Después de esa noche en que nos entregamos por completo, todo cambió de tono: lo que sentíamos era más fuerte, más brillante, pero también mucho más peligroso. Nos sentíamos capaces de enfrentar cualquier cosa estando juntos... pero el peso del secreto se nos hacía cada vez más pesado, como si lleváramos una piedra en el pecho a cada paso que dábamos.
En las reuniones familiares, el aire se sentía distinto. Las miradas entre nosotros ya no eran solo cómplices: estaban cargadas de todo lo que habíamos vivido, de todo lo que no podíamos decir, y eso no pasaba desapercibido. Romina lo miraba con una tristeza que me partía el alma: veía cómo él se quedaba callado mirando al vacío, cómo se le escapaba una sonrisa sin darse cuenta cuando yo hablaba, cómo ya no le contaba sus cosas como antes.
— ¿Qué te pasa últimamente? —le preguntó una tarde, con la voz temblorosa—. Ya no hablás igual, ni te reís como antes... siento que estás acá con nosotros, pero tu mente está en cualquier otro lado.
León bajó la mirada, sintiéndose culpable, y respondió con una frialdad que le dolió más a él que a ella:
— Nada, solo estoy muy cansado del trabajo, son muchas horas y me agota.
Por mi lado, la distancia con Marcos se hacía un abismo cada día más grande. Yo cumplía con todo: preparaba la comida, cuidaba de Lucía, ordenaba la casa... pero mi corazón y mis pensamientos estaban siempre lejos, con Pachuli. Hubo días en los que me enfadaba sin motivo, en los que me quedaba callada horas enteras mirando la ventana, y Marcos me miraba sin entender, con una confusión que poco a poco se convertía en dolor.
Una noche, cuando las niñas ya se habían dormido, se sentó frente a mí y me preguntó con la voz rota:
— Ya no sé qué pensar, Valeria... siento que te perdí, que ya no estás conmigo. ¿Se terminó lo nuestro?
Sentí que se me partía el pecho en mil pedazos, y las lágrimas se me cayeron solas.
— No es eso... —alcancé a decirle—. Es que hay cosas que no sé explicar todavía, cosas que yo misma no entiendo bien... pero no quiero hacerte daño.
Y hasta entre nosotros dos, que éramos el refugio el uno del otro, empezaron a haber tormentas. La impotencia de no poder vivir nuestro amor a la luz del día, el miedo constante a que nos descubran, las horas y los días que pasábamos sin vernos... todo se acumulaba hasta que explotaba.
Una tarde, en la soledad de su moto, se detuvo de golpe y me miró con los ojos llenos de rabia y de lágrimas:
— ¡No aguanto más esto, Chulita! ¡No aguanto más ocultarme! —me gritó con voz desgarrada—. Quiero caminar con vos por la calle, tomarte de la mano sin tener que mirar para todos lados. Quiero decirle a todo el mundo que te quiero, sin miedo a nada.
— ¡Y yo también lo quiero más que nada en el mundo! —le respondí llorando, apretando sus manos entre las mías—. Pero no podemos lastimar a los demás así como así... no podemos romper las vidas de las niñas, de las personas que queremos, sin saber bien qué camino tomar.
Nos quedamos en silencio, abrazados, sintiendo cómo el dolor nos unía tanto como el amor. Porque aunque nos doliera el alma, aunque las dudas nos mordieran y el miedo nos acompañara siempre, al mirarnos a los ojos sabíamos una cosa: lo nuestro era verdad, y valdría la pena cualquier lucha, cualquier dolor, cualquier espera.