La casa se sintió como un frío cementerio al entrar. Mi madre no estaba hoy, y justo ahora tenía muchas ganas de hablar con ella.
Arie y Sofía me acompañaron hasta casa, pero Nour no los dejó seguir y los dejó cerca de un estacionamiento de autobuses. Al parecer, no quería que nadie pudiera aprenderse el camino a casa, y para mí aquello era todavía más confuso; era como entrar en un laberinto sin fin. Mi habitación se sentía profunda, honda. Era como si esas estrellas allá arriba me comieran viva.
—¿De verdad? ¿Por qué me siento tan separada de mi cuerpo? —me pregunté.
Tomé una computadora que siempre permanecía cerca de mi mesita de noche. Nunca la había usado. Al abrirla, la luz reflectante del portátil se asomó con fuerza. Había unos datos; al parecer, alguien la había dejado encendida en ese modo a propósito. De pronto, sonó una llamada en mi celular, así que me estiré para tomarlo.
—¿Quién? —pregunté desde el móvil.
—¿Llegaste bien? —La voz cálida de Arie sopló por el móvil—. Te noté rara hoy, pero como Sofía estaba cerca no quería preguntarte. ¿A dónde fuiste hace rato?
—Arie, ¿es normal?
—¿Normal qué? ¿Todo bien? —volvió a preguntar él.
—¿Alguna vez has sentido que tu cuerpo está separado de tu mente? ¿Que tu mente es la única que está tocando el ambiente porque sientes que vuelas? —Pausé, pues no encontraba las palabras para describirlo—. Que te sientes como un fantasma... yo sé que no lo soy.
—Pero yo sí —dijo él de prisa.
—¿Qué? —Confusa, fruncí el ceño—. ¿De qué hablas?
—Nada, olvídalo. Es confuso lo que dices, aunque muchas veces siento que me pasa lo mismo.
—¿Verdad que sí? —exclamé rápido—. Es como si no estuvieras vivo, pero sabes que lo estás por... no lo sé, ¿olores? Quizás. ¿Notaste el cambio de color de la lámina de lágrima del caballero del escudo del instituto?
—No es la primera vez —añadió él.
—¿No? —Me detuve, pensativa—. ¿Cuántas veces más?
—De hecho, la primera vez que vine era verde. Luego marrón y, de hecho, pensé: "¡Oh, de seguro lo cambiaron, lo pintaron!". Pero me quedé en un breve silencio... nadie pinta el instituto en horario escolar, solo lo hacen en vacaciones. De hecho, siento que este lugar es terrorífico, por eso mencioné que quiero volver; bueno, tenía pensado regresar a España.
—No… —mi voz comenzaba a quebrarse—. Tengo miedo de quedarme sola y no saber qué hacer.
—Mi hermana también desea quedarse. Ha dicho varias veces que este lugar es lo que siempre soñó, estar aquí conmigo —su voz se oía un poco distante y pensativa—, y así no pensar en nuestros padres.
—¿Sus padres? ¿No quiere volver a España por sus padres?
El silencio inundó la llamada. No era incómodo, pero tampoco era suave; era demasiado denso.
—Mis padres murieron en un accidente cuando nosotros teníamos siete años —dijo casi en un llanto—. Por eso ella no quiere volver. Pero yo sí quiero volver a mi hogar, Emery.
—Oh… lo siento.
Su respiración se escuchaba más acelerada.
—No debería haber dicho esto en una llamada, pero es que…
Desvié mi atención de lo que me decía Arie debido a una luz parpadeante y un pitido, como el de un hospital, en mi oído. La luz yacía del computador. Era yo. Emery Fortyin. Recordé la equivocación del gafete. Muchas de las empleadas me habían dicho varias veces "Emelly". No recordaba que ese nombre se oía tan lejano y, a la vez, tan similar a lo que sentía con mi nombre que estaba en mi gafete del uniforme.
—Espera —le dije a Arie, quien aún seguía hablando—. Espérame, lo siento.
En el otro lado de la llamada, se escuchó que Sofía abrió la puerta de Arie con un azote brutal. Hubo gritos, porque al parecer a alguien se le había perdido algo. Arie colgó con una despedida sutil.
En el portátil también marcaba otro nombre que no lograba leer bien por un rayón que se había colocado en la pantalla. Era negra con colores. Pero cuando se desvaneció, podía leer claramente que marcaba un nombre distinto al mío, pero tan igual a su vez: Emelly Karshian. Había escuchado ese apellido en alguna boca, pero no recordaba de quién o por qué había sido mencionado. Traté de recordar, pero las palabras se iban y los labios se desvanecían.
Recordé algo importante, algo que no recordaba mucho. Cuando fui al primer día de clases, era invierno. ¿Invierno? ¿O me habré equivocado de estación, de lugar? ¿Cómo habría sido eso? Casi estaba por recordar cuando alguien tocó a mi puerta.
—Hija, ¿estás dentro? ¿Podemos hablar? —Era mi madre.
Mi corazón palpitó tan fuerte que cerré el portátil de golpe. Lo guardé entre las sábanas.
—Pasa, madre —dije con voz temblorosa.
La puerta abrió lentamente, como si de una película de terror se tratara; o quizá es que tenía tanto miedo, pero ni yo misma sabía por qué me temblaban las piernas y me sudaban las manos.
—¿Ocurre algo? —se dirigió ella hacia mí después de notar que yo tocaba algo contra las sábanas, tratando de ocultarlo. Ella se da cuenta de los detalles tan rápido.
—¿Llegaste? —Hice la pregunta tontamente—. Bueno, sí, te veo aquí, pero me refiero… bueno, ¡estás aquí! Hola.
—¿Por qué estás tan nerviosa? —preguntó ella con una ceja enmarcada.
—¿Yo? Para nada, madre, solo que me sorprendiste…
—¿Qué estabas haciendo, Emelly? —me interrumpió ella con ademán y tono serio—. ¿Estabas viendo cosas para adultos?
Se acercó a mí y levantó las sábanas donde yo tenía mis manos apoyadas en la cama. Y ahí estaba el portátil.
—No es eso, madre, pero… pero yo… —La miré aterrorizada; era ahora o nunca—. Madre, ¿quién soy?
Ella me miró fijamente después de apartar la vista del portátil sobre la cama.
—¿Quién eres? ¿De qué hablas, Emelly?
—No, no. Yo soy Emery, ¿no? No soy Emelly. Tu otra hija es quien se llama así —pausé para tomar aire; estaba hablando tan deprisa que no sabía cómo seguir—. Dime, ¿quién soy?