Pero las dudas no desaparecían del todo, al contrario: a veces nos golpeaban con más fuerza que antes. Yo también tenía mis propios tormentos, mis días en los que me sentía perdida y sin saber qué camino tomar. En nuestras casas ya nada era igual: la calma se había roto para siempre, y vivíamos entre silencios y miradas que decían todo lo que no podíamos hablar. Y lo que más pesaba era saber que Marcos y León no solo se conocían: eran buenos amigos y compañeros de obra, que compartían jornadas enteras trabajando codo a codo, sin saber que la verdad estaba entre ellos, rompiendo todo lo que habían construido.
A veces nos preguntábamos si teníamos derecho a seguir así, si estábamos haciendo lo correcto o si solo estábamos alargando un sufrimiento que no tenía salida.
Hubo días en los que la frustración nos ganaba, y nos dijimos cosas duras que no queríamos decir.
— ¿Hasta cuándo vamos a vivir así? —le grité una tarde, con las lágrimas a punto de caer—. ¿Esperando a que alguien descubra la verdad y todo se derrumbe? ¿Pensás en lo que va a pasar cuando Marcos se entere, cuando sepa que su amigo y su mujer...?
— ¡Y qué querés que haga! —me respondió él, con la voz rota, mezcla de rabia y tristeza profunda—. ¡Te amo, no puedo dejarte! ¿O preferís que me aleje y me muera de dolor? ¿Creés que a mí no me parte el alma traicionar a quien fue mi compañero tantos años?
Pero después de cada tormenta volvía la calma, y nos dábamos cuenta de que, aunque el camino fuera lleno de espinas, era el único que queríamos recorrer juntos.
— Perdóname, mi vida... —me dijo entonces, abrazándome con mucho cuidado para no lastimarse las heridas que todavía sanaban—. No quiero pelear con vos, solo quiero que encontremos la forma de estar bien.
— Yo también perdón... —le respondí, hundiendo mi cara en su pecho—. Es que me duele todo esto, me duele el daño que podemos hacer... pero más me duele, mil veces más, pensar en perderte.
Y así aprendimos que el amor verdadero no es solo alegría y momentos perfectos: es también saber perdonarse mutuamente, tener paciencia, y seguir adelante aunque todo parezca estar en contra. Porque lo nuestro valía la pena, incluso cuando dolía.