And Beauty the four (primer amor)

Veintiseis

El aire en la cocina de la mansión Crawford no solo estaba presente, sino que se sentía pesado, casi tangible, impregnado por el aroma penetrante y sofisticado de los quesos que se preparaban para la ocasión. Era una fragancia que se colaba por los pasillos, marcando el territorio de una tarde que se pretendía perfecta. La madre de Gebriel se movía con una agilidad coreográfica, pasando los platos entre sus brazos con una destreza ganada por los años, trabajando codo a codo con la otra señora frente a ella, la empleada de confianza que conocía cada rincón de esa cocina. El choque sutil de la porcelana y el murmullo de los preparativos eran el ruido de fondo de una casa que siempre parecía estar lista para recibir algo grande.

​Mientras tanto, en la sala, el ambiente era radicalmente distinto. Gebriel se encontraba hundido en el sofá, casi devorado por los cojines, con los audífonos de juego puestos como un escudo contra el mundo exterior. Tenía la consola firme entre las manos, los nudillos ligeramente blanqueados por la tensión de la partida. Con un gesto distraído, se rascaba una parte de la pierna con la mano izquierda, un tic nervioso que aparecía cada vez que la pantalla le devolvía un resultado adverso. Suspiraba con una mezcla de cansancio y terquedad cada vez que perdía, hasta que, de pronto, un destello distinto captó su atención en la esquina de la pantalla del televisor.

​Era una notificación, una solicitud de invitación de amistad que portaba el nombre de Writgame. Con un movimiento mecánico de su dedo gordo, Gebriel presionó el botón de la consola para dirigirse al perfil del jugador. Lo primero que notó fue que no parecía un gran desafío; apenas era un nivel 16, un principiante absoluto que apenas estaba empezando a gatear en ese mundo digital. Sin embargo, algo en la curiosidad, ese impulso que a veces lo dominaba, lo llevó a aceptar la solicitud.

​Aquella persona, tras ser aceptada, pareció hacer lo mismo: revisar con quién estaba tratando. Gebriel comprobó las amistades que tenían en común, esperando encontrar algún conocido del instituto o del círculo de su hermano, pero no había nada. El vacío era absoluto. Hasta que, de repente, sus ojos se fijaron en un solo nombre que brillaba con una intensidad distinta, una insignia que destacaba en dorado y rojo por encima de cualquier otro dato, marcando un rango y un nivel que muy pocos podían alcanzar.

​Poseía el nombre de Pwel. Gebriel sintió un vuelco en el estómago. Solo un jugador en todo el servidor podría tener ese nombre de usuario, y ese era el prodigio indiscutible del juego al que él le dedicaba tantas horas. Era una leyenda, alguien inalcanzable. Gebriel abrió los ojos como platos, dejando que la luz de la pantalla inundara su mirada fija. Se llevó una mano a los ojos, frotándolos con fuerza, temiendo que el cansancio le estuviera jugando una mala pasada o que los píxeles estuvieran formando una ilusión.

​Pero no, era una verdad irrefutable. Sin perder un segundo, estiró el brazo hacia el teclado que tenía a un lado y comenzó a escribirle a ese jugador de rango tan bajo que, de alguna manera, tenía conexiones imposibles. Sabía que Pwel, por definición, no aceptaba a cualquiera; era un círculo cerrado de élite donde un nivel 16 no tenía cabida.

​¿Quién eres? La pregunta apareció en la pantalla, desnuda y directa, acompañada de un emoji de boca abierta que reflejaba su desconcierto total.

​La respuesta llegó casi de inmediato, como si la otra persona estuviera esperando ese contacto. Emer, me grabé tu usuario.

​Gebriel se quedó estático, con la mano suspendida sobre el teclado. Comenzó a teclear unas palabras, una respuesta llena de dudas, pero las borró antes de enviarlas. En su mente resonaba la advertencia que le había hecho a Carolina: no quería involucrarse con ninguna amiga de su hermano. Había algo en toda esa situación que olía a problema, a enredo familiar del que prefería mantenerse al margen. Sabía perfectamente lo que su hermano había estado haciendo; no era difícil deducirlo con Gustavo siempre moviéndose entre las sombras, lejos de la vista de todos, refugiándose en el silencio de su habitación para tejer sus propias redes.

​Sus dedos, ágiles y acostumbrados al ritmo de la tecnología, volvieron a moverse sobre el pequeño chat al costado del televisor. Desvió la mirada hacia donde su madre seguía organizando los platos y luego regresó a la pantalla. El sonido de las teclas al ser pulsadas era lo único que llenaba su espacio personal.

​¿Vendrás? Lanzó la pregunta al aire digital.

​No pasó ni un segundo antes de que una luz vibrante volviera a encenderse en el panel de notificaciones. Era un emoji de un círculo rojo con dientes bastantes grandes, una expresión extraña que iba acompañada de un signo de interrogación. Gebriel, sintiendo que tenía que dar más detalles para cerrar el trato, volvió a hacer sonar las teclas con rapidez.

​Madre hará un picnic en un campo abierto. Quería seguir escribiendo, explicarle la magnitud del evento o lo que significaba para su familia, pero el límite de caracteres llegó a su fin de manera abrupta. Sin detenerse, abrió un nuevo párrafo para completar la idea: es por los últimos rayos de sol.

​Al otro lado de la ciudad, Emelly contemplaba la pantalla con una confusión creciente. No tenía ninguna invitación previa, nadie le había avisado de un picnic y mucho menos de que fuera una invitada oficial de los Crawford. Colocó sus manos sobre las teclas de su portátil, ese aparato que se había vuelto su ventana favorita al mundo gracias a lo que Gebriel le había enseñado.

​No sé cuál. Su respuesta fue sincera, cargada de esa inocencia que aún conservaba a pesar de todo.

​Gebriel frunció el ceño, un gesto que delataba su impaciencia. Se mordió el labio inferior mientras movía el talón de su pie contra el suelo, creando un ritmo constante y nervioso.

​Ven a mi hogar, eres invitada. La frase fue definitiva, una puerta abierta que no admitía demasiadas réplicas.




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