Pasaron los meses hasta que el destino nos dio ese encuentro tranquilo, sin prisas, sin reproches. Nos sentamos lejos del ruido, como dos almas que se conocen profundamente aunque ya no caminen juntas. Fue entonces cuando le hablé de Natanael. Escuchó en silencio, con la mirada suave, y asintió con una ternura inmensa. No hubo promesas de volver, ni planes urgentes: ambos sabíamos que por ahora, cada uno está en su lugar —él con su familia, yo construyendo la mía— y que lo que venga, si es que algo viene, lo dirá Dios y el tiempo. — Es un nombre hermoso —dijo al final—. Que Dios lo cuide siempre. Y gracias por decírmelo. Nos despedimos con el corazón en paz. Natanael llegaría pronto, mis niñas lo esperaban con alegría, y lo nuestro quedó guardado como un lazo eterno, sin fecha de vencimiento. Lo que nos depara el mañana nadie lo sabe: solo sabemos que lo vivido fue real, que el amor no desaparece aunque cambie de forma, y que seguiremos caminando, cada uno en su verdad.
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