Pasaron los días y la tensión entre nosotros creció como una llama que nadie podía apagar. Cada mirada robada, cada roce accidental, cada palabra que nos quedábamos en la boca, nos acercaba al límite que ambos sabíamos que cruzaríamos: con miedo en el estómago, con las manos frías por los nervios, pero con unas ganas inmensas que me hacían sentir esas mariposas revoloteando sin parar, mezcla de anhelo y temor a lo que vendría.
Esa tarde salimos hacia Tarifa en su moto, justo cuando el sol empezaba a teñir el cielo de rojo intenso, violeta suave y oro que se derramaba sobre el mar. El viento nos golpeaba la cara, trayendo el olor a sal, a romero y a flores silvestres secas, y el rugido del motor parecía ir al mismo ritmo acelerado de mis latidos. Nos detuvimos en un rincón escondido, entre rocas altas, donde no llegaba ningún camino ni ninguna casa: solo el mar, el viento y nosotros.
Al bajar, no hizo falta hablar. Sus ojos claros me miraban con todo lo que llevaba dentro, y yo sentía que me faltaba el aire: miedo, ganas, amor... todo junto en un solo nudo en la garganta. Se acercó despacio, paso a paso, como si temiera asustarme, y me tomó de la cintura con sus manos grandes y cálidas, atrayéndome poco a poco hacia su cuerpo. Sentí su calor atravesar la tela de la ropa, su respiración agitada rozarme la frente, y ese aroma suyo —mezcla de sol, madera y mar— que ya llevaba grabado en el alma.
— Chulita... te quiero más que a nada en este mundo —me susurró muy cerca de los labios, y sentí el temblor en su voz—. Tengo miedo, sí... miedo a romperte, miedo a equivocarme... pero más miedo tengo de no entregarte todo lo que soy, sin ocultar nada más.
— Y yo a vos, Pachuli... —respondí con voz temblorosa, pero segura, alzando la mano para tocar su cara—. Te entrego mi alma entera, con todo lo que soy, con mis miedos y mis ganas. Soy toda tuya.
Sus manos recorrieron despacio mi rostro, trazando la línea de mis pómulos, bajando por mi cuello hasta llegar a mis hombros, con una mezcla de suavidad extrema y una firmeza que me hizo temblar entera. Cada caricia era una promesa que no necesitaba palabras, cada beso en la comisura de mis labios encendía más esa llama que nos consumía por dentro. No había prisa, ni prisas, ni nada que nos apurara: solo la urgencia dulce de querer conocernos por completo, de guardar en ese instante todo lo que habíamos callado durante meses.
Cuando por fin sus labios se fundieron con los míos, sentí como si todo el aire del lugar se detuviera. Sus dedos se entrelazaron en mi cabello, su cuerpo se pegó al mío hasta que no quedó ni un milímetro de distancia, y sentí cada latido de su corazón golpear contra el mío. Fue un encuentro lento, lleno de pasión contenida y una sensualidad profunda, hecha de confianza y de verdad: el roce suave de la piel al descubrirse, el calor que nos envolvía a los dos, los suspiros que se escapaban juntos, la forma en que nos buscábamos como si hubiéramos nacido para encajar así. No había nada oculto, nada fingido: solo nosotros, entregados el uno al otro bajo esa luz dorada que se iba apagando, mientras el mar rompía suavemente cerca.
Más tarde, nos refugiamos en ese pequeño rincón que él conocía, donde nadie nos encontraría. El agua tibia cayó sobre los dos, arrastrando el polvo del camino pero dejando intacto todo lo que habíamos sentido; allí los nervios se transformaron en risas bajas, en bromas suaves cuando el agua nos salpicaba la cara, en el placer inmenso de poder mirarnos sin escondernos nada, de ver cómo la luz del agua le daba nuevos tonos a su piel.
Después, acostados en la penumbra, con una manta sobre nosotros y el sonido del mar de fondo, charlamos horas enteras: de lo que sentíamos en ese momento, de lo que nos esperaba adelante, de las niñas y de cómo queríamos que algún día entendieran, de todo lo que nos ataba a nuestras vidas pasadas y todo lo que nos hacía libres al estar juntos. No había secretos entre nosotros ya.
Cuando todo se calmó, nos quedamos abrazados, su cabeza apoyada en mi pecho y la mía sobre su hombro, escuchando cómo nuestros corazones volvían a latir al mismo ritmo.
— Esto es para siempre —me dijo muy bajito, acariciando mi cabello con la yema de los dedos, como si quisiera grabar cada hebra en su memoria.
— Para siempre —repetí, y cerré los ojos abrazándolo más fuerte, sabiendo que acabábamos de cruzar un punto sin retorno. Y que no cambiaría ni un solo segundo de todo lo que acabábamos de vivir por nada del mundo.