And Beauty the four (primer amor)

Diecinueve

Permanecía aún sonrojada, con la espalda pegada a la pared del pasillo justo en el ángulo donde el corredor doblaba hacia la derecha. Tenía una mano presionada contra el pecho, tratando de contener los latidos de un corazón que seguía acelerando sin tregua. Miré hacia el techo, perdiéndome en la blancura de las luces fluorescentes, mientras me preguntaba, con una mezcla de miedo y esperanza, si lo que acababa de vivir esta vez había sido real o solo otro fragmento de mi imaginación desbocada.

​Apoyé la palma de mi mano en la superficie gélida de los casilleros metálicos, dejando que el frío me devolviera a la realidad. Suspiré con lentitud, sintiendo cómo el aire quemaba mis pulmones. En un impulso repentino, estuve a punto de regresar; quería pedirle que me guiara hacia aquellos documentos, pero en el fondo sabía que solo era una excusa para seguir estando cerca de él. Giré la mirada hacia el tramo del pasillo donde habíamos estado segundos antes, pero solo alcancé a ver su sombra desvaneciéndose en una distancia que me pareció infinita.

​Cuando devolví mi mirada al frente, lo hice con una rapidez fugaz que me jugó en contra. Choqué contra alguien de manera abrupta; el golpe fue seco, brusco y totalmente obstructor. Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar o levantar la vista, un aroma me invadió los sentidos: una fragancia penetrante a uvas, dulce y densa, que parecía flotar alrededor de la persona frente a mí. Era una chica de cabello castaño claro que me observaba con una expresión de seria preocupación. Su uniforme estaba impecable, sin una sola arruga, pero su rostro no lucía de la misma forma; había algo fracturado en su mirada.

​—Carolina, ¿cierto? —pregunté, abriendo los ojos de par en par en busca de alguna confirmación. Ella no respondió de inmediato; se limitó a esbozar una sonrisa gélida que no llegaba a sus ojos color avellana.

​—¿Quieres que vayamos a comer juntas más tarde? —Su voz tenía una calidez extraña que parecía filtrarse bajo mi piel. Mientras hablaba, alzó una mano hacia su cabello, acomodándolo hacia atrás con un gesto mecánico, casi como si usara sus dedos de peine—. Emelly Karshian, ¿cierto?

​Ese apellido... el mismo que había visto en la pantalla del portátil, pronunciado ahora por labios ajenos, sonaba como algo prohibido. Se oía completamente ajeno a la persona que yo me había acostumbrado a ser en el mundo cotidiano que me presentaban todos los días en Harmour.

​—No —exclamé con una frialdad que ocultaba mi confusión interna. Era difícil saber si de verdad podía llamarme así; sabía que Emelly era mi nombre, pero Karshian no se sentía mío en absoluto—. Quizá ella sea mi hermana.

​Hice una pausa deliberada, buscando una reacción en su mirada, la cual se tornó sorprendida y angustiada. Carolina comenzó a caminar de un lado a otro frente a mí, como si el pasillo se hubiera vuelto demasiado estrecho para ella.

​—¿No eres una Karshian? —preguntó, elevando el tono de su voz con una urgencia que me asustó.

​—La verdad es que no lo sé —resoplé, pasando una mano por mi frente y negando con la cabeza—. Probablemente sí, probablemente no. Ni yo misma tengo la respuesta, pero Gustavo...

​Al pronunciar ese nombre, ella se detuvo en seco, quedando petrificada en su lugar. Su caminata nerviosa cesó de golpe.

​—Él me dijo que yo soy Emelly y Emery a la vez, pero alguien más me aseguró que tengo una hermana —mis palabras salían atropelladas, como si el aire del corredor se hubiera vuelto denso y difícil de respirar—. Ahora no sé qué es verdad y qué es una mentira diseñada para confundirme.

​Ella reaccionó tomándome de la mano con una brusquedad que me sobresaltó, colocando una de sus palmas por debajo y la otra encima de la mía, atrapándome.

​—Solo tú sabes qué es verdad —dijo, presionando mis dedos con una fuerza que me recordó vívidamente a la intensidad de Gustavo—. Por favor, Emelly... no confíes plenamente en él.

​—¿En quién? —Sentí cómo sus uñas comenzaban a clavarse en la carne blanda de mi palma—. Duele... ¡me duele! ¡Suéltame!

​La empujé con un arranque de fuerza y ella cayó al suelo con un ruido sordo. Se incorporó con una rapidez asombrosa, me lanzó una última mirada cargada de significados que no pude descifrar y salió corriendo por el pasillo. Me quedé allí, temblando. ¿No se suponía que eran amigos íntimos? Tal vez en estos círculos de élite, la amistad no era más que una máscara para la rivalidad más profunda.

​Caminé con paso firme, tratando de ignorar el temblor de mis manos, hasta que llegué a la cafetería económica. El ambiente aquí era mucho más rústico y ruidoso, saturado con el olor a hamburguesas y platillos menos pretenciosos que los de la zona Special. Divisé a Sofía y a Arie entrando; los seguí, pero al empujar las puertas dobles, choqué repentinamente contra lo que pareció un muro tieso y fuerte. El impacto provocó que un café caliente se derramara por toda mi ropa.

​"Al menos en el negro no se va a notar", pensé con ironía mientras sacudía mis manos para limpiar las gotas. Sin embargo, en medio del desastre, un aroma familiar me golpeó con la fuerza de un recuerdo olvidado.

​Algodón. Limpio, reconfortante y extrañamente cálido.

​—Lo siento mucho, tengo prisa, pero toma esto —dijo una voz mientras se acercaba a mí. Era un tono melodioso pero cargado de una energía electrizante, una mezcla entre lo juguetón y lo superficial, con ese matiz varonil de un adolescente que está dejando de ser un niño. Me ofreció un pequeño pañuelo de tela fina, bordado con una "E" en hilo azul en un costado.

​Sentí el aire abandonar mis pulmones cuando él se fue, desapareciendo tan rápido como había llegado. Me sostuve de la puerta, aturdida, sin que me diera tiempo siquiera de levantar la mirada para ver el rostro de aquel desconocido. Me limpié con el pañuelo y avancé hacia la línea de comida. Había mucha variedad, aunque la mayoría de los estudiantes parecían preferir la comida chatarra.




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