And Beauty the four (primer amor)

Veintitrés

Cuando sentí la última caricia de las manos de la madre de Gebriel, una calidez extraña se instaló en mi pecho. Ella me sonreía con una firmeza que, sin embargo, estaba empañada por una tristeza absoluta, una de esas penas que no se pueden ocultar ni con la mejor de las voluntades. En ese momento, una certeza me golpeó: sabía perfectamente que este lugar no tenía por qué ser mío, que yo era una intrusa en su paz. Pero, si sentirse así de protegida fuera parte del contrato de becados de Harmour, nunca hubiese dudado ni por un segundo de que este era, realmente, mi hogar.

​—¿Mejor? —preguntó la mujer, buscándome los ojos con una dulzura que me desarmaba.

​Me tomó de la mano con suavidad y me guio hacia los asientos cerca de la cocina, notando de paso que los muebles habían sido cambiados recientemente.

​—Si estás mejor, te cocinaré algo para que puedas disfrutar y deshacerte de esa mala cara que traes ahora. La comida siempre ayuda a asentar el alma.

​—¿Quién es usted? —logré articular por fin.

​De repente, un pensamiento imprevisto me asaltó: recordé que le había dicho palabras poco agradables a Gustavo antes de salir. Sentí un vuelco en el estómago. Seguramente me odiaría después de esto, y la idea me dolía más de lo que estaba dispuesta a admitir.

​—¿Yo? Bueno… —Ella comenzó a lavarse las manos, dándome la espalda, mientras su voz llenaba el espacio con una calma casi irreal—. Soy la madre de Gebriel, pero supongo que eso ya lo sabes.

​Asentí en silencio, siguiéndola con la mirada mientras se movía con una gracia cotidiana hacia la estufa. Puso a calentar una olla que, por el peso de sus movimientos, supuse que ya tenía comida preparada. No pasaron muchos segundos antes de que el vapor comenzara a elevarse, y entonces el olor me golpeó de lleno: era una mezcla reconfortante de zanahorias, carne de pollo y ese aroma punzante y dulce de los clavos de olor. Fue como un abrazo olfativo.

​—También soy la segunda esposa del Sr. Crawford —continuó ella. Comenzó a servirme en un plato hondo y blanco, manejándolo con un movimiento ligeramente torpe para evitar quemarse. Colocó el plato frente a mí con un gesto protector—. Come, niña. Su primera esposa es la madre de Gustavo y de Aeiliana, mi pequeña hija mayor. Yo los amo como si hubieran nacido de mis propias entrañas, porque fui yo quien los crió.

​—¿Usted los crió? —pregunté, sorprendida, mientras tomaba el cubierto y probaba el primer sorbo del caldo. El calor me recorrió la garganta, dándome fuerzas.

​—Claro. Ellos vivieron conmigo durante trece años enteros. Aunque, antes de que todo cambiara, visitaban a su madre cada cuatro o siete meses; se quedaban con ella un mes entero porque no podían verla los sábados y domingos —suspiró profundamente, como si estuviera sopesando cuánta de esa historia debía compartir conmigo—. Pero no sé qué ocurrió realmente… de la nada, ella pidió un segundo juicio para obtener la custodia total de sus hijos.

​Al escuchar aquello, me mordí la lengua por accidente del impacto, pero logré disimular con una sonrisa forzada. Ella lo notó de inmediato y, con una eficiencia maternal, me ofreció un vaso de agua. Le hice una señal de que podía continuar, aunque por dentro me sentía avergonzada de estar hurgando en sus heridas. Su mirada se volvió pesada, con los párpados caídos, fija en algún punto invisible del suelo.

​—Pensé que había sido una buena madre para ellos, sin embargo… —tomó una servilleta y, con un gesto que me partió el corazón, se tapó los ojos—. En el segundo juicio, mi Gustavo declaró que quería irse con su madre porque odiaba a su padre… El juez simplemente aceptó su testimonio. Ese mismo juez murió poco tiempo después.

​Se secó las lágrimas que comenzaban a trazar surcos húmedos en sus mejillas. En ese instante, su rostro se convirtió en una profunda sinfonía de melodías melancólicas, apagando por completo lo que alguna vez fue una sonrisa radiante como el sol.

​—No sé por qué te cuento esto, lo siento —decía mientras terminaba de limpiarse el rastro del llanto—. Es difícil para mí. Solo espero que él sea amable contigo. ¿Quieres decirme qué ocurrió? ¿Por qué viniste a parar a mis brazos? Lo conozco bien y sé que él no te haría ningún daño real…

​Tomó asiento a mi lado, esperando una respuesta que yo misma no sabía cómo estructurar.

​—Creo que soy solo una persona becada de Harmour —dije con la voz pequeña—. Creo que ni siquiera tengo derecho de estar aquí, sentada a su lado, ocupando su tiempo.

​—¿Por qué crees eso, cariño? —Negó con la cabeza con vehemencia mientras se soltaba el cabello del moño que traía—. Sigues siendo un ser humano igual que yo. ¿Cuál es la diferencia en eso? El valor no lo da una beca.

​—Es que… muy probablemente no tenga valor alguno, o al menos no el valor que yo imaginé que tenía.

​—Lo tienes —me corrigió con una firmeza que no admitía réplicas—. Todos tenemos valor porque sobrevivimos al mismo mundo hostil. Después de esta vida, quizá nos clasifiquen de forma diferente, pero aquí y ahora, eso no cambia nada.

​Terminé la comida en un silencio sepulcral, procesando sus palabras. Me levanté con la intención de llevar mis trastes al fregadero, pero ella me detuvo con un gesto suave pero imperativo.

​—Yo lo hago. Tienes que volver a casa, aunque… si no te sientes cómoda volviendo allí, puedes quedarte aquí conmigo —me sugirió. Tomó el plato con una mano y con la otra me rodeó en un abrazo cálido, de esos que te hacen sentir que nada malo puede pasarte—. Puedes venir aquí las veces que quieras. Si necesitas hablar, estaré aquí para ti. Y si el problema es mi hijo, también. Si él te hace daño o algo malo, puedes venir a mí.

​Me acurruqué en su cuello, cerrando los ojos y aspirando la fragancia a lavanda que emanaba de su piel. La rodeé con mis brazos y le susurré un "gracias" que sonó agudo y roto. Estaba a punto de echarme a llorar otra vez, pero contuve el impulso mordiéndome la lengua con fuerza, sosteniéndome en el borde del cielo para no caer de nuevo al abismo.




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