Andalucía en el Alma

CAPÍTULO 18 - La verdad a gritos

No fue una charla tranquila ni planeada. El destino quiso ponerlos a prueba de golpe, sin aviso previo.

Una tarde, León y yo nos habíamos detenido un instante en la entrada de un sendero, lejos del pueblo, pero sin imaginar que nadie pasaría por ahí. Estábamos abrazados, hablando bajito, cuando escuchamos pasos y una voz que nos heló la sangre: era Marcos. Se había acercado sin que nos diéramos cuenta, y se quedó parado en seco, con la boca entreabierta, mirándonos como si el suelo se le hubiera abierto.

El silencio que siguió fue el más pesado de nuestras vidas. Yo me separé de León de golpe, con el corazón disparado, y León se quedó quieto, pálido, apoyándose en su bastón, sin saber qué decir primero.

Marcos dio unos pasos hacia adelante, con la voz rota de incredulidad y dolor:

— ¿Es verdad entonces? ¿Todo este tiempo... vos, mi mejor amigo, mi compañero de trabajo... y vos, Valeria? ¿Los dos juntos, mintiéndome en la cara todo este tiempo?

León intentó acercarse, pero Marcos levantó la mano para detenerlo, con los ojos llenos de rabia y de una tristeza inmensa.

— No te acerques. No me digas nada todavía. ¿Cómo pudiste? Fuiste mi hermano. Y yo te di mi confianza, te ayudé cuando te pasó lo del accidente... y vos te estabas llevando lo que más quería.

— No fue así como pensáis —logré decir, con lágrimas en los ojos—. No lo planeamos, no quisimos hacerte daño... pasó, y no supimos cómo detenerlo.

— ¿Qué no lo planeaste? —repitió Marcos, alzando la voz—. ¿Y todos esos encuentros, todas esas miradas que no entendía, todas las veces que me dijiste que estabas cansada o que tenías cosas que hacer? ¡Era él! Siempre fue él.

León respiró hondo, y por fin habló claro, sin excusas, mirándolo a los ojos aunque le doliera hasta el alma:

— Sí, es verdad. Todo lo que pensáis es verdad. Y no hay palabras que alcancen para pedir perdón. Sé que te traicioné, sé que rompí tu confianza y que no merezco tu perdón. Pero la quiero, Marcos. La quiero más que a mi propia vida, y no pude evitarlo.

Marcos se quedó callado un largo rato, mirándonos a los dos, como si estuviera viendo todo lo que había creído derrumbarse en un segundo. Luego bajó la cabeza, soltó un suspiro que parecía salirle del fondo del pecho, y dijo muy bajito:

— Yo ya lo sospechaba. Pero escucharlo, verlo... es otra cosa. Me duele más que cualquier golpe. Necesito tiempo. Mucho tiempo para poder volver a mirarlos a la cara.

Sin decir nada más, dio media vuelta y se fue, dejándonos solos, temblando, con la verdad por fin dicha... pero con el corazón hecho pedazos.




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