And Beauty the four (primer amor)

Veinticuatro

Emelly caminaba con una ligereza nueva, casi revoloteando. Sus pies parecían no tocar el suelo del instituto Harmour, impulsados por una satisfacción vibrante: por alguna extraña razón, se sentía libre. Saludaba a todos a su paso, maravillada por la claridad del momento, hasta que la realidad la interceptó en los pasillos. Carolina la detuvo cerca de los casilleros. A pocos metros, Luke —aquel chico del primer día— la observaba. Él se limitó a sonreír y agitar las manos en un gesto de despedida, pero en el fondo de sus ojos brillaba una malicia que Emelly decidió ignorar.

​Carolina la puso en la mira, recorriéndola con una mirada tan incisiva que parecía querer perforarle el cráneo. Colocó una mano sobre el hombro de Emelly, quien la retiró sutilmente, incomodada por la fuerza del fuerte agarre.

​—¿Ocurre algo? —preguntó Emelly mientras se ajustaba la ropa que había quedado ligeramente desordenada. Antes no le habría importado, pero ahora cada pliegue de su vestimenta parecía una declaración de estatus—. ¿Quieres hablar conmigo?

​En la mente de Emelly, los recuerdos se sucedían a velocidad de vértigo. Recordó la vez antes de ir a la mansión de los Crawford, cuando Carolina se mostraba espantada por situaciones que apenas se mencionaban de forma indirecta. Ahora, Carolina bajó la vista al suelo, con los párpados caídos, exhalando un suspiro de una gelidez absoluta. Cuando levantó la vista, Emelly sintió que la seguridad le pisaba los talones.

​—Te advertí que no creyeras en él —susurró Carolina. Sus palabras sonaban distantes, carentes de un entendimiento propio—. Yo…

​Se quedó en silencio, abrumada por un peso invisible mientras la multitud de estudiantes pasaba de largo. El silencio incómodo se instaló entre ellas justo cuando el alma de los pasillos se dispersaba hacia las salidas.

​—¿Qué? —asimiló Emelly. Ahora lucía un cabello ondulado con mucho menos frizz, y sus ojos de venado parecían haber recuperado el alma, aunque fuera una cargada de soberbia—. No importa.

​Quería convencerse de que no importaba cuál era la verdad y cuál la mentira. Creer en su madre era el camino fácil; ella estaba presente cada día. Estaba convencida de que aquel chico de ojos miel la seguiría observando porque, en el fondo, la veía como una amiga, aunque ese pensamiento le escociera.

​—Si no tienes nada más que decir… —Emelly avanzó un paso, pero Carolina la cortó con una mirada que lucía demacrada—. ¿Algo más?

​Su voz pretendía autoridad, pero lo que emanaba era una dulzura empalagosa como la miel, mezclada con una preocupación genuina.

​—Yo lo hice porque me ha gustado su hermano desde hace tiempo. Pensé que si lo ayudaba, mejoraría la confianza rota que tenían… —Carolina volvió a tomar a Emelly del hombro, esta vez con más fuerza—. Yo tuve una razón. ¿Tú tienes alguna para confiar en él?

​—Él es mi primer amor —confesó Emelly, cegada por la intensidad del momento.

​Carolina, por puro instinto, comenzó a reírse. Fue una risa que transformó su rostro en una máscara bromista y cruel.

​—¿Qué ha hecho por ti para que sientas eso? —soltó el agarre y, tomándola de un brazo, comenzaron a caminar—. No es por querer burlarme, pero me lo imaginaría decir eso de Natasha, no de ti. Has caído como todas esas chicas.

​—Bueno, ¿y puedo saber por qué dices que te gusta su hermano si apenas lo viste una vez? —Emelly no medía sus palabras—. ¿Por qué no pudieron evitar que todo se volviera un desastre si eran sus amigos?

​Ambas se detuvieron. Era confuso; nadie esperaba que la chica que todos buscaban como una salvación hablara con tanto desconocimiento.

​—¿Te refieres a su madre? —sugirió Carolina en un susurro que el eco del pasillo vacío parecía amplificar—. Porque él sabe cómo jugar y obtener lo que quiere. Pero si Ella está en peligro, deja todo para dejarse caer al vacío él mismo. Me refiero a Natasha.

​Emelly apartó las manos de Carolina. Se miraron, fulminándose.

​—Él quería llevarme a conocer la verdad, y gracias a eso pude saberlo porque mi madre me lo dijo —Emelly recordó las advertencias de Nour sobre no revelar nada y sonrió—. Soy Emery, y eso no quitará el hecho de que él y yo podamos formar una relación, porque él me conoce mejor de lo que yo me conozco a mí misma.

​—Te diré algo muy importante que quiero que recuerdes —sentenció Carolina, dándole un golpe seco en el hombro—. Él sabe perfectamente cuándo soltar la soga cuando las personas que ama están en peligro. Yo he estado ahí para él por más tiempo que tú y jamás me ha considerado ni su amiga. ¿Qué esperas tú?

​—¿Crees que tú llegarías a combinar con Gebriel? —replicó Emelly con tono burlón—. ¿Desde cuándo se le puede mandar al corazón? Si me gusta, me gusta y ya está. No tengo que morir y volver a vivir para conocer a otra persona.

​—No sabes lo que es amar a alguien de verdad —dijo Carolina con un tono misterioso, suave y lento, mientras se apartaba unos mechones de la frente—. Cuando lo sepas, vas a conocer lo que es llorar de verdad. No te estoy deseando el mal. Solo que ni siquiera sabes quién eres.

​Carolina ignoraba que Emelly creía tener ya el conocimiento perfecto sobre su propia identidad. Se retiró, dejando a Emelly sola mientras se alejaba por el pasillo.

​Gebriel

​Vi a Emelly caminar en sentido contrario y fui a su encuentro. La saludé, notando que su sonrisa estaba más brillante que nunca, casi cegadora. A pesar de que aún temía que mi propio hermano dejara de hablarme por mi cercanía con ella, había algo en su seguridad que me desconcertaba. Parecía convencida de que su último beso con Gustavo había sido la verdad absoluta.

​—¿Todo bien? —le pregunté—. ¿Cuándo volvemos a jugar?

​—He estado practicando. Creo que ya soy una experta —presumió ella, señalándose a sí misma con un aire de orgullo que no le conocía—. ¡La mejor!

​Comencé a reír sutilmente mientras la guiaba hacia la salida de emergencia. El pitido de la alarma resonó con fuerza cuando empujamos las puertas hacia la parte trasera del edificio de Harmour, un área que no había visitado en mucho tiempo.




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