Anatomía de una intrusa

El peregrino de la ceniza

La mansión no fue su tumba, sino su última prisión abierta. El colapso de la torre este no aplastó a Vane; lo escupió hacia los jardines, dejándolo herido, cubierto de polvo de mármol y con el alma más fragmentada que las piedras que lo rodeaban. Los comisarios del Marqués, aterrorizados por la violencia de la locura de Vane y el derrumbe inminente, huyeron creyendo que el Caballero de Oro había muerto bajo los escombros.

Pero Vane se levantó.

Con un brazo colgando inútil y las venas negras surcándole el rostro como una máscara de castigo, Vane no buscó ayuda. No buscó al Erudito. Se arrastró hacia las caballerizas que aún se mantenían en pie, montó a su semental negro y, sin mirar atrás hacia la pira de gloria que era su vida anterior, cabalgó hacia el norte.

Hacia el lugar donde la nieve nunca se derrite y donde los nombres se olvidan antes de nacer.

Vamos a casa, Elara —susurró Vane al viento helado.

A su lado, galopando entre los árboles desnudos, la sombra lo seguía. Ya no era una alucinación estática; era una estela de humo gris que susurraba en su oído cada vez que el dolor de sus heridas amenazaba con hacerlo caer del caballo. El viaje duró semanas. Vane sobrevivió robando comida en granjas aisladas y bebiendo agua de arroyos congelados. Ya no era un caballero; era un espectro andrajoso que asustaba a los viajeros, un mito de capa negra y ojos de ceniza que se dirigía hacia el dominio caído de los Valis.

Al llegar a las tierras del norte, el paisaje cambió. Ya no había viñedos ni castillos orgullosos. Solo llanuras de brezo muerto y aldeas que parecían haber sido masticadas por el tiempo. Vane se detuvo en una taberna ruinosa en las lindes del antiguo ducado de Elara. Entró arrastrando su sable, con el rostro oculto bajo una capucha mugrienta.

—Buscó la casa de los Valis —dijo Vane, su voz sonando como el crujido del hielo bajo una bota.

El tabernero, un hombre con la cara surcada por el frío, dejó de limpiar un vaso y lo miró con un miedo ancestral.

—No hay ninguna casa de los Valis, forastero. Solo quedan las piedras negras y la leyenda de la Eterna Durmiente. Si buscas tesoros, solo encontrarás maldiciones.

—Háblame de ella —ordenó Vane, dejando caer una medalla de oro sobre la mesa. El oro brilló con una luz ofensiva en aquel lugar de miseria.

—Dicen... —susurró el hombre, acercándose— que el Duque se volvió loco hace veinte años. Dicen que después de que arrojaron a su hija al pozo por ser una "mancha", la maldición que la cubría se rompió ante los ojos de todos. Vieron que era pura. Vieron que era legítima. El Duque intentó corregir el error, pero el alma de la chica ya se había ido al vacío. Mató a sus propios hijos de desesperación. Uno se colgó de una viga y el otro... el otro está en una jaula de hierro en la capital del norte después de degollar al prometido de la joven en un banquete.

Vane sintió que el nexo en su pecho palpitaba con una furia sorda.

—¿Y ella? —preguntó Vane, sus dedos apretando el borde de la mesa.

—Ella está en la cripta del viejo ducado. El Duque gastó lo último de su fortuna en magos y embalsamadores prohibidos. Dicen que su cuerpo se mantiene joven, como si estuviera durmiendo bajo un cristal, esperando un alma que nunca vuelve. El viejo Duque murió hace tres años, pidiéndole perdón a una tumba que no puede oírlo.

Vane no esperó a escuchar más. Salió de la taberna y cabalgó hacia el corazón del dominio caído.

La residencia de los Valis era un esqueleto de piedra negra. Los jardines donde la niña de ojos grises había sido torturada por sus hermanos estaban ahora cubiertos de espinas. Vane caminó por los pasillos que había visto en sus visiones, pero ahora eran reales. Aquí estaba el establo. Aquí estaba la puerta de hierro donde ella gritaba por su madre.

Descendió a la cripta familiar.

El lugar olía a cera vieja y a magia estática. En el centro, sobre un pedestal de obsidiana, estaba el ataúd de cristal. Vane se acercó con pasos que resonaban como latidos en el silencio sepulcral. Se quitó la capucha y dejó caer su sable al suelo.

Allí estaba ella.

No era Isolde, ni la Intrusa demacrada. Era Elara. La verdadera Elara. Tenía el cabello oscuro como una noche sin estrellas y la piel de una palidez de luna. Sus manos estaban cruzadas sobre su pecho, y en su rostro no había dolor, solo una paz artificial inducida por los hechizos de preservación de su padre. Parecía que en cualquier momento abriría esos ojos grises que lo habían perseguido por toda la geografía de su locura.

—He vuelto —susurró Vane, apoyando sus manos sucias sobre el cristal frío.

A su lado, el fantasma de ceniza que lo había acompañado en el viaje se acercó al ataúd. La sombra se inclinó sobre el cuerpo durmiente, como si intentara reconocerse en aquella carne joven y perfecta. Pero no hubo chispa. El alma de Elara, fragmentada y herida por la espada de Vane, ya no encajaba en su propio molde.

Míranos, Vane... —la voz del fantasma resonó en su mente—. Dos restos de un naufragio. Tú tienes el cuerpo que amaste, pero no tiene alma. Y yo tengo el alma que te ama, pero no tengo cuerpo. Estamos divididos por el cristal y por tu crimen.

Vane cayó de rodillas frente al ataúd. Se dio cuenta de la magnitud de su castigo. El Duque había intentado salvar el cuerpo, pero él había destruido el espíritu. Ahora vivía en un mundo donde el envase de su felicidad estaba frente a él, intacto, pero vacío por su propia mano.

—Me quedaré aquí —dijo Vane, su voz quebrándose—. Seré el último guardia de esta cripta. Limpiaré tu cristal con mi propia ropa. Te contaré historias de un mundo que ya no nos quiere.

Nadie nos recordará, caballero —susurró el fantasma, sentándose en el suelo al lado de él—. El Marqués dirá que moriste como un héroe por Isolde. El mundo contará la leyenda de la Durmiente como un cuento de hadas triste. Pero nadie sabrá que tú y yo somos los únicos que compartimos esta tumba.




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