And Beauty the four (primer amor)

Dieciocho

Era ella.

​Pero en su mirada el brillo se había extinguido. Era mi momento, la oportunidad perfecta para lograr que confiara plenamente en mí. El plan había sido impecable hasta el último detalle.

​—Me dijiste que no harías ningún daño con el programa que te presté —exclamó Carolina, interponiéndose en mi camino y bloqueando mi vista de Emelly—. ¿Qué fue eso, Gustavo? ¿Acaso pretendes matarla del susto?

​—No es para tanto —respondí con una gélida indiferencia, intentando localizar a Emelly con la mirada, pero ella ya se había desvanecido entre la multitud como un espectro.

​—¿Que no es para tanto? —Me miró con una intensidad que rozaba lo criminal—. Si ella de verdad es una Karshian, ¿tienes idea de lo que nos hará su madre si se entera? Escúchame bien...

​—¡Shh! No es para tanto —la interrumpí con brusquedad, silenciando su pánico—. Ella vendrá a mí.

​"Lo hará", reafirmé en mis pensamientos con la seguridad de quien mueve una pieza ganadora en el tablero.

​—¿Y si nos equivocamos de persona? No, esto está mal... le diré a Natasha. Es más, le diré a Emery lo que está pasando —balbuceó Carolina, presa de un pánico incontenible.

​—Si te escuchan, te meterás en serios problemas —le advertí en un susurro cargado de amenaza. Le di un toque firme en la frente para silenciarla, un gesto casi despectivo, y seguí caminando sin mirar atrás.

​—Me prometiste que no le harías nada malo —insistió ella, siguiéndome como una sombra molesta.

​—Y no lo hice —corté tajante—. Solo la asusté un poco con un par de nombres y ya. Eso es todo.

​—¿Te parece poco aterrorizar a alguien? —continuaba ella, pero sus palabras ya no llegaban a mi conciencia. Mi concentración estaba fija en el siguiente paso. Al llegar a mi salón, le cerré la puerta en las narices, dejando sus quejas estériles del otro lado de la madera.

​El aire en el aula estaba impregnado de un olor rancio a tinta y polvo de tiza. Natasha, sentada cerca de las ventanas del lado derecho, clavó sus ojos en los míos. Su mirada era profunda, sumergida en esa tristeza crónica que la acompañaba desde hacía tiempo, como una niebla que no lograba disiparse. Al llegar a su lado, le sonreí con una amabilidad estudiada y posé una mano en su hombro. Ella, sin embargo, volvió la vista hacia el patio de la cancha, donde supuse que estaría su novio entrenando para las competencias nacionales.

​—¿No le va bien? —pregunté, rompiendo el silencio.

​—Creo que no... —Su voz sonó quebrada, al borde mismo del llanto—. No voy a poder asistir a las clases finales de actuación.

​El silencio que se instaló entre nosotros pesaba como un sueño inalcanzable, una carga física. Acomodé un mechón de su cabello que, bajo los rayos del sol, brillaba con matices de miel. Estaba tan lacio ahora... Recuerdo que, antes, ella tenía la cabellera más hermosa que cualquier mujer pudiera desear; ahora solo quedaba este rastro de lo que fue. Pero para mí, lo más importante era que, al menos, seguía siendo ella.

​—Tus padres han decidido que no es el momento, supongo —comenté con cautela.

​—Para ellos nunca es el momento —las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, densas y amargas. Sabía que aquel rechazo evocaba recuerdos que ella detestaba con toda su alma.

​La rodeé con mis brazos y la estreché contra mi pecho. No me importaba quién estuviera mirando, ni quién quisiera juzgar aquel despliegue de afecto; lo único que me importaba era que ella estuviera bien, bajo mi protección.

​—Tranquila —susurré mientras acariciaba su cabeza con la misma delicadeza que se le dedica a una criatura herida—. Algún día podrás hacerlo.

​—No quiero irme a Nueva York, no quiero ser actriz. Lo detesto todo, ¡lo detesto! —exclamó. Su tono era alto, casi un grito de guerra y agonía, pero a la vez poseía una fragilidad tan extrema que nadie nos habría escuchado a menos que prestara una atención obsesiva—. Quiero ir a Everent...

​Everent. Era la primera vez que mencionaba ese lugar con tal anhelo.

​—¿Quieres ir allí? —le pregunté, tomando su rostro entre mis manos para obligarla a reconocer mi determinación—. Haré todo lo posible para que podamos ir. Tú tranquila.

​Ella me miró fijamente, con los ojos cristalizados por el llanto, buscando una certeza que yo estaba dispuesto a inventar si era necesario.

​—Pero... no soy lo suficientemente inteligente como tú.

​—Lo eres —la interrumpí, apartando otro mechón rebelde de su cara—. Entrarás. Lo juro.

​Sus manos entrelazaron sus dedos para rodearme en un abrazo cargado de nostalgia pura. Las clases de actuación terminarían antes de diciembre, probablemente en la última semana de noviembre. Ella no quería marcharse porque, al hacerlo, dejaría atrás sus sueños y deseos más íntimos para cumplir las frías metas propuestas por su madre. Nueva York le daría oportunidades, papeles en películas y series de alta categoría, pero aquello no era lo que a ella le apasionaba.

​Lo sabía; la conocía como la palma de mi mano. ¿Cómo podría no conocer a la chica que compartió conmigo tantos momentos vitales? ¿Cómo no valorar a tan exquisita joya? Era el diamante con valor de oro que uno ansía encontrar. Una hermosa piedra preciosa, aunque ella no fuera un objeto. Era solo ella. La persona que más quería, mi mejor amiga. La persona que siempre entenderé, y la entenderé hasta el final.

​—Escaparemos a Everent —terminé por decir para romper el cálido silencio que nos envolvía.

​Ella posó sus ojos castaños en los míos. Representaba la perfección en cuanto a belleza se trataba. De hecho, muchas veces he tenido que fingir no tener miedo, solo por ella. "Solo es mi amiga. Recuérdelo, Gustavo, recuérdelo", me repetí mentalmente.

​—Se trata del examen, no de si voy o no —deslizó suavemente sus dedos por mi columna hasta soltarme por completo del abrazo. Al perder su contacto, me sentí hueco, vacío; o bueno, yo me sentía de esa forma. Volvió su mirada hacia el frente y continuó—: ¿Cómo le harás en la prueba virtual?




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