Las ranuras de la mansión de los Crawford eran tan deslumbrantes... como un castillo, entre lo barroco; pero fuera de las puertas, las ramas estaban unidas haciendo que solo se vieran las puntas de cada habitación, con ventanales grandes que se iluminaban con el sol.
Al entrar, después de abrir las puertas enormes, logré ver la estructura firme y arquitectónica, de un color crema. Las luces estaban encendidas; el atardecer estaba llegando y, con eso, en las ventanas se lograban ver figuras andando dentro de la casa.
—Son las empleadas que mantienen limpio el lugar —pareciera que él habría leído mi mente; tranquilamente su voz se suavizó hacia mí.
Miré, pero no parecían empleados; los empleados no se abrazarían de esa forma ni mucho menos se darían un beso tan libremente. Sus sombras permanecían ahí en mi mente, quedando grabadas; inclusive sin yo ver sus rostros, solo el entorno oscuro de su figura.
¿Por qué pareciera que mostraban tanta calidez, si aún no entraba y sentía un ambiente tan suave? Él se notaba nervioso. Aunque no veía hacia el mismo lugar que yo, tomó valor para salir; lo seguí. No había visto lo mismo que yo, pero yo sentía que había visto algo que no era lo que él podría esperar.
Carolina y Natasha salieron de un auto que venía justo detrás de nosotros desde hace un rato. Pero él no había prestado atención, porque se veía tan desconcertado, aunque trataba de ocultármelo. Pero ¿por qué para mí era tan buen actor? Tantos años entrenando y yo una principiante; he notado cuando se ve tan vulnerable, pero ¿por qué? Me siento tan triste y solemne por él.
—Gus, habíamos venido un poco antes que tú, pero salimos porque hay alguien más ahí —Carolina no se veía aterrada como en la mañana; era diferente. Sonreía e incluso me saludó con una mano arriba. Natasha no me miraba mal como cuando se llevó a Sthefany. De hecho, igual me sonreía.
Gustavo... Gustavo estaba serio ahora. Sostenía una parte inferior de su uniforme impecable con tanta fuerza que los nudillos de la mano se le marcaron rojos. Recibí una llamada. Era Sthefany, era verdad. Ella también me había invitado a cenar igual que Carolina lo hizo; ahora lo recuerdo, era ella quien me había hecho sentir el déjà vu. Ella me había ofrecido la cena primero.
Gustavo tomó mi mano, que estaba al borde de sudar por los nervios que yo comenzaba a sentir, pero su mano cálida me reconfortó. Los cuatro entramos abriendo la puerta de roble con fuerza. Nos recibieron unas empleadas con una sonrisa de bienvenida. Gustavo me soltó cuando volteó a mirar a la cocina, donde justo había visto los reflejos de aquellas personas hace un rato. Su expresión pareció cambiar a una molesta, conteniendo furia. Los miró a ellos y a unas escaleras a diez pasos; él subió tan rápido. Natasha lo siguió con la rapidez de un correcaminos.
A quienes había visto eran dos personas adultas, de unos 35 a 40 años; se veían jóvenes, pero con la edad de la madurez. Yo los saludé —o bueno, lo intenté—, porque Carolina bajó mi mano enseguida.
—Es el padre de Gustavo —me susurró cerca del oído; la miré y ella hizo lo mismo—. Si te llevas bien con ellos, él no te volverá a hablar.
Ella ahora estaba seria y subió las mismas escaleras con los demás. Me hizo una señal para que la siguiera, pero negué con la cabeza fingiendo que quería pasar al baño. Ella, con una mano, señaló que había más arriba, pero luego volteó los ojos al darse cuenta de que no le haría caso. Ya estaba cansada de hacer caso a los ajenos, esta vez…
Espera. Los documentos.
Estaba por dar la vuelta para seguir a los demás cuando una voz melodiosa y femenina, proveniente de la cocina, me habló. Era una mujer con cabello ondulado y castaño, tan bien cuidado que, con los reflejos de las farolas, lo hacía lucir como seda. Yo también deseo ese tipo de cabellera.
—Ellos no bajarán a comer, pero puedes quedarte aquí si tienes hambre —indicó con su mano para que me sentara en la repisa donde estaba.
El señor que estaba cerca de ella se parecía tanto a Gustavo, pero la mujer no. Él tenía ese tono miel en el cabello como el de Gustavo, pero en sus ojos se veía un castaño profundo que logré notar cuando me estaba acercando más a ellos. Los saludé un poco tímida por la situación. No lo entendía; aquella calidez no era para nada lo que me podría imaginar que pasaría en este lugar. El señor me estaba escaneando. No me juzgaba, me investigaba.
—Soy Emery —alcé la mano y lo saludé con respeto.
—¿Eres amiga de mi hijo? —alzó una ceja, pero la señora lo golpeó con un ramo de apio.
Me reí un poco, pero luego me erguí cuando sentí su mirada punzante hacia mí. La señora sonrió de igual forma, una pequeña risa. Tal vez no era una buena pregunta para hacer a una nueva invitada. Tomé el asiento que me había dado. Luego escuché los pasos de alguien más acercarse. Pensé que serían alguno de ellos, pero no eran las escaleras las que sonaban, sino pasos detrás de mí.
Sentí el toque en mi hombro; era una mano con dedos delgados pero finos. Con olor a vainilla y granos de café; también un olor intenso a Cheetos. Cuando miré para ver quién era, me sorprendí casi cayendo del asiento, que luego sostuvo con cuidado él.
—¡Mami, por eso te dije que compraras las sillas de Walter, son buenísimas! —ese tono bromista, con la misma energía de alegría de la señora hace un rato—. ¡Hola!
El cabello tan idéntico al de su madre, con mirada casi similar a las de venado como los míos. Negué con la cabeza para ver si lo que veía era lo que de verdad veía; incluso me pellizqué, pero era real. Ojos castaños como los de su madre que relucían ante los faroles. Era idéntico a la señora que decía ser su mami. Un "copia y pega".
Debería ser él. El hermano de Gustavo, pero no se parecía para nada a él; podría hasta decir que uno de los dos no es hijo de sangre. Pero el señor tenía esas facciones idénticas a las de su hijo de Harmour, no se podían negar. Entonces esta señora es la madre de este joven, y la madre de Gustavo no está aquí presente. El señor, al parecer, en esta rama solo puso al ser humano pero no los rasgos, porque los olvidó en el camino por ya tener a otro hijo; supongo que es el hermano y quien le arruinó la vida a mi Gustavo.