La semana se arrastraba con una pesadez insoportable, un letargo denso que parecía adherirse a las paredes del instituto como una segunda piel. Durante las clases de actuación, sentía cómo la incomodidad quemaba bajo mi epidermis, un rastro ácido que se intensificaba ante la presencia de Gustavo.
Él se había sumergido en un mutismo absoluto; Carolina había tenido una precisión al advertirme que, si osaba dirigirle la palabra a los "personajes" que habitaban en las profundidades de la mansión Crawford, él me condenaría al vacío más negro. Aunque el deseo de exigirle los documentos seguía latiendo en mis sienes, comprendí que lo más prudente era levantar un muro de distancia, un silencio pactado para sobrevivir al asedio de sus miradas gélidas.
El domingo llegó con su ritual monótono, envuelto en esa parsimonia gris que precede a la rutina. La señora blanca y la señora negra acomodaban mi cabello con la misma lentitud de siempre, aunque la calidez de sus manos no lograba traspasar mi entumecimiento emocional. Los días de semana habían sido despojados de su presencia; mi madre, en un arranque de control absoluto, había alterado los horarios, fragmentando la poca calidez que me quedaba.
Agradecí, en medio de mi apatía, que ella ni siquiera se hubiera enterado de mi incursión clandestina en casa de los Crawford. De hecho, era difícil que se enterara de algo: hacía dos semanas que su figura no proyectaba sombra alguna en los pasillos de nuestra casa. Estaba sola.
Y en esa soledad, Nour era una ausencia que dolía como una herida abierta. Me arrepentía amargamente de haber sido tan arrogante con él, de haberle escupido palabras afiladas como hice con la ama de llaves. Siempre el mismo patrón autodestructivo. ¿Por qué me empeñaba en tratar mal a quienes no tenían la culpa de mi naufragio personal? Nour era distinto. Él siempre sabía cuándo hablar en los trayectos hacia Harmour y cuándo tender ese silencio cálido, un refugio que no resultaba incómodo. En cambio, este chofer nuevo... no era más que un autómata. No hablaba, no miraba, no existía más allá de su función mecánica. No tenía el rastro humano de Robert ni la lealtad silenciosa de Nour; era simplemente un engranaje más en la maquinaria de "robots" que mi madre empleaba.
La paranoia de mi madre parecía no tener límites: había despedido a todo el personal. Las empleadas de la cocina ya eran rostros extraños de gestos gélidos, y la ama de llaves ahora era una mujer joven de mirada severa y eficiencia quirúrgica. Incluso la señora blanca y la señora negra, mientras trenzaban mi cabello, me susurraron con pesar que esta sería nuestra última sesión. Vendrían otras, idénticas pero distintas, a ocupar su lugar en este ciclo infinito de reemplazos.
Cuando salieron de la habitación, despidiéndose con una reverencia que me hizo sentir aún más ajena, me quedé sola en la penumbra. La estatua del ángel me observaba desde su rincón, acechando, como si quisiera arrebatarme la última gota de sangre que aún corría tibia por mis venas. Extrañaba la calidez prohibida de los Crawford; el carisma de la madre y la risa despreocupada de aquel a quien llamaban "hijo bastardo". A Gebriel no lo había visto en los pasillos de Harmour; supuse que su luz no encajaba en nuestro instituto gélido, que quizás habitaba un mundo menos pretencioso que el nuestro.
El lunes emergió con una rapidez que me desprendió de mí misma. Al ducharme, el agua no logró quitarme la sensación de ser una extraña habitando un cuerpo ajeno. Me puse una falda larga de color crema, una playera oscura y me envolví en una gabardina negra, como si la ropa fuera una armadura de obsidiana. Cualquier imperfección, una mínima arruga o un hilo suelto, me resultaba irritante; sentía que mis vellos se erizaban ante el menor desorden textil, una manifestación física de mi caos interno. Bajé las escaleras de mármol con el alma desinflada.
Arie y Sofía habían intentado inyectarme algo de vida, pero el desánimo era un veneno lento. Gustavo ya no me prestaba atención, y ese vacío me hacía sentir que yo misma estaba desapareciendo. El sonido de mis zapatos contra el mármol, rítmico y solitario, era lo único que llenaba el silencio sepulcral de la casa. Agaché la mirada, balanceando mi bolso con desgano, convencida de que el día sería otra página gris en mi historial de olvidos.
— ¿Mala semana?
Esa voz... esa inflexión divertida y familiar golpeó mis sentidos como un rayo de luz en una cripta. Alcé la mirada de golpe y mis ojos se abrieron de par en par, mientras el aire se escapaba de mis pulmones. Solté el bolso, que cayó al suelo con un golpe sordo, y bajé las escaleras de tres en tres, desafiando el equilibrio de mis rodillas y la integridad de mis tobillos. No me detuve hasta abalanzarme contra él. Me fundí en el abrazo de Nour. Era un refugio profundo y cálido, pero al rozar su piel, un escalofrío me recorrió: estaba gélido. Mis ojos se inundaron de lágrimas que no pude contener.
— Pensé que no te volvería a ver —sollozé, mis palabras rompiéndose contra su hombro—. ¿Por qué me dejaste sola?
Él soltó una risita suave y me devolvió el abrazo con una fuerza protectora, envolviéndome en su aroma conocido. Acarició mi cabello con un gesto tan sutil y lleno de aprecio que me dolió. No era un simple afecto; era el gesto de alguien que valora cada segundo de una existencia que sabe frágil.
— No sabía que me extrañaba tanto, señorita —murmuró con voz aterciopelada.
— Lo hice. ¿Dónde estuviste? —exigí, apartándome un poco para buscar sus ojos. Él vaciló, una sombra cruzando su rostro. Noté que su mano derecha buscaba instintivamente la parte baja de su espalda, pero la retiró en cuanto vio que yo lo observaba.
— Escuché que estuviste en el hospital —añadí con miedo.
— No, bueno... sí. Pero solo fue un resfriado fuerte —respondió, pero su mirada lo traicionaba. Tenía una capa de maquillaje, una base espesa que trataba inútilmente de ocultar las ojeras profundas que le devoraban la cuenca de los ojos—. La tos se fue y me han pedido regresar. Ya estoy bien.