Me preguntaba, una y otra vez, cómo había logrado Gustavo regresar a ese lugar. En mi imaginación, solo podía suponer que Natasha y Ximena habían movido los hilos necesarios para traerlo de vuelta a nuestro mundo.
Tras ese instante en que nuestras miradas se sostuvieron, me quedé suspendida en el tiempo. Fue un suspiro fugaz mientras el profesor se despedía de todos nosotros. La profesora, quien siempre llevaba sus mechones perfectamente recogidos, se los dejó caer sobre los hombros; era su señal muda, un anuncio al ocaso de que las clases habían terminado al fin. Mientras todos se levantaban atropelladamente para acomodar sus cosas y huir, yo intenté robarle una última mirada a aquel chico de los ojos color miel.
—Vámonos —me espetó Arie de golpe. Me había pillado in fraganti, tratando de descifrar a Gustavo una vez más.
Gustavo, en cambio, solo me hizo una seña casi imperceptible con los ojos y un ligero movimiento de cabeza. Era una orden silenciosa: "te están hablando, haz caso". En ese momento me detuve a pensar que si no me arriesgaba ahora, ¿cuándo podría volver a hacerlo?
—¿Quieres venir con nosotros? —le pregunté. Mi voz sonó pequeña, cargada de nervios, mientras jugueteaba distraídamente con mis dedos.
Arie soltó un murmullo burlón ante mi pregunta, pero Gustavo mantuvo su distancia gélida.
—No, pero gracias por invitarme, señorita Fortyin.
Sin decir más, se levantó y se marchó, dejando su asiento tan vacío como un umbral donde la naturaleza se ha negado a crecer. De pronto, escuché unas risas secas detrás de mí. Estaba claro que tenían que ver con Arie o... ¿no?
—Me sorprende que seas tan valiente para invitar al novio de Catalina a salir, señorita Fortyin —aquellas últimas palabras destilaron veneno y burla.
Era una chica que solía ver cerca de Natasha; no recordaba su nombre y tampoco sentía que tuviera que darle importancia. Su cabello rubio la hacía parecer un sol andante, pero uno radiactivo y peligroso. Arie, por su parte, le mostró el dedo corazón en cuanto ella nos dio la espalda y luego volvió su vista hacia mí con una mueca de asco.
—Víboras —sentenció—. Vámonos de una vez, que somos los únicos que quedan aquí.
Asentí y encaminamos nuestros pasos hacia la salida. Mi cabello, ya encrespado por la humedad del ambiente, comenzaba a molestarme. Intenté amarrarlo en una coleta, pero estaba tan rebelde que tuve que pedirle ayuda a Arie; era un detalle de mi propia naturaleza que se negaba a ser domesticado. Al llegar a la puerta, Arie me preguntó a dónde iríamos, ya que no era por los boletos. Entonces, lo guié hacia donde mi instinto me pedía.
Tratamos de ubicar a Sofía, pero entre la multitud que inundaba los pasillos, las escaleras y la salida, resultó imposible ver dónde estaba exactamente. A quien sí encontramos fue a alguien que Arie admiraba en secreto: su princesa de porcelana. Golpeé suavemente su brazo para que la notara. Cuando su vista la ubicó, su expresión se entristeció al instante. A un lado de Sthefany estaba un chico que yo no conocía: alto, de cabellos casi negros y largos, sumamente guapo. Se tomaban de la mano, radiantes.
—¿Quién será él? —murmuré, más para mí que para él—. Tú eres más guapo, Arie. Mucho más.
—Si lo soy, ¿por qué él está con ella y yo no?
Su rostro era el retrato de la derrota. Su mirada estaba fija en cómo aquel desconocido hacía reír a nuestra querida Sthefany. Me pregunté qué se sentiría estar enamorada hasta el punto de no distinguir la realidad del propio mundo creado junto a esa persona. Imaginé que, aunque doliera, el corazón debía sentir esa descarga de placer y emoción. Quizá el amor era un sentimiento puro y doloroso a la vez, una fuerza que liberaba toda la energía contenida en el alma.
Le tomé del brazo y lo jalé con fuerza hacia el coche donde Robert, mi chófer, nos esperaba. Lo metí casi a empujones, intentando sacarlo de ese trance decaído. Según lo que Arie me terminó por contar, ella y ese chico tenían una relación desde que tenían cuatro años. Empezó como un juego de niños: "¿Quieres ser mi novia?" "Sí, pero no me beses porque puedo quedar embarazada". Una de esas frases que los niños repiten sin entender, pero que con el tiempo se transformó en un vínculo que no conocía la distancia.
Durante el trayecto, Arie permaneció callado, sumido en un silencio fúnebre.
—Arie, de verdad lo siento mucho...
—¿Por qué? —preguntó de inmediato—. ¿Por ella? No, Eme. Ella es simplemente imposible de alcanzar. Dudo mucho que alguien pueda dejar de amar a su primer gran amor. No deseo su ruptura; prefiero que siga así de feliz con él.
—Incluso si... —me detuve, pero él concluyó la idea por mí.
—Incluso si yo no soy la persona que ella ama. Ella está bien así, y yo estoy bien así como estoy —hizo una pausa al ver que nos deteníamos—. ¿Qué es esto?
Miramos por la ventana derecha. El lugar era espectacular.
—Vamos, lo verás mejor afuera.
Bajamos del coche en un tramo de carretera solitaria rodeado de pasto esmeralda. Había un gran árbol en una colina pequeña que nos llamaba desde la distancia. El frío de Alaska rodeó nuestras mejillas con una brisa reconfortante.
—Es hermoso —dijo Arie antes de empezar a correr con libertad por el sendero.
Me detuve un segundo a admirar el atardecer que empezaba a teñir la colina y luego corrí tras él. Comenzamos a jugar, y para mi sorpresa, Robert se unió a nosotros. Aunque siempre parecía un hombre serio, en ese momento se veía libre. No era solo la naturaleza, era la brisa fría y la libertad lo que iluminaba nuestras caras. Jugamos a los ladrones: nosotros dos escapando y Robert como el policía. Finalmente, agotados, nos sentamos bajo el enorme árbol, el único guardián de ese espacio verde.
—¿Cómo encontraste este lugar? —me preguntó Arie.
Quería responder, pero el teléfono de Robert interrumpió la charla.