And Beauty the four (primer amor)

Veinticinco

GUSTAVO

​Me encontraba confinado en el salón de clases, una celda de madera y aburrimiento donde el único sonido que lograba sacarme del letargo era el golpeteo rítmico y obsesivo de mi lápiz contra la mesa. Percutía el grafito una y otra vez, mientras mi mente se convertía en un tablero de ajedrez: ¿valía la pena ir tras Emery en este preciso instante? Me cuestionaba qué más podría extraer de ella, qué secreto quedaba por exprimir en esa cáscara de ingenuidad si, después de todo, parecía no albergar ya ninguna información de valor.

​Me puse en pie con una brusquedad que hizo que la mesa chirriara contra el suelo, apartándola de mi camino como quien aparta un estorbo insignificante. Escuché el grito del profesor, una reprimenda autoritaria que se desvaneció antes de alcanzar mis oídos; sus reglas no tenían jurisdicción sobre mis necesidades. Tenía que llegar a ella. Como una brújula infalible, la ubicación de su celular parpadeaba en mi pantalla, una señal encendida que me guiaba a través de los laberínticos pasillos de Harmour. La localicé cerca de un aula lateral y, con un movimiento imperativo de la mano, la llamé.

​Vino a mí con esa prontitud casi servil que empezaba a resultarme predecible. Lucía alegre, con esa chispa de luz en los ojos que ella creía genuina, mientras los míos se deslizaban sobre su rostro, analizando cada milímetro de su expresión. La tomé de la mano con una sutileza ensayada, un gesto que destilaba una falsa ternura, y la conduje hacia los límites traseros de la institución, donde el bullicio escolar se disuelve en el silencio de los jardines.

​—Hace mucho que no visitamos el invernadero —susurré, entrelazando mis dedos con los suyos. Al contacto, su piel se sentía gélida, un contraste punzante con la calidez del mediodía—. Hace mucho que no sentía que alguien me comprendiera con la profundidad que tú lo haces, Emery.

​Ella asintió, aunque detecté una brevísima mueca de disgusto cuando pronuncié ese nombre. Era una sombra de resistencia que cruzaba su rostro, pero ¿qué más le quedaba a ella sino aceptar la realidad que se le había impuesto?

​—Cuando mi madre ganó mi custodia —comencé, modulando mi voz para que sonara cargada de una vulnerabilidad ficticia—, solía obligarme a admirar las flores con ella. Me hacía contemplar la belleza como si fuera una lección de disciplina. Ahora hago lo mismo contigo... —hice una pausa, buscando las palabras exactas para endulzar el veneno—, aunque ahora se siente diferente. Contigo, la belleza no parece una obligación.

​El sendero de grava crujía bajo nuestros pasos, pero algo extraño empezó a alterar la atmósfera. El aire se volvió denso, cargado de partículas suspendidas que danzaban como copos de nieve negros: fragmentos de papel carbonizado. Un hedor acre, una mezcla de vegetación quemada y químicos, se infiltró en nuestras fosas nasales, transportado por un viento que soplaba con una urgencia inquietante.

​—Tu madre... ella... deberías alejarte —murmuró ella con una torpeza que me produjo un escalofrío de desdén.

​Era evidente que esta señorita jamás había tomado una clase de oratoria; su dicción era la prueba viviente de su linaje, la hija de una campesina cualquiera intentando navegar en aguas de aristócratas.

​—¿Qué pasó en ese entonces? —insistió.

​Su voz empezaba a resultarme irritante, un ruido desastroso que rompía la armonía de mi plan. Moví nuestras manos entrelazadas, simulando el vaivén de una pareja perfecta para distraerme de la pulsión de soltarla. Ella me devolvía una sonrisa que yo me limitaba a posar, una máscara de afecto que ocultaba las punzadas de fastidio que golpeaban mi corazón. Odiaba que indagara en mi pasado, me repelía que personas tan irrelevantes, seres que pasarían a la siguiente página de mi historia sin dejar un solo recuerdo, se atrevieran a cuestionar mi arquitectura interna.

​Bajé los párpados, fingiendo una debilidad que me hacía parecer pequeño ante sus ojos. Cuando ella comenzó a acariciar mis manos, sentí cómo los nudos de tensión en mi cuerpo se deshacían, dándole paso a una fluidez mecánica.

​—Cuando era pequeño, no entendía por qué, de un día para otro, el mundo se había duplicado: dos madres, un padre y un hermano recién nacido en una cuna que parecía una prisión de seda —hice una inhalación profunda; esta vez no mentía, solo manipulaba la verdad a mi conveniencia—. Pero mi madre... ella no siempre fue este bloque de hielo. Se transformó después de que mi padre la despojara del testamento de bienes.

​¿Qué podría entender esta chica sobre la pérdida de un imperio? Podía usarla con un desdén absoluto, sin un gramo de culpa, sabiendo que jamás volvería a cruzarse en mi camino, ni siquiera en otra vida.

​—Mi madre me presionó hasta que dejé de ser el dueño de mi propio control —dije, apretando su mano con una fuerza que rozaba lo doloroso—. Ella pertenece a un grupo tan imponente como el de mi padre, pero su fortuna es mayor. Es por eso que sigo a su sombra. Me conviene mantenerla cerca por si mi padre decide, algún día, que ya no soy el hijo que él desea.

​En realidad, mentía. Mi padre jamás dejaría de amarme, lo había demostrado con creces apenas el día anterior. Mi cercanía con mi madre era una estrategia de supervivencia para mis propios anhelos. Ella me habría prohibido el santuario de la cocina, habría enterrado mi sueño de ser chef bajo el peso del apellido, mientras que mi padre era el único que apoyaba mis verdaderas ambiciones a toda costa.

​Ella suspiró, un sonido cargado de una lástima que me resultó patética. Nunca comprendería lo que es ver cómo todo se derrumba cuando crees tener el mundo a tus pies.

​—Tu padre te ama —habló con una seguridad vacía, como si entendiera el peso de cada sílaba, ignorando que no era más que una becada vendida al mejor postor—. Vas a estar bien.

​Qué palabras tan sucias y carentes de significado. Tomó mi cabello y me acercó a ella, rompiendo la distancia. En el momento en que estaba a punto de besarme, mi reloj mental empezó a contar los segundos para el rechazo; sin embargo, un sonido sordo y potente nos hizo detenernos en seco.




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