Andalucía en el Alma

CAPÍTULO 1 - El primer encuentro que lo cambió todo

El verano caía sobre Andalucía como una manta dorada. El sol no solo iluminaba: teñía de ámbar las hojas plateadas de los olivares, hacía brillar la cal de las fachadas antiguas y llenaba el aire de una mezcla embriagadora: sal del mar que llegaba desde la costa, tierra seca caliente y el perfume dulce de los jazmines que trepaban por las paredes.

Días antes, yo caminaba por mi casa como siempre, escuchando la risa de Marcos desde la sala, viendo cómo Lucía ordenaba sus juguetes. Pero por dentro, sentía un vacío que no sabía nombrar: esperaba algo, anhelaba una mirada que no conocía, una voz que todavía no había escuchado. A veces cerraba los ojos y me preguntaba si existiría alguien que pudiera ver todo lo que yo callaba.

Y León, por su lado, pasaba las tardes mirando por la ventana de su hogar, mientras Romina preparaba la cena y Martina le contaba sus juegos. Él sonreía por fuera, pero su corazón latía inquieto: sentía que le faltaba una parte de sí mismo, que buscaba un calor que no encontraba en ningún sitio, sin saber que estaba a punto de encontrarlo.

Hasta que llegó esa tarde.

En el jardín todo era bullicio. Marcos reía fuerte mientras contaba una anécdota, su voz rompiendo la calma. Romina servía vasos de agua con calma, observando todo con una sonrisa suave. Las niñas —mi pequeña Lucía y la hija de ellos, Martina— corrían persiguiendo una mariposa, sus risas mezclándose con el zumbido de las abejas y el canto lejano de un grillo.

Y entonces, cruzó la puerta.

De repente, el ruido se apagó. Como si alguien hubiera bajado el volumen al mundo entero.

Era León. Llevaba la camisa abierta en el primer botón, el sol le doraba el cabello y cuando alzó la vista y nuestros ojos se encontraron... sentí un escalofrío eléctrico que me recorrió desde la punta de los pies hasta la garganta. Sus ojos eran claros, profundos, y parecían saber cosas de mí que yo misma no me había atrevido a pensar. El tiempo se detuvo. Dejé de escuchar a Marcos, dejé de ver las flores: solo existía él, la forma en que me miraba, como si yo fuera la única luz en medio de la tarde.

Después me confesó que en ese mismo instante, él sintió exactamente lo mismo: que todo lo que había buscado sin saber qué era, estaba ahí, frente a sus ojos.

— Buenas tardes —dijo. Su voz era suave, pero tenía una firmeza que me llegó directo al pecho, como una caricia.

— Buenas —respondí yo, casi sin aliento, sin poder apartar la mirada ni un segundo.

Él asintió lentamente, y vi cómo sus pupilas se dilataban al verme. Fue un instante, nada más, pero supe que él lo había sentido igual.

Las reuniones se volvieron imprescindibles después de eso. Cada vez que volvía a mi casa, no dejaba de pensar en él; y León me contó después que cada noche, antes de dormir, su mente volvía a mi sonrisa, deseando que llegara pronto el día para verme otra vez.

Muchas veces escuchaba primero el rugido grave y rítmico de su moto acercándose por la calle. Cuando llegaba, el aire cambiaba. Subía detrás de él, abrazaba su cintura y sentía el calor de su espalda a través de la tela, el viento golpeándonos la cara mientras recorríamos los caminos estrechos entre olivares, las calles empedradas llenas de geranios rojos que colgaban de los balcones, o los tramos de costa donde el mar era de un azul intenso y rompía contra las rocas con fuerza. El viento me traía su perfume: algo limpio, mezcla de madera y mar, que se me quedaba en la piel mucho después de despedirnos.

Una tarde, tras un paseo largo bajo el sol, nos detuvimos en un pequeño bar de pueblo, con mesas de madera bajo la sombra de un gran naranjo. Pedimos dos cafés; al ponerlos sobre la mesa, el vapor subió dibujando formas entre nosotros, y su aroma intenso y dulce se mezcló con el olor a naranja madura.

León se inclinó un poco hacia adelante, y su rodilla rozó la mía por debajo de la mesa. Fue un roce leve, pero sentí como una chispa. Me miró a los ojos, y en su mirada había deseo, miedo, certeza... todo junto.

— Sabéis, Valeria... desde que te vi cruzar esa puerta, nada es igual —dijo bajito, como si fuera un secreto que solo podíamos decirnos nosotros—. Es como si hasta ese momento hubiera caminado a oscuras, y de golpe salió el sol. Un sol que brilla solo para nosotros.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas, y a la vez me quemaba la piel.

— Yo siento exactamente lo mismo, Pachuli —le respondí, y por primera vez usé ese nombre que ya llevaba en la mente—. Pero sé que esto no es fácil. Sabemos dónde estamos, quiénes son los que nos rodean... estamos cruzando un camino lleno de espinas, y nadie nos prometió que sería sencillo.

Él alargó la mano sobre la mesa, y por un instante sus dedos rozaron los míos, antes de retirarse con cuidado, mirando hacia los lados por si alguien nos veía. Esa pequeña precaución, en lugar de alejarnos, nos ató más fuerte.

Y así empezó todo: entre miradas que se robaban cuando nadie miraba, silencios que gritaban más que las palabras, anhelos que nacieron en los dos al mismo tiempo, y una atracción que crecía cada día, inevitable, imposible... y absolutamente nuestra.




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