Andalucía en el Alma

CAPÍTULO 20 - La última charla en casa

Llegué a casa con el cuerpo temblando todavía, sintiendo todavía en la piel la mirada de dolor de Marcos en el camino. Al entrar, vi que la luz de la sala estaba encendida, y él estaba ahí, sentado a la mesa, esperándome. No había gritos, ni gestos bruscos: solo un silencio pesado, lleno de todo lo que ya se sabía y que todavía no se había dicho entre nosotros.

Me senté frente a él, sin saber por dónde empezar, con las manos heladas sobre la tela del mantel.

— Lo vi —dijo él al fin, con la voz muy baja, como si le costara sacar las palabras—. Los vi juntos, Valeria. Ya no hay nada más que ocultar.

Bajé la mirada, asintiendo, porque no tenía excusas que dar.

— Sí —logré decir—. Es verdad.

Él suspiró, y por primera vez vi en sus ojos no solo rabia, sino una tristeza que llegaba hasta el fondo.

— Yo supe que te perdía hace mucho tiempo. Vi cómo te alejabas, cómo dejaste de mirarme como antes... pero me negaba a ver la realidad. Pensé que con paciencia, con tiempo, volverías. Pero nunca fue así: nunca te fuiste tú sola, te llevaste el corazón con él.

— No quise hacerte daño —le respondí con lágrimas en los ojos—. Nunca quise romper lo que construimos. Pero me sentí tan sola, tan poco valorada... y él me vio, Marcos. Me vio como yo necesitaba que me vieran, y no pude evitarlo.

— Y yo no supe cuidarte —reconoció él, golpeando suavemente la mesa con la mano—. Fui un tonto. Te di por sentada, creí que estarías ahí siempre sin que tuviera que ganarme tu corazón cada día. Y cuando quise darme cuenta, ya era tarde.

Se hizo un silencio largo, el último silencio como pareja. Habíamos dicho todo lo que dolía, todo lo que debíamos asumir. Ya no había rencor, solo el fin de un camino que ya no podía seguir juntos.

— Entonces es así —dijo él al final, levantándose—. No hay vuelta atrás.

— No —le respondí suavemente—. Lo siento mucho.

Él asintió, y se dio la vuelta para irse a su habitación, dejándome sola en la sala, pero por primera vez en mucho tiempo sin el peso de la mentira sobre los hombros.




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