Esos días fueron los más largos, fríos y oscuros que tuve que vivir. El tiempo parecía detenerse, cada minuto pesaba como plomo, y yo no tenía más refugio que mirar el teléfono una y otra vez, esperando una noticia que tardaba en llegar. No podía ir al hospital, no podía sentarme a su lado, no podía tomarle la mano para darle fuerza: tenía que esperar en casa, ocultando mis lágrimas a todos, mientras cada llamada me hacía temblar entera, y cada palabra nueva me daba un respiro breve o me partía más el pecho.
Por las noches me quedaba despierta horas enteras, mirando la oscuridad. Me imaginaba su cuerpo herido, el dolor que debía sentir, la soledad de esa habitación... y un miedo terrible me agarraba la garganta: ¿me recordaría? ¿Sabría, aunque fuera dormido, que yo estaba ahí, esperándolo con toda mi alma? Solo podía escribirle mensajes que quizás nunca leería, enviando todo mi amor a través de la pantalla:
"Pachuli, mi vida... por favor, resiste. No te rindas. Yo estoy acá, pensando en vos cada segundo, amándote con todo lo que soy. Volvé pronto, que te necesito más que al aire mismo".
Sabía que Romina estaba ahí día y noche, sin irse, hablándole, cuidándolo como su mujer, como le correspondía. Y yo lo entendía, lo aceptaba... pero esa realidad me partía en dos. Ver que ese era su lugar, mientras yo tenía que ser una desconocida, ocultar hasta mi propio sufrimiento, me dolía más que cualquier golpe.
Y en medio de todo ese dolor, llegaron los pensamientos más oscuros, los que duelen decir: ¿Y si esto era una señal? ¿Y si el destino nos estaba castigando, demostrándonos que nuestro amor era prohibido, que solo traía sufrimiento a todos?
Pero cada vez que esa duda intentaba quedarse en mi mente, cerraba los ojos y veía su sonrisa, sentía sus abrazos, recordaba sus palabras y todo lo que habíamos vivido juntos. Y entonces sabía, con certeza absoluta: no importaba cuánto doliera, no importaba qué obstáculos pusiera la vida. Yo no podía dejar de amarlo. Ni siquiera el miedo podría separarnos.