Pasaron dos meses más. Fue en una feria del pueblo, entre risas y puestos de artesanías, cuando lo vi. Estaba solo, mirando unos jarrones de barro, iguales a los que a mí me gustan. Al levantar la vista, nuestros ojos se cruzaron. No hubo prisa, ni palabras apresuradas: solo un saludo suave, como el que se da a quien siempre lleva en el alma. Nos sentamos en un banco apartado. Hablamos despacio, de la vida, de las cosas que aprendimos lejos el uno del otro. Y cuando llegó el momento, se lo dije: bajé la mirada, acaricié mi vientre y se lo conté. Se quedó callado unos segundos, con los ojos brillantes. No hubo gritos, ni promesas rotas: solo asintió, con una ternura inmensa. — Es una bendición —dijo al fin—. Lo sabré cuidar, y lo respetaré siempre. Gracias por decírmelo. Esa charla no nos devolvió el pasado, pero nos dio claridad para el futuro: no éramos ya los mismos, pero compartiríamos ese lazo eterno, con madurez, fe y mucho amor.
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