Andalucía en el Alma

CAPÍTULO 19 - La encrucijada

Apenas supo lo que había pasado, Romina no se quedó en silencio ni aceptó la despedida. Lo citó en casa, con la voz firme y los ojos llenos de lágrimas, pero sin dar un paso atrás: ella no iba a soltarlo sin luchar hasta el final.

— Sé todo —le dijo apenas entró él, sin darle tiempo a hablar—. Sé que estás con Valeria, que es verdad todo lo que sospechaba. Pero no te voy a dejar ir así como así, León. Nosotros tenemos una vida, tenemos una hija, años de caminar juntos. ¿De verdad vas a tirar todo por la borda por un sentimiento que llegó de golpe?

Él se quedó quieto, apoyado en su bastón, sintiendo cómo el corazón se le partía en dos.

— No es un capricho, Romina. No es algo que se vaya mañana. Es algo que me cambió el alma entera. Y no quiero vivir mintiéndote, ni que te quedes al lado de alguien que ya no puede darte todo lo que necesitás.

Ella se acercó un paso, con desesperación, agarrándole suavemente la mano:

— Yo te esperé cuando te pasó el accidente. Estuve ahí día y noche, cuidándote, rezando por vos. ¿De verdad nada de eso vale para vos? Podemos arreglarlo. Podemos ir despacio, volver a encontrarnos, como antes. Dime qué necesitás y lo hago, pero no te vayas. No elijas perdernos.

León cerró los ojos, y por un momento todo se le mezcló: el cariño profundo por todo lo vivido, el miedo a romper a su familia, la certeza de que su corazón ya no tenía vuelta atrás. Se sentía atrapado entre dos amores, entre dos vidas, sin saber cómo hacer daño lo menos posible.

— Te agradezco cada cosa que hiciste por mí —le dijo con voz quebrada—. Jamás voy a olvidar que salvaste mi vida. Pero no puedo fingir que te quiero como se merece. Si me quedo, te estoy robando el tiempo y la felicidad que te debes. Yo ya no soy el mismo hombre que se fue de casa. Y aunque me duela más que cualquier golpe, aunque no sepa si estoy haciendo lo correcto... no puedo volver atrás.

Romina lo miró a los ojos, y vio que, aunque le doliera, él no estaba dudando de su amor por ella: estaba dudando de si podía volver a ser quien era. No se rindió del todo, pero entendió que la batalla ya no era solo suya.

— Te voy a dar tiempo —le dijo muy bajito—. Pero no te doy por perdido todavía. Pensalo bien. Porque cuando te vayas, no habrá vuelta atrás.

Y ahí quedó él, en medio de la encrucijada más difícil de su vida: sabiendo que elegir un camino significaba dejar pedazos de sí mismo en el otro




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