Andalucía en el Alma

CAPÍTULO 14 - Recuperación lenta y encuentros furtivos

Pasaron los meses, lentos como el paso de León. Salió del hospital, pero el cuerpo ya no era el mismo: al principio caminaba apoyado en muletas, luego en un bastón, y cada movimiento le traía un recuerdo del dolor, una cicatriz que le recordaba cuán frágil es la vida. Pero en cuanto tuvo fuerzas, lo primero que buscó fue la forma de volver a mí.

Nos encontramos, y todo era distinto. Ya no había esa imprudencia alegre de antes, esa sensación de que éramos invencibles. Ahora había más cuidado, más respeto por cada instante, miedo a que la suerte se volviera a poner en contra... pero también un amor más profundo, más real, nacido de haber mirado a la muerte a los ojos y haber elegido quedarse juntos.

Una tarde nos vimos en el bar de siempre, en el rincón más oscuro y apartado que encontramos. Lo vi entrar despacio, apoyándose en su bastón, el paso lento y cuidadoso. Se me hizo un nudo enorme en la garganta: estaba más pálido, tenía marcas nuevas en la cara y las manos, pero cuando alzó la vista y me encontró con sus ojos, allí seguía esa luz que solo yo conocía, brillando igual que el primer día.

— Chulita... —dijo al sentarse, tomándome la mano con mucho cuidado, como si temiera romperme—. Te extrañé más de lo que las palabras pueden decir.

— Y yo a vos, Pachuli... —le respondí, acariciando despacio sus dedos, recorriendo las cicatrices con ternura—. Cada día sin verte fue una eternidad que no quiero volver a vivir.

Hablamos horas enteras: del miedo que sentimos, de lo que nos enseñó ese golpe, de cuánto cambió la forma en que miramos el mundo. Y entendimos que lo nuestro ya no era solo pasión ni anhelo: era la certeza absoluta de que, a pesar de todo, nos necesitábamos para estar completos.

También volvimos a salir, pero ya sin prisas. Recorríamos despacio los senderos de Doñana, entre dunas doradas y lagunas donde el agua refleja el cielo, respirando el aire limpio y escuchando el canto de los pájaros que se esconden entre los juncos. Allí, lejos de cualquier mirada conocida, podíamos caminar un rato tomados de la mano, sin escondernos, siendo simplemente nosotros.

— Este lugar nos conoce, como nos conoce el mar —le dije mientras nos deteníamos a mirar el paisaje—. Todo lo que vivimos, todo lo que sufrimos y amamos, quedó grabado en esta tierra igual que en nuestro corazón.

Él me abrazó suavemente, apoyando su cabeza en la mía, y por un instante el dolor del cuerpo y el peso del secreto se quedaron lejos. Solo quedábamos nosotros, y la certeza de que habíamos vuelto a encontrarnos.




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