Andalucía en el Alma

CAPÍTULO 10 - El golpe inesperado: el accidente

El destino nos tenía preparada una prueba mucho más dura que cualquier discusión, que cualquier miedo o duda que hubiéramos sentido hasta entonces.

Era una tarde de mediados de otoño. El cielo estaba cubierto de nubes grises y pesadas, el viento soplaba con fuerza entre los olivares, sacudiendo las ramas y llevándose las hojas secas por el camino. León me había avisado que iría al pueblo vecino a buscar unas herramientas que necesitaba para el trabajo, por esa ruta estrecha que tanto le gustaba recorrer en moto.

Me llegó su mensaje justo al salir:

— Volveré en un par de horas, mi Chulita. Te pienso en cada kilómetro que recorro.

Le respondí con un beso y le pedí que tuviera mucho cuidado. Al principio me quedé tranquila, terminando los quehaceres y mirando de vez en cuando por la ventana. Pero a medida que pasaban los minutos, una sensación fría y pesada me fue apretando el pecho, como un presentimiento que no podía apartar. Las horas se alargaban sin noticias, y el silencio de la casa se me hizo insoportable.

De pronto, sonó el teléfono. Era Marcos. Al escuchar su voz, se me heló la sangre en las venas:

— Valeria... hubo un accidente. Es León. Iba en moto, y un coche no lo vio en una curva cerrada. Lo llevan de urgencia al hospital.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Todo se me nubló de golpe, el corazón empezó a golpearme tan fuerte y tan rápido que creí que se me saldría del pecho. Un grito ahogado se me quedó atrapado en la garganta, no podía respirar, no podía pensar. Solo veía su cara: su sonrisa, sus ojos claros mirándome, el sonido de su voz diciéndome que me quería.

Corrimos al hospital. El camino se me hizo eterno. Al entrar, el lugar se sentía frío, lleno de ruidos que me dolían: pasos apresurados, puertas que se abrían y cerraban, voces que llamaban por los altavoces. En la sala de espera estaba Romina, llorando desconsolada, abrazada a unos amigos. Yo me quedé atrás, pegada a la pared, sintiéndome una extraña, una intrusa: no tenía derecho a acercarme, no tenía derecho a preguntar primero, no podía entrar a verlo ni decirle que estaba ahí, que no se fuera.

Cuando salieron los médicos, nos miraron con seriedad: tenía fracturas graves en las piernas y el brazo, golpes fuertes en la cabeza, y su estado era delicado.

— Ahora solo queda esperar —nos dijeron—. Esperar, tener paciencia y pedir que reaccione.

Me senté en un rincón, con las manos heladas y las lágrimas cayendo sin parar, y le pedí al cielo, a la tierra, a todo lo que fuera sagrado, que me devolviera a mi Pachuli. Porque sin él, nada tenía sentido.




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