And beauty the four (pre-Lanzamiento)

Seis

Habían pasado dos meses sumergida en un ciclo profundo de estudio y largas charlas con Arie sobre nuestro futuro. Las clases de idiomas, español e inglés, se habían convertido en mi refugio; por alguna razón del destino, las palabras fluían en mí con una facilidad pasmosa. Cualquier disciplina relacionada con las letras me resultaba natural, casi instintiva, lo cual era inquietante: cargaba conmigo la persistente sensación de haber odiado la literatura en una vida pasada.

​Ese día, el aire se sentía distinto. Habíamos quedado con Arie para comprar los boletos del concierto de su artista favorita. Una "Loli" japonesa, según sus palabras. Al principio me pareció una curiosidad banal, pero mi perspectiva cambió mientras iba en el coche camino a la escuela. Al pasar frente a una estación de autobuses públicos, vi un anuncio enorme pegado en la estructura donde la gente esperaba sentada.

​Desde el cartel, una chica de cabello negro azabache me devolvía la mirada. Tenía un flequillo cortado con una precisión quirúrgica que enmarcaba unos ojos energéticos, cuyo color bailaba en un enigma: era imposible distinguir si eran negros, azules o de un violeta profundo. Los mechones largos acariciaban sus mejillas sobre una piel tan blanca que parecía porcelana fría.

​Observé mis propias manos desde el asiento trasero del auto y un destello de envidia me recorrió. ¿Qué tipo de genética o cuántos procedimientos estéticos se necesitaban para alcanzar esa perfección irreal? Quizás era solo un exceso de edición digital. No podía imaginarme tenerla cerca; de solo pensarlo, un pinchazo de celos me advertía que ella podría captar la atención de Arie, robándome ese espacio que tanto me había costado construir.

​Al llegar a la entrada de la gran Harmour, divisé a Arie. Estaba allí, rompiendo la norma como de costumbre, sin el uniforme obligatorio. Solo unos pocos "raritos", incluida yo, seguíamos llevando el atuendo reglamentario. Al notar mi presencia, levantó la vista y me regaló una sonrisa radiante. Dios, cómo apreciaba esa dulzura en sus ojos; me hacía sentir que nuestra amistad era lo más real que tenía en este mundo extraño.

​—Hoy nos toca clase juntos —anunció al acercarme, su voz cargada de un entusiasmo contagioso.

​—Lo sé. Y es por eso que... lo traje.

​—¿Lo trajiste de verdad? —Susurró, abriendo los ojos de par en par.

​—¡Shh! Baja la voz. Ya sabes que nunca te fallaría —le respondí, disfrutando de su suspenso—. Además, tengo una sorpresa. Fue difícil conseguirlos, pero necesitaba este as bajo la manga para cobrarte un favor más adelante.

Estaba sospechando que pensaba que eran los chocolates que siempre traia conmigo junto con unos dulces "borrachitos". Ahí fue cuando lo mire seriamente y desvío la mirada.

​Arie se quedó inmóvil, mirando hacia el cielo como si buscara respuestas en las nubes. De pronto, sus ojos brillaron con una epifanía.

​—No me digas que... ¿¡En serio!? ¿¡Sí!?

​—Sí —sentencié con una sonrisa de suficiencia—. Sé que querías ir a la zona general, pero yo conseguí dos pases VIP.

Me costó mucho saber donde los compraba, pero al final se los encargue a una empleada de mi madre de confianza para conseguirlas. Que al igual era fan e iba a ser mucho más fácil conseguir los boletos, porque ella tenia sus métodos.

​Él entornó los ojos, recuperando su postura con un aire de sospecha juguetona mientras se acomodaba la mochila.

​—Esto es demasiado bueno para ser verdad, Emelly. ¿Qué me vas a pedir a cambio? ¿Cuál es el precio de este milagro?

​Dudé un segundo. Quería que fuera una sorpresa total, pero Arie era persistente; si no le decía algo ahora, me analizaría con su lupa mental durante todo el día.

​—Quiero que me acompañes a un lugar. Como si fuera una cita —aclaré rápido antes de que se hiciera ideas falsas—. Pero ojo, solo como amigos que se ayudan. Una salida especial, nada más.

​Caminábamos distraídos cuando, de repente, choqué contra un muro sólido de carne y hueso. Era alguien mucho más alto que yo. No necesité ver su rostro para saber quién era; su tono de piel y su porte frío lo delataron al instante. Era él.

​—Fíjate por dónde caminas —soltó Gustavo. Su voz sonó como un cristal rompiéndose: seca, cortante y desprovista de cualquier calidez.

​—Creo que el que debería fijarse es otro —espetó Arie, dándome un paso al frente para protegerme.

​Gustavo se tensó. Sus ojos color miel, habitualmente cautivadores, hoy lucían irritados, casi febriles.

​—¿Unos niños de grados inferiores pretenden darme órdenes? —se mofó con una arrogancia gélida—. ¿Sabes perfectamente quién soy, no?

​—Sé quién eres, pero eso no te da derecho a tratarnos como basura.

​—Trato a quien quiero como se me da la gana. Si no te gusta, puedes irte a tu país. Supongo que allí te aguantarán. Si no, busca cualquier otro lugar que no sea el mío.

​—¿Te crees el dueño del mundo? ¿Qué demonios te pasa...? —Arie estaba a punto de perder los estribos.

​—¡Arie, basta! —lo interrumpí, apretando su brazo con fuerza. El ambiente estaba tan cargado de hostilidad que sentía que el aire pesaba.

​La mirada de Gustavo descendió hacia mis manos, que aún sujetaban el brazo de mi amigo. Un destello de algo indescifrable cruzó sus ojos antes de volver a su máscara de desprecio.

​—Ya veo por qué has faltado a las clases de actuación, Emelly. Estás demasiado ocupada con "distracciones" como para preocuparte por las notas que realmente importan para tu futuro.

​Arie me miró confundido. Nadie sabía que había dejado de asistir por pura desidia; con mi madre fuera, no había nadie que me arrastrara al auditorio. Iba a defenderme, pero cuando busqué sus ojos de nuevo, Gustavo ya se alejaba, envuelto en una furia silenciosa. No entendía su reacción. ¿Celos? Imposible. Parecía más bien alguien que intentaba escapar de un incendio interno y me veía a mí como un obstáculo en su salida de emergencia.




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