Las semanas se deslizaron entre miradas que se buscaban desesperadas, entre excusas sencillas para quedarnos un rato más juntos, y entre un deseo que crecía tanto que casi dolía en el pecho. En cada reunión, entre risas de los demás y palabras ajenas, nosotros solo existíamos el uno para el otro: cada roce accidental de las manos, cada silencio compartido, nos dejaba con más ganas, con la certeza de que ya no podíamos seguir esperando.
Esa tarde decidimos irnos solos a la Playa de Bolonia. Al llegar, el paisaje nos dejó sin palabras: las dunas blancas se alzaban suaves como nubes caídas en la tierra, y el mar se extendía inmenso, tan tranquilo que reflejaba el cielo como un espejo perfecto. El sol empezaba a bajar hacia el horizonte, tiñendo todo de fuego: naranja intenso, rojo suave y ese dorado cálido que solo sabe dar el verano de Andalucía. El aire estaba tibio en la piel, cargado del olor a sal, a algas secas y a la hierba que crece entre la arena.
Caminamos despacio hasta sentarnos lejos del camino, donde nadie pudiera vernos. El silencio no era vacío: estaba lleno de todo lo que nos queríamos decir, solo roto por el sonido rítmico y suave de las olas rompiendo en la orilla. Yo sentía cómo el corazón me golpeaba fuerte en el pecho, y vi en sus ojos que él temblaba igual que yo.
Entonces se giró despacio hacia mí. Me tomó la mano entre las suyas, grandes y cálidas, y luego me acarició la mejilla con la yema de los dedos, con una ternura infinita, como si yo fuera algo demasiado valioso para atreverse a tocarlo.
— Chulita... —susurró muy bajito, tan cerca que sentí su aliento en la oreja—. Sos todo lo bueno que me ha pasado en la vida. Todo lo que busqué sin saber qué era. Ya no quiero callarlo más.
Antes de que yo pudiera responder, se acercó poco a poco, dándome tiempo para apartarme si quería... pero yo no quería nada más que eso. Sus labios rozaron los míos primero con suavidad, casi sin tocarse, hasta que se fundieron en un beso. Fue dulce, lento, pero cargado de toda la fuerza de semanas de anhelo, de todo lo que habíamos callado, de todo lo que éramos y queríamos ser. El sol nos bañaba de luz dorada, el viento movía nuestros cabellos mezclándolos, y sentí que el mundo entero desaparecía, que solo quedábamos nosotros dos, latiendo al mismo ritmo. No había miedo, ni culpa, ni prisa: solo verdad, cariño y ese deseo profundo que nos unía desde la primera mirada.
Cuando nos separamos, no nos alejamos ni un centímetro. Me abrazó con fuerza, como si quisiera guardarme dentro de sí, y apoyó su frente contra la mía, respirando hondo, como si acabara de encontrar su lugar en el mundo.
— Este beso es para siempre —repitió, con la voz temblorosa pero firme, como si hiciera un juramento.
— Para siempre —le respondí yo, y lo besé de nuevo, porque sabía que ese momento no se borraría nunca, ni aunque pasaran cien vidas.