Pasaron casi dos semanas eternas hasta que por fin llegó la noticia: había despertado. Cuando Marcos me lo dijo, sentí que me faltaba el aire, una mezcla de alivio inmenso que me hizo llorar de felicidad y un miedo frío que me apretó el estómago: alivio porque seguía aquí, con vida... pero miedo de que todo hubiera cambiado, de que el dolor lo hiciera ver todo de otra forma, de que ya no quisiera seguir caminando conmigo.
Al principio apenas podía hablar: tenía la voz rota y débil, como si le costara hasta respirar, y el cuerpo entumecido por los golpes y el reposo. Romina no se separaba de su lado: le daba agua, le arreglaba las sábanas, le contaba cosas del pueblo, de las niñas, para que no se sintiera solo en esa habitación blanca y fría. Yo solo podía saber de él por lo que Marcos me contaba al volver a casa: cada palabra suya me acercaba un poco más, pero al mismo tiempo me hacía sentir más lejos que nunca, como si yo fuera solo una espectadora de su vida.
Días después, cuando ya pudo sostener el teléfono entre sus manos y leer despacio, me llegó un mensaje escrito con mucha dificultad, corto, pero con todo su corazón puesto en cada letra:
"Chulita... estoy aquí. Me duele cada hueso, cada herida... pero más me duele no poder verte. Cada respiro que doy me recuerda que te amo. No te vayas, por favor. No me dejes solo ahora que volví".
Al leerlo, las lágrimas me cayeron sin parar, empapando la pantalla. Le respondí al instante, con el corazón latiéndome con fuerza:
"Aquí estoy, mi Pachuli. No me voy a ir nunca, pase lo que pase. Resiste, recuperate pronto... que te espero con toda mi alma, con todo lo que soy".
Pero a medida que se recuperaba y el dolor empezaba a dar paso a la reflexión, también llegaron los pensamientos más duros. Haber estado tan cerca de perderlo todo nos hizo mirar la realidad a la cara, sin disfraces. Empezamos a preguntarnos si nuestro amor valía el precio de tanta angustia, de tanta culpa, de poner en riesgo la paz y la vida de las personas que más queríamos.
Una noche, cuando ya podíamos hablar un rato más por mensaje, me dijo con voz cansada:
— ¿Y si esto sí fue una señal, Chulita? ¿Y si el destino nos está diciendo que nuestro camino no es el que creíamos, que no podemos seguir así?
Yo cerré los ojos, sintiendo el peso de la verdad en mis palabras:
— No sé qué quiera decirnos el destino, mi vida... lo único que sé es que te amo igual, o más, que antes de que te pasara esto. Pero también sé que el precio que estamos pagando cada día se hace más y más pesado, y no sé cuánto más podremos cargarlo sin rompernos.