane? —la voz de Elara resonó en su mente, no como un sonido externo, sino como un pensamiento intruso—. ¿Por qué intentas salvar lo que ya destruiste? Soy solo un eco de tu culpa. Déjame ir al vacío.
—¡Jamás! —gritó Vane, golpeando la pared con el puño cerrado hasta que sus nudillos estallaron—. ¡Te debo una vida! Si no puedo darte la mía, te daré mi locura. Te construiré un reino de escombros donde nadie pueda llamarte bastarda. Donde el nombre de Elara sea el único que se escuche en los pasillos.
Pasó la tarde en el invernadero destruido. El lugar donde Isolde "murió" era ahora el centro de su demencia. Vane se sentaba en el suelo y hablaba durante horas. Les contaba a las plantas muertas la historia de la niña del norte. Les hablaba del establo, del padre cruel, de la marca de la madre.
A veces, la alucinación se volvía tan vívida que Vane creía tocar su mano. En esos momentos, sentía un alivio eléctrico, una descarga de serotonina que lo mantenía funcionando. Pero cuando el contacto se rompía, el bajón era una caída libre hacia el horror. Veía entonces a Elara transformarse en la niña desmembrada por su espada de luz roja. Veía la sangre gris manchando sus propias manos y el grito de ella volvía a desgarrar el silencio de la mansión.
—¡Perdón! ¡Perdón! —sollozaba Vane, arrastrándose por el suelo de cristal roto—. ¡No era yo! ¡Era ella! ¡Ella me cegó!
—Tú sostuviste el arma, Vane —susurraba el fantasma desde las sombras de los helechos muertos—. Ahora come de la ceniza que sembraste.
Al caer la noche, Vane regresó al ala oeste. El agotamiento físico era tal que apenas podía arrastrar los pies. Sus heridas no cerraban; su cuerpo parecía estarse disolviendo para alimentar la proyección mental de Elara. El Erudito, que a veces lo observaba desde la distancia con lágrimas en los ojos, sabía que el caballero estaba realizando un sacrificio involuntario: estaba usando su propia fuerza vital como combustible para su alucinación.
Vane se acostó en la cama, dejando un espacio a su lado.
—Duerme conmigo —pidió con voz quebrada—. No me dejes solo con el silencio.
La sombra de Elara se deslizó sobre las mantas. Vane sintió un peso gélido oprimiéndole el costado. Cerró los ojos y, en la penumbra de su mente, intentó imaginar que estaban en una casa pequeña, lejos de la guerra, lejos de los títulos. Imaginó que ella no tenía marcas y que él no tenía medallas.
Pero la paz era un lujo que no le pertenecía.
En medio de la noche, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Vane saltó de la cama, desenvainando una daga que guardaba bajo la almohada. Sus ojos estaban inyectados en sangre, su cabello enmarañado y su rostro cubierto de hollín. Parecía una bestia herida lista para saltar.
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Editado: 01.04.2026