El hijo bastardo de mi padre. No, mi hermano, aquel ser a quien tanto anhelo proteger de las garras de este mundo tan vil y calculador. Siempre me ha provocado una punzada de odio que el resto del mundo lo perciba como una víctima, como alguien frágil o deficiente; incluso maldigo cada uno de los días en los que las lenguas ociosas se atreven a compararlo conmigo. Pero la ironía es cruel: ellos no tienen la menor idea de cuánto deseo, en el fondo de mi alma rota, ser él. Ser el "débil". Ser el que no tiene que cargar con el peso de las máscaras.
El amor que su madre le profesa se siente tan artificial, tan forzado y coreografiado, que me congela la garganta de solo presenciarlo. Justo ahora, rodeado del ruido blanco de esta cafetería, se experimenta una extraña distorsión; parece que el mundo ha vuelto a ser el de antes, una réplica exacta de la normalidad. Sin embargo, un vacío abismal se expande en mi pecho. Por más que él haya vuelto físicamente, sé que no es la misma persona que solía habitar ese cuerpo. Conserva el carisma, ese magnetismo natural, pero la preocupación que nubla sus ojos es un fuego que no logra sofocar y que lo delata ante mi mirada inquisidora. Hacía una eternidad que no veía a alguien mirarme de esa forma, con esa mezcla de sospecha y miedo, exceptuando, por supuesto, a Natasha.
Con Emelly, la dinámica siempre fue diferente. Con ella, el engaño era una herramienta de trabajo; tenía que fingir constantemente que me importaba, construyendo un muro de interés falso. Pero con ellos... con mi verdadera familia, es una tortura disimular que son mi prioridad eterna, el único norte en mi brújula de desastres.
—¿Fue tu madre otra vez, no? —preguntó Natasha de pronto.
Su dedo señaló con precisión acusadora mi nuca. Por un breve e ilusorio instante, el dolor se había transformado en un zumbido sordo que logré disimular, pero la realidad era persistente: aún sentía una pequeña y cálida cascada de sangre deslizándose lentamente por mi columna, empapando la tela de mi camisa por dentro, oculta al mundo. Ella se veía genuinamente molesta, con el ceño fruncido en una expresión de reproche y angustia.
—Te lo he repetido hasta el cansancio, Gustavo: tienes que marcharte de esa casa. Vuelve con los Crawford. Ellos te aprecian, ellos no te lastiman.
—Lo sabes perfectamente, Natasha —respondí, moviendo su dedo con suavidad para apartarlo de mi herida, pero apretando su mano entre las mías con una desesperación silenciosa—. Lo hago porque es lo mínimo que puedo hacer por mi familia. Es el precio de su seguridad.
Ella se dejó caer en la silla, azotando su plato contra la mesa con un estruendo que atrajo miradas fugaces. Me miró fijamente, con una intensidad que buscaba desollar mis mentiras. Luego, estiró la mano y tocó mi brazo, acariciándome con una ternura que me resultó profundamente incómoda. No era que rechazara su afecto, sino que me aterraba la idea de que éramos demasiado iguales, dos reflejos de una misma tragedia.
Tomé su mano y la resguardé entre las mías. Sus mechones de cabello caían sobre una pequeña parte de su rostro, una cortina de seda que la hacía lucir, en ese instante de vulnerabilidad, mucho más hermosa de lo que la lógica permitía.
—Lo hago por mí —mentí descaradamente, sosteniéndole la mirada—. Ya me conoces. Me encanta ser el centro de atención, el mártir de la historia.
—Tienes que buscar ayuda profesional de inmediato —sentenció ella, arrebatando sus manos de las mías como si mi contacto quemara. Ignoró mi expresión y clavó la vista en su plato, un festín monótono de lechugas, cuatro tomates perfectos y una zanahoria cruda, sin cortar. Una dieta tan rígida como su miedo—. Por favor, Gustavo... hazlo.
¿Ayuda profesional? La idea me provocó una risa amarga que no llegó a mis labios. ¿Por qué necesitaría ayuda si soy el único arquitecto capaz de manejar los escombros de mi propia vida? Nadie podría entender el rompecabezas de mi psique. Nadie. Mi misión era clara: sobrevivir bajo el yugo de mi madre al menos hasta asegurar mi ingreso a Everent. Esa era mi única salida, el boleto para llevarme mi existencia lejos de su sombra tóxica. Si ella estaba ocupada destruyéndome a mí, no tendría tiempo para molestar a mi padre, y mucho menos para poner un dedo encima de mi hermano. Yo era el escudo, el pararrayos.
—No te pido que me comprendas —dije tragando saliva, sintiendo el nudo de sangre seca en mi nuca. Noté que su mano se acercaba de nuevo, con el miedo temblando en las yemas de sus dedos, buscando rozarme.
—Hazlo por nosotros… —susurró ella.
"¿Nosotros?" La palabra resonó en mi mente como una campana agrietada. ¿Qué éramos realmente? ¿Una sociedad de náufragos? ¿Simples amigos fingiendo normalidad?
—No —se corrigió ella al instante, detectando mi rigidez—. Quiero que lo hagas por ti. Que te detengas a ver qué es lo que realmente te beneficia. Sé que eres lo suficientemente inteligente como para discernir qué es lo mejor para tu futuro. Confío en ti, Gustavo. Sé que resolverás este caos pronto.
Cerré los ojos, haciendo un esfuerzo sobrehumano para ignorar el estrépito de la cafetería, los cubiertos chocando, las risas ajenas. Me concentré únicamente en su respiración. Estaba nerviosa, esperando una respuesta que yo no podía darle. Lo sabía porque su ritmo era errático, lento pero con un latido subyacente rápido y desesperado que vibraba en el aire entre nosotros.
—¡¿Otra vez estás con él?! —una voz estridente rompió mi trance.
Era una voz que no escuchaba desde que cometí el error de olvidar las flores que me había encargado del invernadero. El dueño de la voz caminaba hacia nosotros con la arrogancia de quien se cree dueño de algo que nunca comprendió.
—Eres mi novia, Natasha, y sin embargo siempre te encuentro revolcándote emocionalmente con este tipo.
El chico la tomó del brazo con brusquedad, intentando atraerla hacia su espacio. Me quedé inmóvil, observando la escena con una frialdad analítica, mientras ella forcejeaba molesta, su dignidad encendiéndose como una mecha.