Cada salida se volvía indispensable: era el único momento en que podíamos dejar de fingir, de ser quienes debíamos ser para el resto del mundo. Cuando escuchaba el rugido de su moto acercándose, sentía cómo se me aligeraba el pecho: al subir detrás de él, abrazar su cintura y sentir el viento llevándose mis preocupaciones, dejábamos atrás las casas, las rutinas y las apariencias.
Un mediodía llegamos a Tarifa, y nos refugiamos en un bar pequeño de techos bajos, con mesas de madera gastada y el suelo de piedra. El aire allí era una mezcla deliciosa: pan recién salido del horno, café tostado y la brisa salada que entraba por la puerta abierta, trayendo consigo el rumor lejano del mar. Elegimos la mesa más apartada, pegada a la pared, donde nadie pudiera vernos bien.
Al poner las tazas humeantes sobre la mesa, sus manos buscaron las mías, entrelazando los dedos con fuerza y suavidad a la vez. Ese roce sencillo me recorrió toda la piel, como una corriente eléctrica.
— ¿Te das cuenta de lo que nos pasa? —me dijo casi en un susurro, clavando sus ojos claros en los míos—. Basta estar así, juntos un momento, para que todo lo demás deje de tener importancia.
— Me doy cuenta, Pachuli... y por eso me asusta tanto —respondí apretando su mano—. Porque esto crece sin parar, se hace más fuerte cada día. Y no sé cómo llevarlo sin lastimar a quienes queremos.
Hablamos durante horas, sin prisa: de lo que sentimos y no nos atrevemos a decir en casa, de las noches en vela dándole vueltas a todo, del miedo a que nos descubran y del terror mayor de separarnos. Hubo silencios largos, solo rotos por el murmullo de otras voces y el choque de tazas, y en esos silencios bastaba una mirada para saber que ambos pensábamos lo mismo: esto era demasiado grande, demasiado verdadero.
Y entonces llegó el primer tropiezo. Él se impacientó porque tardé en contestarle un mensaje antes de salir, temiendo que no pudiera ir; yo me defendí con dolor, sintiendo que me exigía más libertad de la que mi situación me permitía. Nos quedamos callados unos minutos, cada uno con su dolor, el aire entre nosotros tenso y pesado. Hasta que él soltó un suspiro, acercó su mano otra vez a la mía y rozó mis dedos con mucho arrepentimiento.
— Perdóname, Chulita... es que te quiero tanto que me desespero, que me da pánico perderte por un error mío.
— Y yo a vos... perdóname también —le respondí, y me incliné un poco sobre la mesa para darle un abrazo rápido y furtivo, antes de que alguien pudiera verlo—. No es fácil para ninguno de los dos.
En ese abrazo entendimos algo importante: lo nuestro no sería un cuento sin roces. También los miedos, los celos y los malentendidos eran parte de este amor, porque era real, y porque valía la pena aprender a caminar juntos, incluso cuando el camino se ponía difícil.