Las semanas pasaron y la intensidad creció hasta llenar cada rincón de nuestras vidas. Ya no necesitábamos frases enteras: bastaba un cruce de ojos, un movimiento de cabeza, para saber exactamente qué pensaba el otro. En las reuniones, entre risas y conversaciones ajenas, vivíamos en un lenguaje propio, invisible para todos menos para nosotros.
Pero los ojos de los demás empezaron a notar algo que no podíamos ocultar. Romina, su mujer, lo miraba cada vez con más inquietud: veía cómo él se quedaba callado de golpe, cómo su mirada se perdía buscándome por la habitación, cómo sonreía sin darse cuenta cuando yo hablaba. A veces le preguntaba si le pasaba algo, y él respondía con evasivas, mientras el silencio se volvía más pesado entre ellos.
Marcos, en cambio, seguía alegre y confiado, sin sospechar nada. Y eso me partía por dentro: me dolía engañarlo, me pesaba el secreto como una piedra en el pecho, pero al mismo tiempo no podía apartarme de lo que sentía por León. Vivía atrapada entre dos mundos, sin saber cómo salir de ninguno.
Un día nos escapamos un rato, caminando hasta las afueras del pueblo, lejos de casas y caminos transitados. El sol caía a plomo sobre los campos de olivares que se extendían hasta el horizonte, plateados y dorados bajo la luz. Nos refugiamos bajo la sombra ancha de un viejo árbol, y en cuanto estuvimos solos, él tomó mis manos entre las suyas. Sentí el latido rápido de su corazón, igual que el mío, latiendo al mismo ritmo.
— A veces siento que esto es demasiado fuerte para nosotros —susurré, bajando la mirada hacia la tierra—. Que puede romper todo lo que hemos construido, lastimar a gente que no se lo merece.
Él levantó mi cara con suavidad, con los dedos acariciando mi barbilla, y en sus ojos vi toda la verdad sin palabras.
— Y a veces siento que es lo único real que tengo —respondió con voz firme—. Todo lo demás se siente como un disfraz, Chulita. Lo que tenemos vale más que cualquier miedo, más que cualquier riesgo. No lo vamos a dejar ir.
Al acercarse, sentí su calor envolviéndome. No era solo deseo físico: era una atracción más profunda, el ansia de estar pegados, de fundirnos para no separarnos nunca. Sus labios rozaron los míos despacio, con respeto y toda la ternura que nos tenemos, y en ese beso olvidé por un instante el miedo, la culpa y el mundo entero. Solo quedábamos nosotros, dos almas que al fin habían encontrado su lugar.