Quedaron en verse en el mismo paseo donde todo empezó, cuando el sol ya se ocultaba sobre los tejados de Andalucía. No hubo abrazos largos ni besos: solo se miraron, y ella supo antes de que él hablara que las palabras que había esperado no llegarían.
— Quería estar contigo —le dijo él al fin, con la voz rota—. Pero no sé cómo dejar todo lo que conozco. Tengo miedo de romper lo que tengo, miedo de no saber ser quien necesitas.
Ella asintió. No le guardó rencor: entendió que hay amores que no bastan para vencer las propias sombras. Se despidieron suavemente, sin promesas, cada uno volviendo al rumbo que ya no podían recorrer juntos.
Horas después, supo lo que había decidido. Vio su nombre junto al de ella, en una foto, en unas palabras que confirmaban que había elegido quedarse en lo seguro, aunque no fuera lo que su alma pedía.
Ella no escribió nada. No llamó. Solo entendió: amar no es suficiente si uno de los dos no se atreve a saltar.
Hay personas que pasan por nuestra vida para enseñarnos lo que valemos, lo que merecemos, y que nunca debemos conformarnos con ser la segunda opción, ni con el amor que solo llega cuando no hay obstáculos.
No terminaron juntos. Pero ella se quedó con la certeza de haber amado sin miedo, y esa valentía es el mejor regalo que se lleva.
FIN