Pasaron los días, y poco a poco fuimos dejando atrás las mentiras, los miedos y los secretos. Pero la vida no se detuvo en un instante perfecto: seguía llena de preguntas, de heridas que sanan despacio, y de decisiones que todavía estaban por tomar.
Una tarde salimos a caminar por la orilla del mar, como tantas veces... pero esta vez no tuvimos que escondernos. Caminábamos despacio, tomados de la mano, sintiendo la arena y el viento. León todavía tenía dudas, y yo también: ¿cómo sería el futuro con las niñas? ¿Cuánto tiempo tardarían en sanar Romina y Marcos? ¿Podríamos construir algo nuevo sin que nos pesara siempre lo que dejamos atrás?
Nos detuvimos a mirar el horizonte, donde el mar y el cielo se juntaban sin que se pudiera decir dónde terminaba uno y empezaba el otro.
— No sé qué nos espera, Chulita —me dijo él, apretando mi mano—. No sé si será fácil, ni si todo saldrá como soñamos. Solo sé que quiero recorrerlo contigo.
Yo me apoyé en su hombro, mirando esa línea lejana que parecía no tener fin.
— Y yo contigo, Pachuli. Vamos paso a paso. Lo que tenga que ser, será.
El sol empezaba a bajar, tiñendo todo de dorado. Sabíamos que todavía faltaba mucho por andar, que no teníamos todas las respuestas... pero por fin sabíamos que no tendríamos que caminar solos. Y ahí, entre el mar y el viento, dejamos el pasado atrás, y empezamos a imaginar lo que vendría.