Con el paso de los meses, las máscaras se nos rompían a pedazos sin poder evitarlo. Ya no era solo una sensación nuestra: la verdad parecía empujar para salir, se notaba en cada mirada que se cruzaba demasiado tiempo, en cada silencio que se alargaba, en cada cambio de humor que no podíamos disimular.
En las reuniones familiares el aire se sentía irrespirable. Las risas sonaban forzadas, las charlas se cortaban de golpe, y todos sentían que había algo pesado en el ambiente que nadie se atrevía a nombrar.
Romina lo amaba con toda su alma, y no estaba dispuesta a soltarlo sin luchar. No vino con resignación, sino con el dolor de ver cómo se le escapaba lo que más quería:
— León, no te pido explicaciones porque quiera pelear —le dijo, con la voz temblorosa pero firme—. Te pido la verdad porque no quiero perderte. Te amo, ¿no lo entendés? Hemos construido una vida juntos, tenemos una familia... no me pidas que me vaya sin saber por qué, sin intentar arreglarlo.
Él bajó la cabeza, apretó los puños, y le habló con el corazón roto:
— No es que no quiera intentarlo, Romina. Pero conocí algo que me cambió la vida entera, llegó sin avisar y me desordenó todo. Ya no soy el mismo que se fue de casa aquel día, y no puedo fingir que sí. Te respeto, te agradezco todo... pero no puedo darte lo que necesitás, porque mi corazón ya no está aquí.
Ella no aceptó esas palabras como final: al contrario, se aferró a la esperanza, preguntó, pidió tiempo, prometió esperar... porque no podía imaginar su vida sin él.
Y en mi casa también llegó el momento de hablar claro. Marcos me amaba, sí, pero nunca supo ver todo lo que valía, nunca supo cuidarme ni valorar cada cosa que yo hacía por él y por la casa; siempre me dio por sentada, como si yo fuera a estar ahí siempre sin pedir nada a cambio. Ese vacío, esa falta de reconocimiento, fue lo que me hizo buscar afuera lo que no tenía adentro.
Esa noche, al decirme lo que sentía, se notaba que lo entendía demasiado tarde:
— Te quiero, Valeria, siempre te quise —me dijo con lágrimas en los ojos—. Pero reconozco que no supe valorarte, que no supe ver todo lo que eras hasta que te perdí. Me acostumbré a que estuvieras ahí, a que dieras todo sin que te pidiera nada... y fui un tonto. Sé que es tarde para arrepentirme, pero quería que supieras que lo reconozco, y que espero que encuentres lo que yo no supe darte.
Sus palabras me dolieron profundamente, pero también me hicieron ver con claridad por qué todo había pasado. Lloramos juntos, reconociendo los errores de los dos, y aceptando que, aunque el amor seguía ahí, ya no había forma de volver a ser lo que éramos.