Andrómeda-Los Seres Celestiales

Capítulo 1

La oscuridad cubre todo mi entorno. No sé dónde estoy, ni como llegué a este lugar tan frio, silencioso y oscuro, hasta el punto de que ni siquiera puedo ver mis manos ni ninguna parte de mi cuerpo. Un aire helado rosa por mi columna, provocándome un leve escalofrió que me hace temblar por unos cuantos segundos. Mientras más tiempo paso aquí, el terror inunda más mi mente y me transporta a los lugares más horribles que puedo imaginar. De repente estoy muerta, y este sitio es donde pasaré mi eternidad; el famoso vacío a dónde va la gente cuando padece. Tal vez he fallecido mientras dormía, sería de lo más normal. La gente en esta época muere por cualquier tipo de situaciones, las cuales anteriormente eran solucionadas por los hospitales con gran tecnología. En la actualidad, el promedio de vida de un humano es de cincuenta años, así que no tengo porque lamentar mi muerte. Lo que me cuesta asimilar, es que voy a pasar la eternidad en una oscuridad sin fin. Es horripilante saber que estaré flotando sin rumbo alguno. Creía que no había conciencia después de dejar de existir… Pero estaba equivocada.

En eso, mi mirada va directo hacia una luz anaranjada a lo lejos: ¿Qué se supone que es eso? ¿Acaso hay materialización en el mundo de los muertos? No sé si es un alivio, dado que noto como la masa anaranjada se aproxima hacia mí. Ahora se me hace fácil identificarlo: es fuego que se extiende en una línea que avanza a gran velocidad a donde me encuentro.

Sigo confundida. El único sitio después de fallecer en donde podría haber fuego era el Infierno, sin embargo, este quedó vacío posteriormente al Armagedón, asimismo, ya nadie puede ingresar ahí, por lo que es imposible que me halle en esa área. Según lo que me contaban: torturaban a las personas con látigos mientras se carbonizaban en llamas que jamás se apagaban. Prefiero mil veces la oscuridad infinita a estar bajo tierra y sentir mi piel derretirse por el calor infernal.

La línea candente se encuentra a unos pocos metros. De pronto, dentro de esta se empiezan a materializar unos seres desde las flamas, con aspectos horripilantes que me producen una fuerte taquicardia; presiento que en cualquier instante mi corazón saldrá de mí pecho. Los seres tienen la piel escamosa de color negro y otros de color blanco, sus orejas terminan en punta, sus ojos son enteramente negros y sus dientes afilados expresan rostros maquiavélicos y burlones; ya reconozco quienes son.

Demonios.

Las criaturas continúan flotando y materializándose. Por mas que trato de correr o moverme; no logro conseguirlo. Ninguno de mis músculos responde, permanezco estática. Los rostros de los demonios ya están a punto de atraparme. Intento cerrar los ojos, pero me es inútil. No hay forma de deshacerlos de mi campo de visión.

Las risas chillonas de estos me retumban los oídos y siento que mis tímpanos explotarán. El ejército de demonios se acerca. Solo es cuestión de segundos para que me devoren con sus enormes colmillos…

 

—¡Ehhhhh!

Doy un fuerte suspiro y me siento en la cama. Los rayos del sol atraviesan por mi mugrienta ventana resplandeciendo la pequeña y humilde habitación. El corazón me late como nunca antes, aún presiento que va salirse de mi cuerpo. Estoy empapada, el sudor de mi pecho y piernas ha traspasado las sabanas marrones, mis únicas sabanas. Eso significa que tendré que lavarlas hoy mismo en el río, lo que me demorará unos veinte minutos.

Me levanto y quito las sabanas de un solo tirón, dejándolas en una esquina de la estrecha habitación de madera. Me quedo viendo por la ventana un rato, tratando de recordar aquel horripilante sueño. Eran demonios, de eso estoy segura. ¿Pero en qué lugar me encontraba? El Infierno no podía ser, mucho menos el Paraíso. Mientras que miro a unos niños vestidos con camisetas viejas jugando a la pelota en los matorrales, una pena me invade en lo más profundo de mi ser. Me acuerdo cuando era niña, y no pensaba en la muerte, es más, ni siquiera estaba consciente de ello. Debe de haber sido fantástico saber que había vida después de fallecer, era parecido a creer que eres inmortal…Por desgracia, las cosas han cambiado, y bastante.

A mi madre le encanta contarme la historia una y otra vez, y deduzco que ha sido por eso que me ha venido esa pesadilla, ya que me lo contó nuevamente esta última noche después de cenar en la mesa del comedor, alrededor de unas cuantas velas que a las justas alumbraban nuestros rostros, y por un momento, ese ambiente me transportó al Infierno: todo oscuro y con llamas alrededor; ahora todo tiene lógica.

“Era agradable el planeta—me decía mi madre mientras le daba un mordisco a la manzana—, cuando se podía comer en abundancia todo lo que se te antojaba, caminar por las hermosas ciudadelas, estar con amigos disfrutando de un bello día soleado en la playa. Hasta que pronto, la profecía escrita en la Biblia comenzó a ejecutarse. El cuarenta por ciento de la población mundial desapareció en un abrir y cerrar de ojos: los autos cuyos conductores se desvanecieron, chocaron uno contra otros, derrumbando algunas casas y asesinando a varios peatones; también hubo explosiones en diversas áreas, de seguro porque gente que había prendido la cocina también desapareció, y solo fue cuestión de tiempo para que causara una explosión. Fue un gran caos, la humanidad jamás se había enfrentado a algo parecido—dio otro mordisco, pero esta vez triturándolo la manzana con más fuerza—. Yo me encontraba con una amiga sentada en un banco en el parque cuando sucedió. La vi desvanecerse frente a mis ojos, dejando solamente su ropa. Igual, pude ser expectante de la desesperación de varias madres cuyos hijos desaparecieron entre los juegos, dejando nada más que su ropa tirada en los columpios y las resbaladeras. Cuando regresé a mi casa, busqué a mi familia, rogando que ellos no se hubieran ido con los demás. Mi padre por suerte estaba sentado en la mesa del comedor (aunque no sé si por surte), se encontraba llorando sosteniendo la ropa que llevaba mi mama antes de que me fuera. Entonces entendí, que jamás la volvería a ver. Al principio la gente pensaba que se trataba de alienígenas o que el gobierno planeó el secuestro de varias personas con el fin de evitar la sobrepoblación. Yo también lo creía, por supuesto, hasta que descubrí la profecía que decía la Biblia; antes de leerla estaba feliz de no haber sido una de las desaparecidas, sin embargo, después sentí una lástima. La profecía explicaba que un día, Dios vendría como ladrón en la noche y se llevaría a sus hijos, a los que lo recibieron en su vida y lo aceptaron como su salvador. Yo nunca creí en Dios, ni mi papa tampoco, siempre fui una muchacha rebelde; sin embargo, mi amiga sí era creyente. Mi madre creía bastante en Dios, hasta el punto en el que la detestaba cada vez que hablaba de eso. Tuve que haberla escuchado.




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