Andalucía en el Alma

CAPÍTULO 6 - Belleza y deseo entre acantilados

El verano andaluz extendía sus días dorados, largos y llenos de luz que se quedaba hasta tarde en el cielo. A veces, mientras veía jugar a Lucía y a Martina en el jardín, imaginaba que algún día podríamos traerlas hasta aquí, para que corrieran libres por esta arena. Pero por ahora, este rincón era solo nuestro: la Playa de los Genoveses, escondida entre acantilados bajos y rocas redondeadas por el tiempo, con arena fina y tibia, y un mar de azul intenso, tan profundo que parecía saber todo lo que callábamos.

Recorrimos los caminos sinuosos en su moto, entre arbustos verdes y flores silvestres que soltaban un aroma dulce y salvaje al pasar. Al pasar por el cruce donde solemos encontrarnos con Juan y Ana, esos amigos que nos unieron y que todavía no sospechan nada, bajamos un poco la velocidad por si los veíamos, pero el camino estaba vacío. Al llegar a la playa, el silencio nos envolvió de golpe: solo se escuchaba el viento susurrando entre las piedras y el suave romper del agua sobre la orilla. Nadie más por allí. Solo nosotros, el mar y la tierra.

Caminamos descalzos, sintiendo cómo la arena caliente se deslizaba entre mis dedos y el agua fresca nos rozaba los tobillos. De pronto él se detuvo, me tomó suavemente por la cintura y me acercó a su pecho. Sentí su calor atravesar la tela, el latido fuerte y tranquilo de su corazón, y ese perfume suyo —mezcla de madera, mar y sol— que ya llevaba grabado en el alma.

— Mirá esto, Chulita... —susurró muy cerca de mi oído—. Es tan perfecto, tan tranquilo... parece hecho para nosotros. Como si cada rincón de esta tierra supiera lo que llevamos dentro. A veces pienso en lo mucho que les gustaría esto a las niñas, ¿verdad?

Asentí con los ojos llenos de emoción.

— Sí, imagino a Lucía corriendo detrás de las olas, igual que hace en casa —respondí bajito—. Y a Martina recogiendo conchas para guardarlas como tesoros.

Nos sentamos en la sombra de una gran roca gris, pulida por las olas. Estábamos tan pegados que sentía su aliento caliente en mi mejilla, el roce de su hombro con el mío. No hacían falta palabras: su mirada recorría mi cara con devoción, sus dedos trazaban líneas suaves en mi brazo, en mi mano, como si quisiera aprenderse cada centímetro de mí.

El deseo crecía despacio, sin prisa, lleno de respeto y ternura. No era fuego que quema de golpe: era un calor que se instalaba en el pecho, en la piel, la necesidad de estar más cerca, de no dejar ni un milímetro de distancia entre nosotros. Era el deseo de ser uno, de guardar este instante para siempre, a salvo de miradas y de tiempos difíciles.

— Nunca me había sentido así con nadie —le confesé bajito, apoyando la cabeza en su hombro y cerrando los ojos—. Ni siquiera imaginé que pudiera existir algo tan fuerte.

Él me abrazó más fuerte, y besó mi cabello con mucha dulzura.

— Yo tampoco, mi vida... —respondió con voz serena—. Esto es para siempre, Chulita. Aunque tengamos que esperar, aunque tengamos que escondernos... esto no se va a acabar nunca. Ni por las niñas, ni por nadie. Esto es nuestro




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