Me encontraba en mi salón de clases, golpeando rítmicamente el lápiz sobre la mesa, un sonido seco que marcaba el paso de mis pensamientos. Le daba vueltas a la idea de si debía ir a buscar a Emery o no. De todos modos, ¿qué más podía sacarle a esa chica si ya no tenía nada importante que ofrecerme? Mi paciencia se estaba agotando.
Me levanté de golpe, apartando la mesa de mi camino con un ruido sordo que hizo eco en las paredes. Escuché el grito del profesor dirigiéndose hacia mí, una advertencia llena de autoridad que no hice caso en absoluto. Tenía que llegar a donde ella estaba, impulsado por una necesidad que no era afecto, sino control. Como siempre, la ubicación de su celular estaba encendida en mi dispositivo; me guié por el mapa digital hasta encontrarla cerca de un salón. Le hice una seña con la mano, llamándola como quien llama a alguien que le pertenece. Ella vino a mí rápido, con esa docilidad que tanto me servía.
Se veía alegre, como siempre, con los ojos brillantes de una ilusión que yo no compartía. Los míos, por supuesto, se posaron en los de ella fingiendo una calidez que no sentía. La tomé de la mano sutilmente, sintiendo la suavidad de su piel, y me la llevé hacia la parte trasera de Harmour, buscando el aislamiento que solo el exterior nos brindaba.
—Hace mucho que no vamos al invernadero —le dije, entrelazando sus dedos con los míos. Al toque, sus manos se sentían frías, un contraste marcado con el calor de mi palma—. Hace mucho no sentía que alguien me entendiera tanto como tú, Emery.
Ella asintió, pero no pude evitar notar la mueca de disgusto que cruzó su rostro por el nombre que había pronunciado. Emery. Pero, ¿qué más le quedaba a ella que aceptar su realidad? Yo era quien ponía las reglas.
—Mi madre, cuando ganó mi custodia, me hacía admirar las flores con ella. Me obligaba a ver la belleza donde ella quería —pensé mejor mis palabras para endulzar el tono, dándole ese matiz de confidencia trágica que tanto le gustaba—. Ahora es diferente, porque contigo no se siente de la misma forma. Contigo parece real.
El camino estaba lleno de pequeñas piedras que crujían bajo nuestros zapatos. De pronto, algo extraño comenzó a caer del aire; eran fragmentos negros, como papel quemado que flotaba perezosamente. Un olor acre, impregnado por el viento, se coló entre nuestras fosas nasales, llenándonos los pulmones de una advertencia gris.
—Tu madre... ella... deberías alejarte —murmuró ella con una torpeza que me irritó.
Creo que nunca había tomado clases de oratoria esta señorita; era más que obvio siendo la hija de una simple campesina cualquiera. Su falta de elocuencia me recordaba constantemente la brecha que nos separaba.
—¿Qué pasó en ese entonces? —preguntó, intentando hurgar en mi pasado.
Su voz me sonaba irritante desde hacía tiempo, pero ahora se sentía especialmente desastrosa, rompiendo el silencio que yo intentaba mantener. Moví mis manos con las de ella, balanceándolas como si fuéramos una pareja perfecta para distraerme a mí mismo de mis propios pensamientos. Ella me devolvía la sonrisa que yo estaba posando fingir, pero dentro de mí ardía cada punzada de mi corazón, una mezcla de odio y aburrimiento.
Odiaba tanto que me preguntara sobre mí. Ella, como todos los demás, eran personas sin importancia que pasarían a la siguiente página de mi vida sin dejar recuerdos, simples notas al pie de página en mi historia.
Baje mis párpados, fingiendo una vulnerabilidad que me hacía sentir pequeño a la par de ella. Al acariciarme las manos, sentí cómo los nudos de mi cuerpo abrían paso, revoloteando en una falsa relajación.
—Cuando era pequeño no entendía muy bien por qué de pronto tenía dos madres y un padre. Y cómo es que ahora tenía un nuevo hermano bebé postrado en una cuna —me detuve para tomar aire; no mentía esta vez, el recuerdo era real—. Pero mi madre en ese entonces no era igual que ahora. Ella se hizo así después de que mi padre la quitara del testamento de bienes. El dinero cambia a las personas de formas que no puedes imaginar.
¿Qué podría entender esta chica sobre eso? Podía usarla con desdén sin sentirme culpable, sabiendo que nunca volvería a encontrármela ni en la segunda vida.
—Mi madre me presionó a dejar de ser yo quien tenía el control de mi propia vida —apreté su mano con una fuerza excesiva, casi posesiva—. Ella pertenece a un grupo tan importante como el de mi padre, pero ella tiene más dinero que él; es por eso que sigo cerca de ella. Me conviene por si mi padre algún día dejara de quererme como un hijo más. Necesito asegurar mi futuro.
De hecho, mentía. Mi padre nunca dejaría de quererme, incluso ayer lo demostró con creces. Yo solo quería quedarme cerca de ellos porque era bueno sentir su cariño, aunque los hubiera traicionado. Lo único que yo deseaba era poder hacer que mis sueños siguieran adelante. Mi madre me habría prohibido por completo seguir cocinando, despreciando mi deseo de ser un chef, pero mi padre me apoyaba a toda costa, viendo en mí algo que ella ignoraba.
Ella suspiró como si le dolieran mis palabras, como si sintiera mi "sufrimiento". Pobre tonta. Nunca va a saber qué es sentir que todo se derrumba aun teniéndolo todo.
—Tu padre te ama —hablaba con esa arrogancia de quien cree saberlo todo, como si no entendiera aún que la vendieron para ser una becada más en este nido de víboras. Me acariciaba las manos, pero por dentro yo quemaba de rabia; quería quitármela de encima. Ella tomó un mechón de mi cabello, obligándome a acercarme a ella—. Vas a estar bien, Gustavo.
Qué palabras tan vacías y sucias venían de su parte mientras colocaba su frente cerca de la mía. Justo cuando estaba a punto de besarme, mi reloj mental empezó a sonar, una alarma interna queriéndola alejar de mí. Sin embargo, un sonido sordo y potente fue lo que nos hizo parar antes de que sus labios tocaran los míos.
Caminamos más cerca, atraídos por el ruido. Y ahí mismo, lo vimos. Había una llama encendiéndose a una altura imponente, con un grosor impensable que devoraba el horizonte. El color era un caos de amarillo y naranja, con toques azules y rojos de un incendio que estaba quemando por completo el lugar donde se encontraba el invernadero.